Crónica disruptiva de una jornada completa

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Por Manuela Teso

Apenas pude tomar dos mates. De tanto dudar en definir qué hacer y qué no, se me hizo tarde. Mi amigo Google Maps marcaba un viaje de hora y media desde Santos Lugares hasta destino, y la hora pautada para la meditación era en cuarenta y cinco minutos. Me imaginé al tiempo como un chicle fucsia que yo estiraba con mi mente. Tengo una mente poderosa y no había mucho tránsito. Al bajar del bondi, apuré el pique al ritmo de la música que escucho todo el tiempo. Antes de llegar al punto de encuentro en Palermo Cheto, decidí contenta que no iba a elegir qué hacer de todo lo que quería, sino que iba a hacerlo TODO. Asumo que fue en ese momento que se me cayó el anillo. Pero lo de darme cuenta vino después.

Encontré en la placita a la gente casi toda desconocida. Me acerqué y les dije: “vengo a estar con ustedes”. En casa de zurda, verbalización de macrista. No voy a ampliar eso porque no da tomarme una liana e irme por las ramas de las ramas, solo diré: no hay caso, aún no logro que las palabras que salen de mi boca estén directamente relacionadas con lo que quiero decir en el contexto en que lo quiero decir. Afortunadamente, me recibieron personas muy amorosas, que además dijeron que yo era nivel súper genia por haberme tomado dos bondis para ir a meditar un domingo a la mañana. El resto había llegado caminando o en un viaje corto. Súper genia o súper boluda, contesté otra vez a lo bruto (breve y genuino): “tenía muchas ganas”. Hacia unos días, cuando me enteré de la maratón de meditaciones gratuitas, había buscado los horarios para sumarme y vi que solo podría a la del domingo. Me cerró por el lado de que fuera al aire libre, con una genia de guía y en un día tan especial.

Mi pierna izquierda quiso protagonizar la escena meditativa, porque a los cinco minutos de cerrar los ojos se me durmió desde el pie hasta el cachete del culo. No desesperé, ya no hago mucho eso o no de la misma manera. Procuré darle su espacio, pero no toda mi atención. Por ahora, como soy novata, en la experiencia de meditar no se detiene mi mente, sino que -como cuando me pega bien meri juana- se me organizan las ideas. Es genial por un lado y poco conveniente por otro, porque resulta muy tentador aprovechar para decidir cosas, pero no es el momento.

Al abrir los ojos, ya había agradecido repetidas veces por el sol en mi cara y esa sensación de comunión de energías. Ahí descubrí que había perdido mi querido anillo con el cuarzo rosa que me regaló mi amiga en un momento clave y sentí, antes de pensar, que significaba que ya podía sola. LA sensación. QUÉ bienestar.

Después de la foto, las reflexiones y los agradecimientos, me puse las medias y las zapatillas -mis pies se declaran en pleno romance con todos los pastos de Buenos Aires- y me despedí. Pasé por un kiosco y cargué la SUBE, porque calculé que para hacer todo lo que quería hacer me iba a dar el lujo de tomarme un total de siete bondis. El siguiente fue el 110, que me dejó sobre avenida Corrientes a la una de la tarde. En un chino -como los antiguos Todo por 2 pesos- compré cinta de papel y en una florería, una rosa. Me gustan más otras flores, pero estaban extremadamente caras para mi presupuesto. Elegí una que era una gorda hermosa.

Cuando me estaba acercando a la baldosa que nombra a Mónica, vi a un hombre y una niña agachadxs leyéndola. Por un segundo flashié que era su hijo. Cuando, un año antes, había participado junto a AVIVE CIA DE INVENTARIOS de Relato Situado -proyecto que homenajea a víctimas del terrorismo de Estado con intervenciones artísticas- había averiguado todo lo posible sobre la persona que me tocó en suerte homenajear: Mónica Liliana Goldstein. Entre lo poco que pude saber de ella, -además de que tenía 27 años cuando un grupo de tareas se la llevó de su casa- me enteré de que tenía un hijo.  Entonces, con la flor en la mano, titubeé al acercarme. Dudé sin dejar de caminar, que quizás es mi nueva forma de dudar. Asumí que el hombre no la conocía cuando escuché que le decía a su hijita: “no, ahí no están las letras de tu nombre, es el nombre de otra persona”. Como la historia es de todes, no esperé a que se fueran para agacharme a dejar la flor. El padre quiso llevarse a la niña, pero ella fue coherente con el momento y quiso quedarse a ver como yo pegaba la flor con cinta -por el viento vuela todo- y escribía que “La flor insiste”, algo que me enseñaron las genias de AVIVE el año pasado.

