Crónicas Cotidianas #1

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Por Ignacio Moulia

Me recibe con una sonrisa. O lo que yo imagino una sonrisa detrás de su barba. Lo único que se mueve en su cara son sus ojos. Me pregunta para qué medio escribo. “Soy independiente”, le contesto. “Seguro sos vegano”, dice mientras señala la planta que me acaba de regalar mi mamá y que llevo en la mano. Nos reímos. Me da vergüenza confesarle que casi, que soy vegetariano.

Oscar está refugiado dentro de su puesto en el Parque Rivadavia. Está muy abrigado para el calor que hace, pero ya le han agarrado varias lluvias y prefiere tener ropa de más que de menos. Los libros están acomodados sin ningún tipo de patrón, lógica, ni estética. Son columnas de papeles amarillos que van desde el suelo hasta el techo. Lo primero que me dice, tal vez anticipándose a lo que pensó que había ido a preguntarle, es: “el oficio del librero se está perdiendo. Ahora hay otros soportes, qué sé yo. Si me preguntás, el libro es más simple, más directo, pero hoy están todos con los aparatitos. Habría que inventar un libro que se enchufe, a ver si con eso…”. Oscar festeja su propio chiste con un poco de resignación.

Vender libros no fue una elección, sino más bien una necesidad. Me cuenta de su trabajo en el astillero, de soldador, en calderas. “Yo trabajaba en fábricas, hacía un poco de todo. Eran contratos de tres meses. Como pagaban bien, empecé a venir al Parque a comprar libros. Era un pasatiempo. ¿Quién hubiera dicho que veinte años después iba a ser mi sustento?”.

Me pide unos minutos para vaciar su pipa y recargarla. Mientras, reviso unos libros que están desordenados en el mostrador. Me llama la atención uno y lo agarro: Tú serás mi cuchillo. Abro mi mochila y saco la misma edición del mismo libro. Se lo muestro a Oscar para hacerlo cómplice de la increíble coincidencia, pero no se lo toma con la espectacularidad que esperaba.

“Acá he vivido de todo. Y la verdad es que no da mucha plata, pero somos como una gran familia. Pensá que estoy acá desde los ochenta. Hemos ido presos. Nos han querido sacar. Una madrugada, en pleno Alfonsinismo, eh, nada de dictadura, la “patota cultural” –dice Oscar y chista–, en plena democracia, vinieron unas topadoras y rompieron todo”.

Oscar hace una pausa. Pita varias veces y larga una bola de humo que le tapa la cara. Siento que quiere narrar y no tanto contestar así que dejo las preguntas. De repente, con ese gesto, se siente más como una charla.

“Preferiría no tener que seguir haciendo changas para vivir. Y eso que no pago alquiler, gracias a Dios. Pero es un oficio difícil”. Se tira para atrás y una línea de sol le dibuja una especie de antifaz en la cara. Sus ojos se mueven; debe estar sonriendo. Le pregunto si siente que el oficio tiene algo de resistencia. Piensa un rato, vuelve a pitar y me extiende una mano grande y callosa. “Yo sólo vendo libros”.