18 rosas

 

 

 

 

 

Por Lucy Chantada
Arte por Lautte

Nunca me salió escribir ficción. En la primaria cuando nos hacían escribir cuentos me dedicaba a redactar lo primero que se me viniera a la mente, por más incoherente que fuera. Casi todos mis cuentitos involucraban sangre, alguna herida fatal o algún muerto (y les puedo asegurar que a mis ocho años definitivamente no estaba calificada para escribir un gran policial). Pero siempre la peor parte para mi eran los desenlaces. Mi estrategia favorita era terminarlo con un triste pero útil “y todo fue un sueño, fin”. Bueno, lo que están por leer tiene algo de parecido, en parte. Tiene un alto porcentaje de veracidad esta historia -lo cual me da una mano tremenda- y otro pequeño inventado por mí. Aunque prefiero creer que todo esto es verdad.

 

En un galpón chiquito, gris y húmedo se encontraba un grupo de viejitos. Serían veinte, más o menos. Y eran así como uno se imagina a los viejitos: encorvados, arrugados, con esos anteojos que los lentes parecen culos de botellas. Cada uno de ellos tenía una pequeña mesita delante suyo, todas teñidas con manchones rojos y verdes, repletas de herramientas. Todos estaban trabajando, abrigados, acurrucados, concentrados y nerviosos. Sumamente concentrados. Adelante de todo el galpón, de frente a todas las mesas, había un reloj enorme, de esos antiguos de madera que el ruido de la aguja de los segundos suena casi como un cencerro. Estaban muy apurados, y sí, si eran las 16:45 y sabían perfectamente que a las 17:30 debían tener todo su trabajo terminado. Su labor era algo particular: todos los días tenían que tener dieciocho rosas terminadas para ese horario. Bastante misterioso, ¿no? Uno siempre espera que una rosa crezca de un rosal, y no de las manos de un anciano. Pero bueno, tal vez sigo siendo la misma nena de ocho años que escribía cualquier cosa. A las 17:30 –siempre impecablemente puntual– venía un hombre alto y con barba negra y tupida a retirarlas. No podía faltar ni una, porque si era así, el castigo era fatal. Nunca me quisieron contar qué era eso que les hacían a los viejitos si no tenían las dieciocho rosas, siempre me esquivaban la pregunta o me decían que era demasiado chica para soportar tanto mal. Y esa era la vida de aquellos viejitos. Todos los días, todo el día, fabricaban rosas. Y eran perfectas, de esas cosas que a uno le cuesta creer que existen de lo bellas que son. Al instante en que entregaban la tanda de las dieciocho, volvían a empezar. No, nunca tenían descanso. No salían al aire libre, no charlaban, no se los veía sonreír. Y mientras el ruido del cencerro de la aguja de los segundos del reloj siguiera sonando, ellos deberían seguir trabajando.

Como ya advertí, todo esto que acaban de leer transcurrió en la cabeza de un pibe de doce años. Un sueño, una pesadilla. Flaquito y con rulos oscuros, se levanta de su cama y ve su cuarto forrado de posters de los Beatles. Por supuesto que se despierta triste, después de lo que acababa de soñar era difícil no estar aunque sea un poco compungido. Bajó  las escaleras y se encontró a su mamá en la cocina haciendo milanesas. Se apoyó en la ventana que daba a la calle Canajelas y le contó su sueño. ¿Qué le suelen decir  a uno en estas situaciones? ¡Obvio! “Bueno ya pasó, fue un sueño”, como si sirviera de consuelo. Y así se quedó todo el día pensando en los viejitos y las rosas, y en ese castigo tan tremendo que jamás fui lo suficientemente adulta como para poder  escuchar.                                                                                   Pasó el día y volvió a llegar la noche. Se puso en el tocadiscos “Aqualung” de Jethro Tull y se tiró a dormir (disco raro para dormirse, pero él era así). Intentó, eh, intentó muchísimo volver a encontrarse con los viejitos en sus sueños. Él estaba seguro que de alguna forma los iba a poder liberar, no le gustaba ver a la gente pasarla mal. Intentó esa noche, intentó la siguiente, y así fueron pasando los años. Cada vez que cerraba los ojos intentaba soñar con ellos, pero parecía imposible. Y tampoco sabía cómo liberarlos. ¡Era un sueño! Las cosas no salen como uno quiere en la vida, mirá si van a salir como uno quiere en un sueño que hasta es difícil de soñar. Siguieron pasando los años. Se casó, tuvo una hija, siguió buscando a los viejitos en lo más profundo de su cabeza, y no tuvo suerte. Pero claro, todo cuento “tiene” que tener un desenlace. O al menos así me enseñaron en la primaria. No se asusten, por supuesto que volvió a soñar con los viejitos. Y los salvó. Porque también, cómo no iba a tener un final feliz, claro.  

