Asco

Por Jeremías Felioga
Foto Rocío Eliges

Mientras respiraba agitada me decía cosas que seguramente no estaba pensando. Dibujaba frasecitas lindas. Tontas pero efectivas. Después, cuando el sexo ya había callado la boca más brutal de todas, el clima se tornó más normal (Como si las situaciones tuviesen algún parámetro de normalidad), ella fumaba y yo tenía ganas de estar en cualquier lugar del universo menos a su lado. Salió del baño vestida solo con medias. Alguna parte de ella sabía que no quiero que su piel esté en contacto con el piso de todos los días. Yo ya estaba vestido como si nunca hubiera pasado nada. Revolvía discos sentado en el piso. Cuando no se qué hacer en mi casa, hago eso: revuelvo discos sentado en el piso. Quizás me haría bien salir un poco. Pero no tengo tiempo para cosas que me hagan bien. Prefiero recordar que me falta cambiar un disco de Charly García que me regalaron hace un año, y que jamás abrí porque son de esas bazofias que vienen dos en uno. Hice una lista con los discos que aceptaría por ese (en realidad aceptaría cualquier cosa por esa mierda):

Dire Straits
Rock de la mujer perdida
Pappo´s Blue´s Volumen 5
Silver Sorgo
Dulce Fuerte Grave
La gallina
Buen Día
Kid-A

-¿Tenés alguno bien arriba?
-¿Eh?
-Si tenés alguno arriba, que se pueda bailar
-A menos que seas tan buena como para bailar un tema de Blind Melon, no.
-¿De quién? Algo tipo bachata, esa onda
-No
-Me aburro Jere
-Yo la estoy pasando genial.

Resulta rarísimo repasar las escenas que desembocan en esto. Primero, como en todas las historias, hay un imbécil: yo. Después aparece una chica linda, que atraviesa al imbécil como un rayo. Y no lo parte en dos. Es peor, lo desmenuza. Lo desmiembra lenta y sabiamente. Hasta que no queda nada. Ni hombre, ni sueño, ni boca, ni aliento. Ni siquiera tiempo sano. El problema mayor es que el imbécil nunca aprende. Mira un cuerpo desnudo, y como un animal se abalanza jadeante. ¿Cómo no aprovecharse de un ser tan despreciable? Después aparecen los silencios. Y las horas. Los minutos interminables. El aire más pesado que se pueda respirar.

Hay una fiesta en la semana. No estoy seguro de querer ir. Antes era peor igual. Desesperaba por que llegue el día de la fiesta (cualquier fiesta), y cuando estaba ahí, rodeado de sonrisas, sentía un asco atroz. Me asesinaba la angustia de sentir que cualquier imbécil (la mayoría son mejores que yo) podía quedarse con lo mío.

-¿De qué es ese?

-¿Cuál?

-Ese. El verde.

-Spinetta.

-Pero dice Pescado Rabioso.

-¿Para qué me preguntás entonces?

-Me quiero ir.

-Sí, yo también.

-¿Dónde querés ir vos?

-A ningún lado, yo también quiero que te vayas.

En los diálogos de las novelas geniales que leemos, o de las series insoportables que miramos, la mina contestaría algo sublime. Algo que de alguna manera se relacione con la psiquis del personaje principal y lo lleve a un viaje estrafalario a través de todas sus vivencias. Algo que resuma toda la mierda del pobre tipo, pero que la muestre de forma superadora. O no. Probablemente en esos universos no caben estos tipejos infumables.

Ella me dice que le doy asco. Yo suelto una carcajada similar a la de Al Pacino en Perfume de mujer. Se nota que quiere herirme. Busca la frase perfecta. Dice algo sobre mi estado físico. Que no me entran los pantalones y que le da arcadas hacer el amor conmigo. Yo sigo pensando en lo del disco de Charly. Amenaza con irse. Con no volver jamás. La invito a sentarse en el suelo. Me escupe. Suelto otra de las carcajadas del ciego. Está todo oscuro. Soy yo y el montón de discos desparramados en el piso. Los dejo solos por un momento. Vuelvo lleno de paz y con un martillo en la mano derecha. Destruyo el disco de Charly García. Lo hago mierda.

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