Aquella gran carrera

Demolition Derby

Faster, faster, until the thrill of speed overcomes the fear of death

Hunter S. Thompson

 

Todos piensan en rendirse en algún punto. Incluso los más duros y lo más valientes. Incluso los necios y los obstinados. Pero no Martín Durá. El piensa en la gloria de la victoria y en la vergüenza de la derrota. No se le ocurre renunciar. Durante toda su vida, piensa, él ha sido un rendido. No es tanto una acción como lo es un rasgo que odia y que le pertenece y que, en cierta medida, lo define. Así que ahora, batallando bajo el intenso sol del desierto, Martín Durá concibe solamente terminar primero y terminar rápido. Son trescientas vueltas. Va en la vuelta número treinta y seis y de reojo ve como uno, con la motocicleta grande y brillante le pasa de largo. Es otro más que debo alcanzar, son dos ahora, piensa. Acelera y se inclina sobre el tanque de gasolina y todo su cuerpo se estremece. Imagina la sonrisa y la adrenalina del que le acaba de rebasar y se enfurece. Unas cuantas piedrecitas rebotan en sus anteojos y un par le alcanzan el rostro. Confía en que la motocicleta aguantará, aunque la haya armado casi sin ayuda y no sepa tanto de mecánica como quisiera. Confía en eso y espera que los otros se equivoquen.

El día anterior a la carrera llegó temprano al pueblo. Estuvo dando vueltas y encontró al final el sitio donde se iba a hospedar. Pagó dos noches en el hotel, que era una casa con demasiadas adiciones construidas a la fuerza. Bajó la motocicleta con ayuda del encargado del lugar, la encendió, comprobando que todo estuviera funcionando bien, y la dejó junto a la camioneta. Fue poco el esfuerzo que hizo pero ya estaba sudando; el sol del mediodía rebotaba en la calle y lo cegaba por ratos. La falta de aire le sofocaba. Quería estar antes en el sitio, pero hasta el día siguiente no tenía nada que hacer y eso le desesperaba. Se sentía un tanto nervioso viajando solo. Se despidió con un gesto del encargado, quien lo observaba acodado en el mostrador, bajo un ventilador enorme. Caminó unas cuantas cuadras sintiendo que los zapatos se le derretían y entró en un restaurante. Después un almuerzo sencillo, tras unas cuantas cervezas, mira por la ventana pasar una caravana de motoristas: las máquinas se ven nuevas, relucientes bajo el sol. Los conductores ríen y saludan y parecen embebidos de un éxito ajeno, como si hubiesen sido campeones sin contrincantes. Un comensal, sentado a su lado en la barra de madera gastada, dice en voz alta algo sobre el derbi, enfatizando el premio. Es un buen premio. Martín lo sabe. Además de querer ganar en algo, de terminar algo, necesita del dinero. Intenta dar por hecho que ese dinero es suyo, pero cuando ve a los competidores desfilar en la calle, jóvenes y temerarios, con mejores motocicletas que la suya, empieza a preocuparse.

Esa noche durmió poco y mal. Antes de acostarse llamó a su esposa. Intentó tranquilizarla pero escuchar su voz nerviosa resquebrajó la poca tranquilidad que había construido durante la tarde, con tanto esfuerzo. Acostado piensa que todo ha sido vano y cada tanto tantea la cama, acariciando las sábanas que se desvanecen. Piensa en la llamada.

    – No era necesario, hay otras formas de conseguir la plata. Y yo mejoré, lo sabes– una pausa al otro lado; su esposa contiene un sollozo.

Antes del amanecer estaba de pie, vestido, preparado, con una energía renovada, como si la frustración fuera el combustible que necesitaba para resistir horas y horas de calor, de tierra, del metal hirviendo bajo su cuerpo, esquivando y acelerando y dejándose a él mismo, a lo que ha sido hasta entonces, tirado en ese circuito infernal.

Los parlantes anuncian la vuelta doscientos noventa y el público enloquece; siguen ese maratónico ir y venir de motocicletas como si en verdad les interesara, como si no estuviesen asándose detrás de las rejas que los separan de la pista sucia, o quizás celebran que es lo más interesante que le ha pasado al pueblo en décadas, o quizás es la enorme cantidad de cerveza que toman y tiran de un lado al otro. Martín Durá está pegado, casi manubrio a manubrio, contra los otros dos que disputan el primer puesto. Más de la mitad de los que empezaron la carrera han salido. Martín adivina los rostros de ambos, los retrata en su mente: sabe que son jóvenes, veinteañeros e imprudentes, y los imagina riendo sin preocupación. Piensa en él, en sus veintitantos, en que a esa edad no tenía nada y sigue sin tener nada y siente que el mundo le pasó por encima. Se enoja. Acelera la motocicleta y queda entre ambos: el que está a su izquierda porta una mueca de gracia grotesca y el otro compite como si hubiese apostado la vida. Aunque ellos pierdan lo tienen todo, no puedo regresar sin el dinero, piensa.

La tarde avanza, los últimos corren bajo un cielo gris ceniza. El suelo se raja bajo el peso de las motocicletas. Martín se siente entumecido. Las manos le arden y hace mucho que corre sin escuchar, ensordecido por los motores y el viento. En la vuelta doscientos noventa y ocho Martín se olvida de los frenos y acelera sin técnica, con desesperación, más que con certeza. Habrán apostado fuera, por eso gritan con tanta furia los números de los competidores. No oye que nadie grite su número, pero sabe que apenas puede oír sus pensamientos. El habría apostado por él mismo, si le quedara dinero, piensa. Imagina que un grupo de borrachos alegres, amigos de toda la vida, estarán saltando de alegría, vitoreando su número, compartiendo su angustia. Ese breve lapso de optimismo le duró hasta que los tres atravesaron juntos la línea de partida y encararon la última vuelta. Las llantas tiemblan, la delantera rebota contra las piedras sueltas y se desliza.    

Toma la primera vuelta con maestría, inclinando su cuerpo hacia la derecha mientras la rodilla roza apenas la pista. Le pesa la ropa, empapada de sudor y cubierta de arcilla, pero siente que anda liviano cuando avanza en la primera recta casi flotando. Se apagan los sonidos que no son los suyos; queda tan solo el potente rumor del motor que no cesa, el raspar de los neumáticos como un fósforo que se enciende. En el precipicio que es la recta final entrega todo lo que tiene y antes de cruzarla vislumbra un destello rojo a su derecha. El público a lo lejos explota; piden más. Martín no suelta el acelerador, aterrado, sin poder parar, sigue. No se detiene. La gente empieza a desbordar la pista. El circuito se llena de figuras que en algún momento lo van a obligar a detenerse, pero no aún, piensa.

Por Leonel Espinoza
Ilustración por Andy Sugar