Un 14 de septiembre se quedó dormido a eso de las tres de la tarde. Estaba muy cansado, la siesta fue involuntaria. Y ahí aparecieron los viejitos en el taller, con sus caras tristes y sus dedos arrugados y heridos de tanto esfuerzo. ¡Finalmente los había vuelto a encontrar! Después de casi veinticinco años, lo había logrado. Y ahí estaba el reloj, lo más importante de toda esta escena, que estaba marcando ya las 17:20. Faltaban diez minutos nada más y los viejitos tenían solo quince rosas terminadas. Tenía que aprovechar la oportunidad, era ahora o nunca. Un poco desesperado buscó lo que tuviera a su alcance y encontró un martillo (los sueños a veces nos dan una mano, ¿no?). Liberarlos no podía ser tan simple como abrirles la puerta y decirles que se fueran, claro. Para ponerle fin había que destruir el reloj. Se acercó y escuchó bien de cerca el  bochinche de sus agujas. Levantó el martillo y lo rompió, lo rompió en pedazos.

Me imagino que se estarán preguntando qué parte de todo lo que les acabo de contar es verdad y qué otra parte es ficción. Yo tampoco lo sé la verdad. Pero lo que sí sé es que este pibe, que en ese momento ya era un hombre adulto, no sabía que al romper el reloj iba a quedar ahí atrapado con ellos, encerrado en un sueño eterno. De todas formas creo que si lo hubiera sabido de antemano lo hubiera hecho igual. Y de esa siesta no se volvió a despertar.                                                                                           Lo encontraron acostado en una cama, del lado donde estaba el reloj en la mesita de luz, que marcaba las 17:30. Y tenía una expresión de paz. Sólo se sabe que quedó ahí atrapado, en el plano de los sueños, y que no tuvo manera de salir. Sí, algo bueno sale de todo esto, por supuesto. La vida lo entrena a uno a veces para poder sacarle algo bueno a lo fatídico. Los viejitos son libres ahora, gracias a él. Se dice por algunos lugares que cuando estás soñando algo, lo que sea, por más delirante e incoherente (como el cuento de una nena de ocho años), y ves algún viejito dando vueltas por ahí, de fondo, es alguno de los del galpón que quedó libre. Si te animás preguntale, y si te da vergüenza sólo mirale las manos. Van a estar todas teñidas de rojo y verde.

También se dice por otros lugares que si alguna vez soñás con un hombre alto, flaco, con rulos y una sola ceja que toca el piano, es él, el que liberó a todos los viejitos. Yo nunca tuve la suerte de encontrármelo. Y les puedo jurar que lo intenté. Si alguna vez lo ven, sólo les pido que me hagan un favor, que le digan que tiene una hija orgullosa de él.

¡Ah! Y por favor también pregúntenle dónde están los vinilos de Gong.

 

 

 

En memoria de Mariano Chantada (04/01/66 – 14/09/06), pianista, héroe, mi papá.

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