Bondis

Por Rocio Varejao

Subo con tono amigable y digo “Hola ¿qué tal?”, apoyo el plástico en el aparato amarillo. Si no tengo crédito (si los menos no dan para más), pago con quichicientas monedas que nunca son suficientes. Por fin me adentro en el mar de gente que viaja parada, sentada, concentrada, musicalizada, enojada, dormida. Esta es una percepción de mi ojo catador que no escapa a la categorización: yo me catalogaría como un combo doble de todo lo antes dicho.

Los seres humanos que viajamos en colectivo, somos asquerosamente despreciables. La furia nace cuando un niño llora gritando, cuando alguien nos empuja sin intención o simplemente porque llueve.

Nuestro ser adorable también existe. No frecuenta seguido los bondis, pero cuando aparece ayuda al que no le alcanza para viajar, sonríe a cambio de nada, tolera al de al lado a pesar de tanta realidad.

Terminando con el comienzo, la razón por la que elijo hablar de bondis, puede hallarse en que desde mi niñez transito el transporte público y considero que mis experiencias de observadora excesiva  me llevaron a la idea de que los viajes son irrepetibles: miles de líneas, todas con historias diferentes. Encuentro de miradas con personas que trato de descifrar. Los interrogantes me fluyen ¿estará angustiado? ¿Con quién mensajea de manera desesperada? ¿Tendrá paranoia, miedo, alegría, nervios? ¿Le pareceré linda? Si la mirada es profunda fantaseo que me busca. La persona toca el timbre y se baja del colectivo, el intercambio sigue de manera arropadora hasta que el conductor arranca, siendo esto la simulación de una escena de película que nunca existió. Gajos de desconocidos.

Aunque viajemos de manera diaria en la misma línea, todos somos desconocidos. Nos miramos, nos reconocemos de la mañana anterior, pero no nos damos señal alguna de esto. Enseguida buscamos algún mecanismo para evadirnos del exterior: música,  lectura, tejido, ventanilla; todo es más entretenido que la comunicación con el de al lado. El miedo, la tele, nosotros mismos somos factores que influyen en nuestro individualismo feroz. Un ejemplo de algo común: sería diferente si en vez de dormirnos con temor a levantarnos en una lejana estación, preguntáramos ¿che, alguien se baja en Falucho y Gaona? ¿Me despierta o me pega una palmadita antes de bajar? Esa pregunta transformaría el viaje en un momento más relajado.

Sigo sentada del lado de la ventana en un asiento de dos, como si esperara alguien. Me pongo mis auriculares coral y comienzo a escuchar música que me lleva a un lugar agradable de mi imaginación. Invento historias en mi cabeza donde los protagonistas son personas idealizadas, las escenas siempre son irreales con frases poéticas y diálogos que me hacen sentir querida. Miro la ventanilla y percibo la música como el fondo de mi historia mental. El colectivo se aproxima a su destino, no presto atención al presente ya que mis pensamientos me abstraen. Me tengo que bajar, pero distraída, no lo hago. Al volver mi atención, salto de mi lugar y bajo corriendo. Enojada por ser tan idiota, pero con una sonrisa, continúo caminando mi ruta, cantando.

En los bondis escribo mi historia mil veces. Entre temor, ansiedad, con el rostro mojado de lágrimas. En ocasiones sonriente y pícara recordando momentos insignificantes para otros pero gigantescos para mí.

Los relatos quedan en el camino, nunca me animo a revelar los deseos adolescentes de besar y abrazar desconocidos conocidos.

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