Bichos en grande

ovo

Ovo nos invita a achicarnos para reír y deslumbrarnos con las aventuras de un grupo de insectos muy talentosos.

Por: José Francisco Caballero
Foto: Vladimir Lorenzo © Cirque du Soleil

Ya sé, no está bien que lo diga, pero debo reconocer que me encantaban los circos de antaño. Cuando había animalitos y animalotes domados (a mis mozos años no notaba que eso pudiera ser un sufrimiento para las pobres bestias) y cuando los payasos se pegaban tremendas cachetadas y no se preocupaban por ningún tipo de corrección política. Ahora el circo es otra cosa, todo es mucho más pulcro y ni siquiera te sacan la tradicional fotito, sin que te des cuenta, para después venderte el aparatito con una diapositiva dentro.

Si a eso le sumamos que siempre tuve cierto prejuicio (fundado o no, surgido de las pocas escenas que vi en internet o noticieros de televisión) de que el Cirque du Soleil poco tenía de cirque y mucho de teatro y danza, confieso que concurrí a ver Ovo sin grandes esperanzas.

En realidad, ya había perdido mi “virginidad cirquedusoleilística” hace un par de años, cuando el espectáculo que presentaban era Amaluna.

Y, una vez más, la realidad me demostró que estaba equivocado. El show es muy circense. Y muy bueno. Las acrobacias y malabares que se presentan a lo largo de las dos horas (que se prolongan por una media hora de intervalo) protagonizadas por geniales artistas con coloridos vestuarios que los transforman ante nuestros ojos en bichos de diferentes especies. Todo esto, sumado al enorme despliegue visual y a la poderosa música de raíces brasileñas, con guiños a la música clásica y a temas muy populares como La cucaracha, así como los entretenidos interludios protagonizados por un trío de clowns muy graciosos (y que interactúan mucho y bien con el público) me remontaron a aquellas tardes en las que con mi padre íbamos al Luna Park a ver al Circo de Moscú o a cualquier carpa del conurbano a disfrutar de circos modestos pero entusiastas. Y cuando alguien me hace recordar los hermosos momentos que viví con mi padre no puedo menos que agradecerlo, aunque los recuerdos vengan acompañados por algún nudito en la garganta fruto de las nostalgias.

Las sorpresas se suceden unas tras otras: con un grupo de hormigas que hacen malavares perfectamente coordinados con enormes rodajas de kiwis, unos increíbles acróbatas que hacen piruetas maravillosas en trapecios, otros atletas/langostas deslumbran con impactantes saltos y escaladas combinados usando camas elásticas y paredes de gran altura, una oruga se enrolla y desenrolla ante nuestros ojos en una serie de movimientos de improbable equilibrio, y más.

Hay una historia, que avanza principalmente en los cuadros de los payasos, cuya trama de a momentos es clara y de a momentos confusa, pero no importa. El deslumbramiento visual y emocional me hizo disfrutar del show, y no precisé nada más.

Acaban de anunciarse nuevas funciones en el predio de Tecnópolis que hicieron modificar las fechas previstas para trasladar el espectáculo a la ciudad de Córdoba. Vale la pena consultar los horarios y acecarse a este mundo minúsculo que se agiganta ante nuestros ojos.

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