Aguafuertes, una respuesta al espíritu de nuestra pálida ciudad

Por Alejandro Cantisani

¿Alguna vez sufrieron el síndrome de la página en blanco? Dicen que es una suerte de mal de los escritores. Nunca había entendido demasiado ese mal hasta que me pidieron que escribiera algo para esta revista. ¿Tenés ganas de escribir algo para la revista? - me preguntaron. Vacilé y respondí: “bueno, dale. ¿Sobre qué tenés ganas que escriba?”. “Lo que quieras” -me respondieron. Dos carillas. Esa fue la única pauta formal que me dieron. Para algunos ese límite sería mortal. Pero para mí esa libertad absoluta que suponía poder escribir sobre lo que quisiera fue lo “realmente” mortal.

Para aquellos que me conocen personalmente el hecho de que me resultará mortal poder escribir sobre lo que deseara puede resultar curioso. Es que en efecto, puedo afirmar sin mucho estupor que en cierto modo la escritura es parte constitutiva de mi profesión. Dicto clases, escribo artículos académicos, participo de congresos, leo para mis investigaciones, etc. En fin, una vida atravesada por la escritura. Sin embargo, puedo afirmar que pocas veces alguien que se dedica a la escritura académica como yo se enfrenta a la absoluta “libertad de los tópicos”. ¿Cómo dar respuesta a esta absoluta “libertad de los tópicos”? La respuesta más obvia, a priori, era escribir sobre los temas de estudio propios en un lenguaje apto para el de una revista.

Digamos que en términos generales me dedico a la teoría política. Estaba clara mi opción: escribir una nota de política. Tópicos sobraban: política nacional, política de la ciudad, elecciones nacionales, elecciones porteñas, el rol del estado, neoliberalismo, populismo, kirchnerismo, anti-kirchnerismo, etc. Pero el modo de traspasar el lenguaje de la escritura académica al lenguaje de una revista no académica pierde algo en dicho pasaje, a saber, la profundidad del pensamiento. Rápidamente uno vislumbra que se trata de géneros totalmente distintos. Podríamos decir que en términos sumamente amplios una revista opera bajo el género periodístico. Mi objetivo debía ser entonces no traspasar la escritura académica a la escritura periodística, sino pensar desde la propia escritura periodística. Nuevamente, “la libertad de los tópicos”. “Mejor elijo otro tema para escribir” -me dije a mí mismo. La música, esa pasión que me acompaña desde niño. Pero nuevamente retornaban las mismas preguntas con otro ropaje. ¿Sobre qué cuestión vinculada a la música escribir? Múltiples opciones: la cultura musical actual de Buenos Aires, la relación entre industria y arte, el jazz, el rock, el folclore, la técnica, el sentimiento, ¿el indio o la flecha? (chiste de guitarristas sin trascendencia pública), etc.

Otro ropaje, la misma pregunta: ¿cómo? … ¿Encontré mi tópico? La “libertad de los tópicos” hizo irrumpir casi sin pretenderlo la pregunta por el “¿cómo?”. ¿Cómo encarar la escritura? Podríamos decir que esta es una de las grandes preguntas transversales a cualquiera que se dedique a la escritura, cualquiera sea su género. Pero lo cierto es que habitamos un lenguaje profundamente instrumentalizado en el cual dicha pregunta, casi filosófica, pareciera quedar desplazada ante el dato certero, la información precisa y la opinión experta. ¿Cómo narrar o escribir? Un tópico. Para una revista. ¿Cómo narrar o escribir para una revista? El tópico en cuestión. Acto seguido me adentré en la escritura de estas elucubraciones amorfas que han leído hasta aquí.

Pero hubo una irrupción: Roberto Arlt. Durante 1933 Arlt redactó una serie de artículos para la prensa gráfica que luego se conocerían como las Aguafuertes porteñas. Muchos catalogan a estas aguafuertes como “artículos literarios”. Pero lo cierto es que lindan esa zona gris de los géneros en donde lo literario, lo real, lo periodístico y lo ensayístico se funden para dar vida a una suerte de instantánea del pensamiento profundo sobre los actos fugaces de la vida cotidiana.

