Ciudades del deseo III – Ciudad muerte

La grieta es sólo una palabra hasta que el cuerpo no se ha comprometido con ella, hasta que el hígado, el cerebro, los órganos, no presentan estas líneas en las que se lee el futuro, y que profetizan por sí mismas. Si se pregunta por qué la salud no basta, por qué la grieta es deseable, quizá sea porque nunca se ha pensado sino por ella y sobre sus bordes, y que todo lo que fue bueno y grande en la humanidad entra y sale por ella, entre gentes prontas a destruirse a sí mismas, y que antes la muerte que la salud que se nos propone.

Lógica del sentido, Gilles Deleuze


 

¿Cómo enunciar lo que ya no podemos enunciar? ¿Cómo describir esa caducidad que se nos vuelve indescriptible? Le mort, the death, der Tod. En el idioma que la pronunciemos, no es más que una enunciación vacía.

Lo único que sabemos es que aparece como relámpagos en una madrugada tormentosa, iluminando lo viviente para mostrarnos que hay algo que ya no está.

La muerte no se puede describir. Nadie sabe cómo es estar muerto hasta efectivamente estarlo. Sin embargo ella se materializa constantemente ante nuestros sentidos. Se hace cuerpo caduco yaciendo en el suelo. Se hace historia relatada por un conocido. Se hace carta guardada en un cajón. Para decirlo de un modo más simple y directo, vivimos en un mundo de muertos. Toda nuestra vivacidad y plenitud se encuentra atravesada por una mortalidad que ya no es cuerpo viviente.

Ella actúa con fines propios sobre nuestro existir, no se la puede manipular en beneficio de lo existente. Ver, tocar, oír. ¿Por qué no hacer esto con la muerte? Tal vez porque esto acercaría al ser humano demasiado cerca de la ilusión presente, a todo lo que fue borrado para que podamos seguir viviendo nuestra falsa vivacidad. Ver, tocar, oír. Solo aquellos que han sentido así a la muerte pueden experimentar la falta que vuelven al presente incompleto.

Por Alejandro Cantisani

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