A la vejez… ¡música!

FY3

Una gran noticia: Forever Young está de vuelta. Y nada menos que en su teatro original, El Picadero.

Por: José Francisco Caballero

Ir a El Picadero es ya un placer. Desde que uno ingresa, por la esquina de Lavalle y Callao o por el extremo opuesto, en Corrientes y Riobamba, en esa sinuosa y hermosa callecita que es el pasaje Enrique Santos Discépolo, uno siente que salió de Buenos Aires. Personalmente, siempre que veo y reveo Midnight in Paris, de Woody Allen, les juro que viendo las calles parisinas recuerdo este pasaje (y no la obviedad de sentirlo al revés, recordando París al ver el Discépolo). Y si, además, le sumamos que a mitad de esa única cuadra se encuentra un teatro que suele ofrecer obras de auténtico nivel internacional con espíritu off, el placer se multiplica.

En ese teatro, justamente, se presentó originalmente la pieza de la que voy a hablarles hoy. Luego de su estreno en 2012, Forever Young pasó por varios teatros, destacándose una temporada en la sala mayor del Metropolitan. Pero ahora podemos volver a disfrutar de esta divertida comedia en su casa original. Recientemente re-estrenada, ofrece dos funciones semanales, los lunes y los martes a las 20,30, con la particularidad de que el elenco no es exactamente igual en ambas funciones.

Se trata de una comedia musical en la que nos introducimos en la sala común de un asilo de ancianos para acompañar a un sexteto de adorables y delirantes ancianos durante una jornada completa. Lo original del geriátrico es que sus habitantes no son viejitos comunes y corrientes. Todos fueron estrellas, más o menos rutilantes, del teatro, el rock y la canción melódica hace muuucho tiempo. O, mejor dicho, en nuestra época actual, ya que la historia transcurre en el año 2050. El gracioso detalle de que los personajes y actores compartan sus nombres reales y algunos detalles de sus currículums subraya la invitación a reírnos “con” y “de” ellos.

A los ancianos que viven en el asilo se suma un personaje imposible de obviar en esta crítica, la enfermera a veces tierna y a veces, varias, sádica, brillantemente interpretada por Andrea Lovera. Entre los internos, se destacan Melania Lenoir, Walter Canella, Germán Tripel y la reciente incorporación de Santiago Otero Ramos, en un papel que no le permite destacarse tanto como en Asesinato para dos, pero sí mostrar sus dotes de gran pianista.

Todos se lucen en algún momento, ya sea por sus talentos actorales como también y muy especialmente cuando entonan enteras o de a fragmentos las canciones de una banda sonora que se disfruta de punta a punta, integrada por canciones emblemáticas, de esas que sabemos todos, de las décadas finales del siglo XX, como ocurría por ejemplo en Rock of Ages o Moulin Rouge. El hallazgo de la puesta argentina es que suma clásicos del rock nacional, más algo de folclore y tango, al repertorio con total naturalidad, tanto desde el plano estrictamente musical como por su integración con la trama.

Tras la obra, como bonus track, podemos volver a sentirnos franchutes y escaparnos zigzagueando por el pasaje de ensueño...

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