Crónicas cotidianas #2

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Por Ignacio Moulia

Carlos Alberto mira la ferretería que está cruzando la calle. Está sentado sobre un tacho de pintura dado vuelta. Hace el gesto de estar acariciando algo, pero su mano no toca nada. Le pregunto si me puedo sentar un rato. Le da lo mismo. Lo noto. Me siento en el piso y me pongo a ver en su misma dirección.

Me cuenta que tiene más o menos 60 años. Que de a ratos se olvida cuántos. Que vive en esa esquina de Yatay y Rawson hace, por lo menos, diez. Que tenía un perrito, pero se lo mataron. “¿Algún vecino?”, le pregunto mientras veo cómo sigue acariciando el aire. “No, un camión”. Tiene tonada de otra provincia y de vino. Al principio, me cuesta entender lo que dice, pero me guío por su entonación y sus gestos. Después entramos en confianza y es como si eso le hubiera devuelto la capacidad de comunicarse.

Es Misionero. De Villa Libertad. Viudo. Me narra una historia muy divertida en la que su mujer le hizo creer que su primer hijo había nacido mujer y él había salido disparado a comprarle un chupete rosa. Cuando se ríe, se le cierran los ojos del todo.

Le pregunto su apellido y me dice que el apellido es algo que te da pertenencia con una familia, y que él no tiene familia. Sólo a su hijo que se mudó a Perú con su esposa. Dice que no se acuerda de su vida antes de ese tiempo en el que vivía con su mujer y su hijo. Que cada tanto se le aparecen imágenes, pero que no termina de darse cuenta si son reales o escenas de películas. Sí sabe que tuvo 4 hermanos y 4 hermanas. Habla en pasado porque le parece que murieron todos.

Carlos trabajaba en un aserradero y su llegada a Buenos Aires fue más bien una casualidad. Lo mandaron en un barco maderero a Corrientes, pero terminó en Uruguay. Se quedó un tiempo ahí hasta que cruzar el Río de la Plata se le presentó como la oportunidad de cambiar su vida. Hoy cartonea con un changuito de supermercado al que le faltan dos ruedas. Cuando dice “oportunidad de cambiar mi vida” se desinfla un poco.

Por al lado nos pasan varias personas y él saluda a la mayoría. Un pibe de mi edad pasa fumando y el radar de Carlos dispara la alarma; frena su relato y le pide un cigarrillo. El pibe tiene tonada venezolana. Carlos se lo prende y me dice que con lo que gana vendiéndole cartón a unos armenios en la calle Acuña de Figueroa sólo le alcanza para un vinito (su límite es uno por día) y unos cigarros. Come lo que le alcanzan los vecinos. A veces pasa un día o dos sin comer. Me dice que está acostumbrado.

Nunca deja de mirar la vidriera de la ferretería. Mira su changuito y vuelve a mirar la vidriera. Me explica que era de un jugador de fútbol de Boca y que ahora la atiende su hija. Que venden las ruedas de repuesto que necesita para su changuito, pero que cuestan 150 pesos cada una. Y que con lo poco que le dan los armenios no le alcanza. Además, le robaron la radio que era su única compañía. Está tratando de juntar unos pesos por día hasta que pueda comprar una nueva.

Me dice todo eso y se queda callado. Le pregunto si le puedo sacar una foto y nos despedimos. En la foto, Carlos sale triste.

A los días le alcanzo una radio portátil que ya no uso más. Cuando la recibe, le da tres besitos. Por algún motivo, le pido si le puedo sacar otra foto. Necesito una imagen que le haga justicia.

Charlamos un rato más y le explico cómo usar la radio. Nos despedimos probablemente para siempre, pero esta segunda vez me voy con una insignificante sensación de triunfo.