Amancay (y sus pensamientos entre paréntesis)

Amancay

Por Rebeca Currao
Arte de Nair Farina

Venían ocurriendo días tristes. Ella perdía la calma, y volvía a encontrarla por las mañanas.

Entre esos papeles que llegó a detestar buscaba su eje, como el centro del sostén de la calesita de niños, una y otra vez, así repetidas veces, sin cesar, hasta que su tele mostraba la oscuridad del sueño.

Eran días oscuros, de esos que parecen no terminar jamás, como esos días que incorporan en su bendita rutina unas 75 horas, y aunque el sol existiera, la única estrella que parecía asomar es una que se está apagando lentamente, como un vestigio de existencia extraterrestre que está en su punto cúlmine, o de estalle fugaz.

Subía las escaleras de subte, que se tomaba pensando que era el medio más adecuado en su existencia estructural, pero en el fondo de todos los rincones, lo único que deseaba era no llegar más.

Pateando las hojas del árbol (árbol que nunca había cruzado, pero que en situación le parecía lo más bello que podía llegar a cruzarse por esos días), retrasaba sus ganas de huir.

Se anunciaba el otoño, un otoño diferente a los demás ya vividos, diferente en su esencia, diferente en su mirada, y en su corazonada. Pues traía los más temerosos anuncios que alguien quisiera escuchar.

Su ansiedad, a veces expresada en almuerzos abundantes, en helados invernales, en primaveras exacerbadas de desnudez, de piel entregada al azar... Esa ansiedad hacía recorrer por sus pies algún estilo de caminata casi incontrolable, verdaderamente incontrolable. No podía parar, no se detenía ni a juntar aire, aunque sus pulmones lo pidiesen, ella iba de prisa, tan de prisa como aquel ring raje que alguna vez se animó a jugar (sin culpas).

Los suspiros siempre la ayudaban a volver al centro, pero esta vez el centro se había corrido de lugar, como si en la geografía de aquel mapa imaginario la uniera un puente bendito al infinito, del que ya descreía por completo.

El otoño de 1963, o aproximadamente esa fecha (no recordaba, le encantaba tener espasmos de blancos, o lagunas, como quieran llamarle…) le presentó nuevos rostros desconocidos que resignificaban nuevamente su pensamiento, como una especie de rueda que no para de girar, parecida al ritmo que lleva un hámster enjaulado, pero esta vez, estaba a punto de estallar.

Aquella jornada de abril (que era su mes preferido. Parecía agosto como le había repetido mil veces, pero no, era el bendito mes de abril), pero unos años después, antes de lo esperado (como siempre uno nunca está preparado para estas cosas), se anunció la madrugada como una muerte casi anunciada, gritada a través de mares de oídos que parecieron estar sordos, o acallados, pero ella estaba ahí, latente, queriéndose mostrar (pero parece que le gustaba jugar a las escondidas) y así pasaron las décadas (y no eran las ganadas). Y por eso no hizo falta escucharla, porque ya estaba presente antes sus ojos, y eso sí era la realidad, lo era en su encarnación menos preciada.

Sintió sus piernas temblar. Como siempre no quiso llorar, se sintió muy débil.  Pero llegó ese abrazo que cura cien años, o dos segundos, pero suficientes para permitir sentirse en sitio, en ese espacio, y en ese tiempo, (tiempo de despojos, pero al fin tiempo)

Todo se detuvo y se mantuvo en suspenso, como el aire en la montaña rusa (particularmente, la verde, que le gustaba porque dejaba sus pies al aire). Ella deploró el padecer más puro en el alma, lo sintió en cada uno de sus suspiros (los que antes le daban paz), cada vez que parpadeaba, y replicado en cada movimiento.

Sintió la verdadera destrucción del ser, toco la finitud de la vida, con sus manos y sus labios. Comprobó la frialdad del no-ser, la ausencia del corazón que le dio la vida (la que fue tan buscada, tan deseada). Volvió su oído, y ratificó la finitud (tenía un cierto tic de inseguridad con la llave de gas, lo mismo encontraba con la vida, esos instantes de inseguridad calcificados en un objeto, ambiguo, pero eficiente). Besó su pecho, sus manos, acarició su pelo (o vestigios de él).

Dejó, al cerrar aquella puerta, la mitad de su vida. Se sentó en el piso a relatar las últimas palabras, los gestos y las miradas, las letras sin trazar.

Desbaratador, arrebatador, como un robo a mano armada y sin compasión (como dejar tu corazón en venta en un todo x $2) quedaron sus manos vacías, llenas de temor ( y llenas de amor, también).

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