¿Por qué no seguir al maestro Arlt? Les propongo un juego entonces entre ustedes, los supuestos lectores, y yo, el supuesto escritor. Juguemos a adentrarnos en este extraño modo del pensamiento profundo que cobra vida en las aguafuertes. Les propongo entonces, a modo de respuesta fragmentada a esa “libertad de los tópicos” que me plantearon, la lectura de tres aguafuertes que he redactado para ustedes, mis supuestos lectores. Pequeños esbozos de pensamientos de alguien que quiere compartir, a modo de juego literario, pequeños fragmentos de un pensamiento que encuentra su unidad a un modo de ser, habitar y sentir lo porteño en nuestra ciudad contemporánea. Tal vez ese era el verdadero tópico. Podrá parecer un poco “unitario” el tópico. Tal vez le adolezca de poco federalismo. Pero una revista porteña, o sea, un documento de cultura, o de barbarie -según quien lo juzgue- ¿no debiera preguntarse por su ciudad? ¿No debiera preguntarse por lo porteño? Ante el gigante espíritu de esa ciudad porteña que a la velocidad de un haz de luz se nos vuelve a muchos ajena, estas pequeñas aguafuertes, obsoletas y pequeñas, no pretenden más que irrumpir en dicho espíritu en el modo de un pensamiento fragmentario. Pensamiento fragmentario respecto de aquellos trozos que en la expulsión del espíritu de nuestra ciudad retornan como ruinas que anuncian la catástrofe de nuestro devenir.


Aguafuerte Urbanidad(es) Alterada(s)

¿Sabe alguien cómo se derriba el pasado?
Desde los 6 años hábito la Av. Rivadavia en el barrio de Almagro. Allí en mi balcón descubrí, como quien es alcanzado por el misterio de lo inesperado, como derribar el pasado.
Sentado tomando mate observé, hace unos años, como cuatro hombres posados sobre el frente de una casa antigua la iban derribando a mazazos.
Cada mazazo derribaba un trozo de la memoria sensorial de los que allí habitábamos. Derribación poco sutil, pero lo suficientemente lenta, como para que comprendiéramos que eso no iba a volver.
De los escombros emergió, como el Ave Fénix del mercantilismo, un Farmacity; duplicación trivial de la arquitectura sin sentimiento.
¿Recordará alguien aquella casa? ¿O habrán sucumbido al sueño de la ciudad opaca? Quién lo sabe. Lo único seguro es que en el derrumbe de nuestra memoria se erigió la farsa de nuestro presente.

 

Aguafuerte Sobre un libro sin sueños

¿Quién hubiera pensado que pudiera existir un libro sin sueños? Desde los tiempos innombrables los libros escondían fantasías, racionalidades e irracionalidades, en fin, sueños. Pequeñas articulaciones entre el mundo material y el despertar onírico dentro del mismo. Las bibliotecas y librerías fueron devoradas por el automatismo de la escritura. Un libro sin sueños, perfecto, se erigió en contra de estas. La reproducción eficiente de la escritura derrotaba a la ensoñación. Escrituras parcas, objetivas, pulcras. Escritura de pensadores devenidos en académicos. La burocracia de la escritura sometió a destierro a nuestros anárquicos de la escritura. ¿Dónde estarán esas escrituras imperfectas que liberan los cuerpos? Tal vez, en los márgenes de esas oficinas de escritura mecanizada todavía algún poeta nos invite a soñar.

 

Aguafuerte Tiempo-Comida

15:25 hs: Camisa sucia, saco desalineado, pantalón sport y zapatillas. Cara curtida por el furor de la calle y una vida que hace rato lo ha puesto en jaque. Siempre sentado allí, con un vasito de agua, porque no tiene dinero para acceder a la comida del comedero. 15:33 hs: Burger King. Los flujos de eficacia global circulan por el amplio espacio del local. Los cuerpos de los empleados de las oficinas se amontonan para pedir una hamburguesa. Colegialas, niños de jardín, oficinistas. Devoración anárquica de un intento de carne, engaño del estómago para volver ágilmente a las actividades.
15:45 hs: Ya no queda casi nadie en el comedero. Un par de empleados del local comen la chatarra que venden. Algunos empleados que salieron a comer más tarde miran dubitativos sus hamburguesas. El hombre desalineado sigue ahí. Sentado. Calmo. Su mirada penetrante corta el aire como expresando algo. Todo era rutinario en el lugar, menos él. Los otros transeúntes se acoplaban a la lógica temporal que imponía el comedero. Continuaban su rutina laboral en su almuerzo. Deglutiendo eficientemente, para logra el fin, en el menor tiempo posible. Pero él no. Ni siquiera comía esa basura. Tal vez nunca comía, quién lo sabe.
15:50 hs: Un empleado le trae otro vasito con agua. Estar ahí, visibilizarse, herir de muerte al tiempo-rutina. Poner su cuerpo en esa codificación para decodificarlo.
16:00 hs: Me retiro del Burger King. Él no. Sigue allí resistiendo al imperio de las hamburguesas.

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