Crónicas cotidianas #3

Sin título-2

Por Ignacio Moulia

Gaby me recibe con expectativas. La noto ansiosa, pero no pierde la sonrisa. A lo largo de la charla su cara se va a ir transformado, pero nunca pierde la sonrisa. Pienso en el cliché caribeño. Nos saludamos y me guía hasta su habitación. Vive con una mexicana y una argentina. Ni bien entro todo parece estar desordenado. Después de unos minutos me doy cuenta de que hay cierto orden en su caos. Pero es un orden complejo. No se ve a simple vista.

Hace lugar en una mesita junto a la ventana y se arma un cigarrillo. Nos sentamos. No hace falta acordar nada de todo lo que sucede después: Melisa, la argentina, hace mate, yo prendo el grabador, Gaby me convida tabaco. Se da todo tácitamente.

Lo primero que le digo es que tengo un título tentativo para la nota: “No estar con Maduro no es estar con la derecha”. Mueve un poco la cabeza. Parece estar procesándolo. No le encanta. Nos quedamos en silencio. No es incómodo.

Gaby dejó Venezuela hace más de un año y cada vez que lo dice, lo padece. Me cuenta que ni bien se confirmó la conformación de la Asamblea Constituyente, le agarró un ataque de pánico. Que estaba con su mamá y que ella le dijo: “se van de acá”. El plural es por Gaby y su hermano. Si había un pedacito de esperanza de que se terminaba el socialismo, acababa de desaparecer, dice.

Cuando habla de Chávez lo hace desde el desacuerdo, pero también desde el respeto. Le cuento que tuve que estudiar muchos de sus discursos en la universidad. Chávez era un genio, me dice. Se nota que a Gaby no le sale fingir. Me habla del chavismo como el origen de los problemas que hoy en día existen en sus país. Pero dice, al menos, él era un genio. Cuando menciono a Maduro, hace una mueca socarrona. Maduro es un payaso, me dice.

Melisa entiende su rol de manera magistral: saltea el pollo que van a almorzar, se sienta en una cama y nos ceba mates con un timing impecable. Es una muy buena espectadora.

Gaby habla. Sus recuerdos están frescos. Dejó su país hace menos de dos años y se instaló en Córdoba. Le pregunto si se sintió recibida en Argentina. Prefiere esquivar esa pregunta. O contestarla con curva. No entiende nuestras quejas. Intuye que deben de ser válidas, pero no las entiende. Pensá que vengo de…, empieza y la interrumpo. Esta entrevista no se trata de hacer comparaciones. Volvamos a Venezuela, le pido.

Le pregunto. Le pregunto mucho. Me interesa saber qué rol ocupan los medios de comunicación. Necesito comparar lo que leo con su experiencia. Qué tanta verdad y qué tanta exageración hay en lo que muestran. Gaby es contundente: lo que muestran los medios no es siquiera una parte de la verdad que estamos padeciendo los venezolanos. ¿El desabastecimiento es real? Es gravísimo, me dice. ¿La gente en verdad no tiene qué comer? Me cuenta que tanto ella, como su hermano, como la mayoría de las personas que conoce han adelgazado considerablemente en estos últimos años. Le creo.

Gaby parece querer contar su historia de manera ordenada. Piensa mucho antes de hablar y, con muy pocas excepciones y bien administrados, casi no hay saltos temporales en su relato. Noto que su estrategia narrativa es centrípeta. Ella quiere narrar la historia de todos los venezolanos y como consecuencia llegar a la suya. No al revés.

Le pregunto cómo se toma la decisión de irse. En qué momento uno se da cuenta de que no tiene más cuerda. Pita el cigarrillo y me interrumpe. Es horrible, me dice. Horrible. Imaginate tú que te tienes que ir de tu país sin querer irte. Nos reímos. En este exacto momento ella, yo y la argentina que nos sigue cebando mate estamos en México. Pero lo más horrible, me dice, es no permitirte estar mal.

Gaby se sintió empujada a dejar su país, sus estudios, su familia, sus amigos con tan sólo 22 años. De pronto, vivía en Córdoba, estudiaba arquitectura y no conocía a nadie. Me repite que no entiende de qué nos quejamos los argentinos. Pero sigue. Me cuenta que no se permite estar mal porque apenas le nace una angustia se compara con la gente que quedó en Venezuela. Gaby, al igual que la mayoría de los venezolanos exiliados, sufre su propia opresión. Ellos no se permiten estar mal porque los que quedaron están peor. Viven su exilio de manera redentoria. Tienen que estar bien porque se lo deben a los que no pudieron salir.

En este momento de la charla, Gaby me confiesa algo que no me esperaba: su papá es chavista. Lo que le pasa hoy a mí papá es que, obviamente, sabe que están las cosas mal, no tiene plata para comprar sus medicamentos e igual sigue apoyando al gobierno porque dice que el capitalismo va a hundir todo. Esa idea destraba algo en mí: quienes apoyan a Maduro, aun dándose cuenta de que es apenas un vestigio de lo supo ser Chávez, son quienes se convencieron de la retórica y el discurso que viene instalando el oficialismo desde hace veinte años: el “ellos” versus el “nosotros”. Sigue siendo más importante el mito que la realidad que los rodea. Venezuela está mal y logran verlo, pero creen que cualquier otra cosa sería aún peor.

Ese, en definitiva, fue el gran triunfo del chavismo: el maniqueísmo político.

Gaby se tiene que ir a trabajar. Melisa me pasa el último mate. Yo me armo un cigarrillo para llevar. Antes de despedirnos, le hago la última pregunta: ¿creés que Guaidó es la solución? Lo piensa unos segundos y me dice: mira, salió de la nada, pero en este momento, cualquiera va a ser mejor que este payaso.