A la altura

agua

Por Jeremías Felioga

Lo más difícil de concebir una obra genial debe ser, supongo, ponerse a trabajar en la próxima: hay que estar a la altura. A la altura de la auto exigencia imprescindible de lxs que quieren trascender. A la altura de las expectativas de quiénes dijeron que la obra anterior era genial. A la altura de la historia.

Bueno, Los Espíritus se encontraban en esa posición después del magnífico Gratitud (2015), una obra que los consagró -probablemente para siempre- como una banda muy seria. No es que el disco homónimo (2010) no sea un gran disco, pero Gratitud había llevado la propuesta del blues con tintes psicodélicos, las canciones con cuelgues mántricos y el binomio Prietto-Moraes (tal vez la mejor delantera del rock argentino en décadas) más allá; las había elevado.

Pero como el diez que después de un caño genial, levanta la cabeza y mete un pase de gol, Los Espíritus metieron Agua Ardiente, sin dudas, el disco del año. Y no de cualquier año, este 2017 (que aún tiene tela para cortar) ya nos regaló un gran disco de Juana Molina, una vuelta inesperada de Charly García, un inspirado trabajo nuevo de Fútbol, y el recientemente lanzado disco de El Mató a un policía motorizado, solo por mencionar algunos.

La tapa amarilla y brillante parece anunciar un cambio respecto de la oscuridad de las anteriores portadas, pero es solo un amague. Agua ardiente es una continuación de Gratitud. Una profundización. Hay menos blues, pero se acentúa en este trabajo ese sonido latinoamericano tan difícil de describir, pero que todos entendemos. Cada canción nos cuenta algo, y siempre son verdades que podrían parecer obvias dichas por cualquiera de nosotrxs, pero desde las voces decidoras (¿alguien ya habló de la similitud, en cuanto a estilo, de la voz de Maxi Prietto y el Pity Álvarez?) y filosas de la delantera de Los Espíritus se vuelven epifanías.

Resulta imposible elegir uno o dos temas para mencionar, estamos ante uno de esos discos que se escuchan de pé a pá. Es asombrosa la naturalidad con la que fluyen las canciones, si Gratitud ya era un compendio de hits consagratorios, Agua Ardiente redobla la apuesta; los estribillos ahora son aún más tarareables (¿Qué no es acaso lo que todxs esperamos de un estribillo?), las guitarras no dan respiro, la percusión evoca a los mejores momentos de Los Fabulosos Cadillacs y el clima de las canciones se adueña de cualquier escena.

La pregunta ahora es obvia: ¿cómo estarán a la altura en el próximo?

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