Almas gemelas

Ovillo (Azul)

Eric se miraba al espejo todos los días esperando un resultado distinto, pero siempre era el mismo y lo sabía. No había envejecido un día desde que la conoció.

Denise, su novia, también seguía igual; sin envejecer. Hace cinco años que salían y ella seguía con su piel de porcelana y su cabello hasta el hombro que tanto le encantaba. Ni siquiera el cabello le había crecido, ni un centímetro.

No querían admitirlo. Al principio negaban toda posibilidad de pensar en ello, se decían que unos años de relación era muy poco para mostrar signos de envejecimiento, pero conforme el tiempo iba pasando era más evidente que ninguno de los dos había cambiado físicamente.

Se amaban, siempre profesaban su amor el uno por el otro, pero las reglas eran exactas y no se equivocaban: Uno solo envejecía si encontraba a su alma gemela.

Ellos no lo eran.

El hecho de que no sean almas gemelas, hacía que haya conflictos, quizá porque con el tiempo iban modificando personalidades, el amor que se tenían se iba esfumando de a poco aunque también podía ser que el hecho de que no sean almas gemelas- aunque no lo aceptaran- traía inseguridades, y con ellas las peleas para generar alguna confirmación de amor.

Pero Eric se fue cansando, de las peleas, de los conflictos, de las inseguridades. Cada vez se le hacía más difícil superar el pensamiento de que no eran almas gemelas. Cuando llegó Denise, miró sus ojos color café con una sonrisa triste.

—Tenemos que hablar. —Le dijo Eric y tomó asiento en el sillón del living.

Ella se sentó al lado suyo, lo miró con ojos de un perro al que acaban de retar

—¿Pasó algo? —por dentro lo sabía, pero no quería admitirlo.

—Nada. —Respondió Eric, el coraje que había tomado para terminar la relación se había esfumado.

—Sí, pasa algo. Lo noto en tu cara.

Él dudó y sus ojos se pusieron vidriosos — Nosotros. Eso pasa, no somos almas gemelas.

Ella comenzó a llorar.

—Podemos intentarlo —dijo, entre sollozos

Eric solamente la abrazó.

—Perdón, pero no podemos seguir con esto.

El silencio del lugar solo era cortado por el llanto de ambos.

—¿Es el final? —preguntó ella.

—Sí, no nos hacemos felices y te estoy quitando la posibilidad de ser feliz con tu alma gemela.

—Pero yo te quiero a vos —Dijo Denise.

—Me gustaría que seas mi alma gemela —dijo Eric, mientras la abrazaba—. Pero no lo somos. Estamos destinados a alguien más.

Después de estar abrazados y mojarse la ropa de tanto llorar, partieron con un beso.

Un año después, cada uno había seguido su camino, sin volver a hablarse para evitar dolor innecesario, recuerdos que querían dejar enterrados aunque no podían. Pero el universo actúa de formas innecesarias.

Eric había ido al correo, a presentar su carta de renuncia y, al salir, se cruzó con Denise. Estaba igual de hermosa que siempre, con su pelo hasta el hombro y su piel de porcelana. Quedaron paralizados por un segundo que pareció eterno, pero luego comenzaron a hablar con cierta incomodidad.

—¿Querés ir a tomar un café? —Preguntó Eric abruptamente—. Perdón, fue lo primero que me salió.

Denise sonrió

—Bueno. —Respondió ella, aunque la tomó por sorpresa en realidad la ponía contenta.

Fueron hacia el auto de él, y al entrar Denise lo besó; Eric no la detuvo. Por más que no eran almas gemelas, lo que sintieron había sido genuino y no podía esfumarse tan rápido.

—Hey, ¿qué es esto? —Preguntó Eric mirándose al espejo—. Una cana, hoy no estaba.

Miró a Denise, que también estaba mirándose al espejo, para notar que tenía una muy ligera arruga al lado del ojo.

—¿Conociste a alguien más? —Preguntó ella, en su característica inseguridad.

—No, tonta. Si fuera así, ¿Por qué envejecerías vos también? —Dijo él en un tono sarcástico.

Ambos se abrazaron y comenzaron a llorar, pero esta vez no era de tristeza.

 

Por Brian Largo
Arte por Azul Obarrio

 

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