Sentada en la vereda, sobre la libertad relajada a la que me subí hace poco, leí una vez más lo que ya sabía que decía la baldosa y nunca quiero olvidar. Siempre recordar, con tristeza y con amor.

Caminé dos cuadras y bajé a tomar el subte B que, como vino lleno, me convencí de que sería fugaz mi paso por la marcha. Un dolor en el pecho me venía diciendo que no me siento a gusto con las multitudes, pero como hice con mi parte dormida en la meditación, le di el lugar que se merecía, no mi total atención.

Decidí bajarme en Callao, me metí en un bar, encargué una lágrima para llevar y me pinté la boca de fucsia en el baño. Con el café en la mano, agarré Rivadavia desde Plaza Congreso y emprendí la caminata. Eran dos y pico, los partidos políticos esperaban para arrancar. Ahí me di cuenta de que lo bueno de ir sola era que no tendría que esperar a nadie. Así es que emprendí mi marcha hacia Plaza de Mayo. Claro que percibí que si fuera un lunes e hiciera el mismo recorrido, no sería marcha. Fue marcha porque estábamos todes.

Cada vez llegaba más gente, de todas las edades y de todos los partidos políticos y no partidos. Recordé quiénes de mis amigues me habían dicho que iban a ir y supuse quiénes de mis ex novios podrían participar. Caminé esas ya familiares 10 cuadras sin ver a nadie conocido. Canté, grité los PRESENTE, AHORA Y SIEMPRE, saqué fotos. Llegué a la Plaza y, mientras seguía sumándose más gente, bajé al subte D para ir hacia mi verdadero destino.

A veces yo también, al hablar de mí, me meto en un molde y, entonces, digo que soy intensa y que estoy loca. Lo digo ahora de esto que vengo haciendo de ir todo el tiempo al Parque de la Memoria. Pero me parece que le cabe la explicación de lo que me sucede: me siento muy bien ahí.

Sé lo que significa ese lugar.

Sé que los vuelos de la muerte lanzaban personas a ese río. 

Sé que la dictadura es nuestro agujero de dolor.

Sé que es oscuro.

Pero soy una Luna en Escorpio laburada, transmuto y transmuto. No pretendo ahondar en detalles ni que me entiendan el mambo (lindo), pretendo seguir con el relato y que me lean. ¿Quieren?

Viajé en subte para el lado de Belgrano con gente diferente o indiferente. Luego me subí al 107.

Llegué a Ciudad Universitaria y, con los auriculares puestos, le di play a Los Dinosaurios de Charly García. Estoy segura de que nada hay de pose romántica en mi accionar. Esta mierda cursi, romántica y creadora de mi mundo es lo que me sale de adentro. Qué le vamo hacer, al menos voy logrando no aparentar, ser lo que me sale. Es un montón para mí.

Al entrar al parque, me acerqué a la parte de informes y le pregunté al chico por las placas. Porque hay 30 mil, pero no todas tienen nombre. Quise recordar por qué. Creo que al principio pensó que yo era une de les boludes que cuestionan el número. Se relajó recién al final cuando le hablé de Mónica, de que el año pasado no había encontrado su nombre. Me dijo que tenía que estar, que buscara mejor por el año de su desaparición. Entré, miré con detenimiento y entusiasmada encontré la placa. Enseguida me acusé de estar centrándome en ella y en no abarcar a todes, pero no entendí bien mi reclamo. Se me vino el pensamiento de que nos autoconstruimos desde adentro para afuera y desde afuera para adentro. Hay cosas que todavía hago sin entender el motivo.

Antes de ir al baño, parada frente a las 30 mil placas, me abrigué porque estaba nublado y ventoso. Pasaron caminando un padre cuarentón y su hijo de unos 7 años. Supuse que el nene le habría preguntado que qué era ESO. Porque el papá dijo: "son personas que secuestraron y no volvieron". Pensé que esa pregunta le daba sentido a que el parque se llenara de niñxs insoportables (valga la redundancia).

Luego me tiré en el pasto y fui feliz. Sin decidirlo, me puse a cantar una canción de amor y dije en voz alta: que sus almas se eleven y se liberen. Juro que salió el sol en ese momento. Me di cuenta de que el río estaba QUIETO. El día anterior lo había filmado moviéndose y hoy estaba QUIETO. Saqué fotos y sentí un montón de cosas más y después me subí al anteúltimo bondi del día. Dormí una siesta casi todo el viaje y con 3% de batería pude escuchar toda la música que quise hasta llegar a casa.

 

 

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