Charlot

Por Julieta Borda García

Una vez conocí a alguien, un hombre. Ojos miel, pelo oscuro, una voz gruesa, gastada, bien vivida. Recuerdo cuando fumaba sus cigarros armados y cada tanto se tomaba un trago de whisky importado. Era un hombre correcto, respetuoso, y me trataba como a una reina. En ocasiones aparecía otro hombre interrumpiendo nuestro encuentro y ahí, en esos momentos de maltrato y violencia, me defendía; dándome paz y seguridad cuando estaba al lado mío.

Una de las últimas veces que lo vi, le di a entender que no lo consideraba uno más. Pero él se levantó de la cama casi de un salto, se vistió rápidamente y tomando su último sorbo de whisky se fue sin decir nada. Ni siquiera me miró. Temí no volverlo a ver. Pero un año después, volvió. Llovía a cántaros me acuerdo. Y él estaba distinto. Ansioso. Su actitud ya no era la misma. Todavía siento tan presente ese momento en que me dijo tomándome de la mano: “Perdón por este tiempo, estuve arreglando unas cuestiones. Pero qué bueno que seguís acá. Tenía miedo de no encontrarte más. Vení conmigo Charlotte. Voy a sacarte de este infierno. No te prometo una riqueza, pero sí una vida digna llena de amor y respeto, vayámonos.” En aquel preciso momento en que iba a abrazarlo para irme con él, mi jefe nos descubre; me agarró fuerte del brazo y disparó dos tiros en la pierna de mi único salvador. Me golpeó salvajemente y desde París me trajo a Buenos Aires, donde me hizo trabajar 22 horas diarias con apenas lo necesario de agua y comida, sin descanso.

Pero un día me enfermé, ningún ser podría soportar tal forma de vida y ya no tenía ni fuerzas para trabajar. Estaba realmente muy enferma y ya no les servía. Me dejaron en la calle casi agonizando. En ese momento creí haber conocido por completo las dos caras del Hombre, del Ser Humano. Puede ser tan grandioso, amable e ingenioso, pero también puede su ingenio desviarse hacia la crueldad más horrible que pueda conocerse. Desesperanzada y cansada pensaba en la lamentable mayoría que había en este mundo de la gente que puede cometer tales males.

En mi largo proceso de recuperación, sólo pude acordarme de él. Sí, de él, pero no de su nombre. Todavía lo veo y siento, abrazándolo, él rodeándome con sus brazos fuertes, bajando por mi espalda hasta la cintura. Me siento a su lado, caminando con él, segura, llenos de felicidad y amor. Siento nuestras esperanzas, nuestras almas, sus manos de trabajador, su resplandeciente sonrisa que se asomaba por su marcado mentón. Y lo último que quiero olvidar, es lo que siento cuando recuerdo el viento suave del susurro en mi oído de su voz, diciéndome que iba a estar todo bien y siempre íbamos a estar juntos.

Estuve con cuantos hombres pude para poder comprar el pasaje a París y buscarlo definitivamente, todavía con la esperanza de encontrarlo bien, sano y para mí. Sólo para mí. Todavía recordando sus palabras. La fragilidad y realidad que llevaba detrás de estás, no estaban presentes, las dejaba en un segundo plano, tras un velo que no quería descubrir. Eran las palabras que no solo quería, sino que necesitaba creer, que me daban esperanzas para seguir luchando por la libertad y seguir buscando eso que creía que iba a ser mi felicidad. ¿Un hombre, un amor, un compañero, la persona que me respete? O ¿un sueño, una meta, algo por qué luchar, aquello que me despertó de una de las más horribles pesadillas? Quizás él era ambas.

En búsqueda de ese dinero, prestando mi cuerpo una vez más -esta vez por elección- sentí una energía de otro mundo, una sensación que parecía que no iba a irse. Cada momento en que mi piel rozaba con la de otro hombre percibía como cada una de mis células iba muriendo y dejaba de responder, parecía ya completamente ajeno a mí, me generaba escalofríos, el temblor e impresión que sentía, el miedo que de pronto me dio que esas manos frecuentes, desconocidas y horribles me tocaran, hacía que se me fuera el color de mi piel al más pálido blanco. Las palabras dejaban de salir, casi en un estado de inconsciencia, pero despierta. Me costó entender qué sucedía, pero logré descifrar ese mensaje. Un mensaje que la naturaleza de mi existencia quería hacerme llegar, por supervivencia. Ese amor por aquel hombre, o al menos la idea de él, el tener presente sus palabras, y haber sentido su carne y deseo sincero en mí, generó un cambio permanente. Entendí que este cuerpo que me tocó llevar en esta dura vida, me pertenecía y debía cuidarlo, preservarlo, adorarlo y quererlo como aquél hombre me demostró que podía ser.

No estaba segura de volver a verlo, hasta llegué a pensar que lo había imaginado, pero gracias a él, por primera vez sí sabía una cosa. Tomé una decisión que cambiaría drásticamente el mundo que hasta hoy conocía. Esa forma de vida que llevaba era errada, si seguía de esa manera, en aquellas condiciones, agonizaría por última vez en pocos meses. Mi ser se inundó de vértigo, miedos, preguntas, pero esta nueva realidad, aunque no la conociera aún, ya me estaba haciendo feliz. Ya sentía que Charlot vivía, despertaba de aquel sueño horrible que parecía perpetuo, eterno y quería gritárselo con total alegría, amarlo y agradecerle a ese alguien, ese hombre de ojos miel y pelo oscuro que una vez conocí.

Comentarios

comentarios