Ciudades del Deseo IV – Ciudad asesina

porque

intento

porque intento

en mis composiciones

mostrar

un oído que escucha

al tiempo

y trato también

de hacerlo entender

y de surgir

en el futuro

porque la muerte ya está

incluida en mi tiempo

sólo puedo

en efecto

ser el enemigo

de nuestro tiempo

ya que su tarea apunta

justamente

a la abolición del tiempo

en el que no veo

en ese estado

que una vida merezca

ser vivida

Historia (s) del cine, Jean-Luc Godard


Una bota militar negra se posaba firme ante los ojos de Andrei. Era la bota más negra que había visto en su vida. Era tan negra que en ella podía ver su cara reflejada. ¡Tal vez sea la bota más negra de toda Europa del este!, pensó Andrei. Estaba tirado en el suelo con la cabeza de costado. A la altura de los cordones se veía la punta de la ametralladora. No quería mirar pero era imposible no quedarse con la mirada fija ante esa bota negra.

Muchos otros habitantes de Babi-Yar, un pueblo cercano a Kiev, se encontraban junto a Andrei esa helada tarde de noviembre. Las mujeres gritaban de desesperación, los niños lloraban. Los soldados alemanes golpeaban con la culata de sus armas a cuanto hombre, mujer o niño que rompiera en llanto se les cruzara. Maldecían, los escupían. Para cualquier ser humano la escena hubiera sido insoportable. Pero Andrei ya no era un ser humano. Le habían arrancado su humanidad para convertirlo en un animal. Estaba completamente desnudo a la intemperie, se le congelaban sus testículos, y sin embargo permanecía inmutable contemplando aquella bota negra que dejaba entrever la maldita ametralladora del oficial de la SS.

Todos iban a morir, Andrei lo sabía. No sabía la causa, pero iban a morir, O mejor dicho, si sabía la causa, pero no le encontraba un sentido. No era muy lógico que alguien fuera a ser ejecutado. Y mucho menos por ser judío. Andrei había estudiado filosofía en la Universidad de Colonia. Le resultaba tragicómico en ese momento pensar en la cantidad de filósofos alemanes que habían dedicado su vida a la reflexión sobre el ser humano, para que ahora los filósofos del gobierno terminaran destruyendo al mismo.

Sergei, el zapatero del pueblo, golpeo a uno de los SS en la cabeza y salió corriendo. Bastaron dos minutos para que lo apresaran, lo molieran a golpes y lo ejecutaran ante los ojos de su familia. Qué sentido tenía escapar pensó Andrei. ¿A dónde iba a ir? Era como querer huir de uno mismo. La única manera era muriendo. No había escapatoria de ese infierno se dijo Andrei a sí mismo desilusionado.

Los habitantes de Babi-Yar no sólo habían sido despojados de su humanidad, sino también de su esperanza. Esperaban resignados el final de su existencia. Pocos eran los que resistían, muchos los ojos que observaban helados como estos caían ejecutados.

Andrei volvió a contemplar la bota negra. Pero algo lo sorprendió en su contemplación. Al lado del pie del oficial de la SS había ahora un pie diminuto. Andrei levantó la mirada y observo que un niño estaba parado al lado del oficial. Lo conocía de vista, pero no sabía su nombre. El niño empezó a tironear los pantalones del oficial mientras balbuceaba entre sollozos que no encontraba a su madre. Claro que el oficial no comprendía el idioma del niño y solo atinó a darle un empujón mientras balbuceaba algún insulto en alemán. El niño comenzó a llorar aún más. Ese fue su final. Uno de los soldados alemanes lo tomó del brazo con fuerza y lo alejo de la muchedumbre. Un disparo se oyó en la lejanía.

Las lágrimas comenzaron a salir de los ojos de Andrei. ¿Por qué no hice nada por él?, se preguntaba. Y seguía preguntándose en la soledad de sus pensamientos, ¿por qué no actué? ¿Por qué? En ese momento se dio cuenta de que estaba desnudo y se le habían congelado los testículos. Pudo sentir el horror de las escenas que se manifestaban a su alrededor en su propia piel. Tenía ganas de pararse y moler a puñetazos a ese maldito oficial de la SS que estaba parado a su lado. Pero no lo hizo. Se volvió a concentrar en la bota negra e intento dejar de pensar en todas esas imágenes horrendas que atacaban sus pensamientos.

Por Alejandro Cantisani

 

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