Crónicas de $70, chocolate suizo y dulce de leche fiume

Fiume 2 Margoth Avila

Un chillido colapsa con el retintín a resto-bar que hay en el ambiente y mis oídos saltan. Aunque no tenga cafetera en casa conozco el sonido que hace la máquina espresso cuando emulsionás la leche con la lanceta, dejo que el aroma a café me embriague. Arándanos, almendras y miel. A eso huele, me parece una combinación ocurrente y que yo no haría, se me antoja. Mientras espero a que la única camarera se desocupe y me atienda cierro los ojos unos segundos y pienso en cómo sería un mundo donde la espuma de un cortado salta volando de la taza y dibuja una vía láctea por arriba de la cabeza del comensal. Lo que imagino me parece muy lindo, pero también ilusorio. No me molesta conformarme con tener imaginación.

“¡Buen día!” me saluda ella ahora que ya terminó de despachar la última bandeja y se queda esperando a que salga de mi trance secreto. Abro los ojos, le sonrío porque me parece que su modo de hablar es muy dulce y que encaja bien con el lugar. Mis miedos por sentir que la atención no va a ser suficiente o que sencillamente nada va a serlo desaparecen y termino de acercarme al mostrador. Oficialmente entré, estoy ahí.

Estoy en la heladería a la que fui toda mi infancia. Aunque algunas cosas cambiaron yo prefiero ignorarlo y aceptar que sería raro que no lo hicieran. Mi vieja nació por el sesenta y acá venía a cenar con sus viejos, mi abuelo decía que “un cucurucho de este lugar valía por una cena”. Yo nací en los noventa y digamos que vine a buscar muchas cenas con mi mamá acá, pero a las siete de la tarde. Y hoy, pasada la primer década del dos mil la vida me trae de nuevo a “Fiume” buscando un vasito de pasta a $70 pesos que me haga de desayuno. Tres generaciones fueron y vinieron, era obvio que cuando me tocara volver a mí esto ya no iba a ser más una heladería, sino tan solo un café bar con un helado artesanal muy bueno.

Supongo que fue la crisis, la crisis afecta a todos desde que la conozco. En esta reversión 2.0 de “Fiume” hay viejitos sentados en las mesas leyendo el diario, ¿será que rebuscan entre los artículos al país que dejamos de ser? No vinieron juntos, pero están juntos, todos se conocen, todos son del barrio. Yo solo quiero pedirme un helado.

¿Seguirán teniendo crema flan? me pregunto, mientras busco la tabla de gustos. La encuentro, los nombres de los sabores se desprenden como arco iris, invitándome a pedirlos a todos,
pero solo puedo elegir dos. Quiero que uno sea crema flan, lo único que me pedía a los nueve años porque no me gustaba otra cosa (ni siquiera el dulce de leche que tanto cautivaba a mi vieja), pero al parecer esa crema caducó hace mucho. El sabor no está. Y entonces me percato de que son muchos los gustos que no están. La crisis, la crisis nos pega a todos, pienso, porque estamos en temporada alta y aún así todo lo que a “Fiume” le queda es un sabor de helado por cada mes. Veo que chocolate suizo sí tienen, el sabor estrella de toda la vida. No sé cuándo va a ser la próxima vez que vuelva, ¿está bien igual si pido lo mismo de siempre? Bueno, si llevo dulce de leche fiume al menos algo voy a haber arriesgado, pido en voz alta convencida de que los gustos van a saber mucho más deleitables de lo que ya suenan. Espero a que la mujer agradable haga su trabajo como embajadora de acaramelados deseos hechos realidad.

Y entonces se me ocurre que por ahí este lugar es la fábrica de chocolates de mi vida, solo que nunca conocí al Willy Wonka. Me sirven tanto helado que el chocolate se rebalsa por los lados del vasito, si el granizado que viene no fuera tan enorme diría que, mientras cae, está nevando. Cosas del barrio, pienso, por alguna razón el barrio es como un amigo, siempre generoso. El dulce de leche también se resbala y  entonces vuelvo a ver la vía láctea que me imaginé cuando entré. Suave y cremoso me acaricia los recuerdos y los sobrecarga de azúcar con sus pelotitas de cereal. Los deseos si son de azúcar se cumplen y mi infancia se terminó. Se terminó mi infancia, pero no quiero terminar tan rápido este helado. Porque sé que no voy a volver, que prefiero que el sabor de cuando tenía nueve años se inmortalice en mi paladar. No todo puede permanecer por siempre y tampoco debería hacerlo, pero por esta vez, quiero darme el permiso de perpetuar estos recuerdos antes que corromperlos con un helado que también cambió.

“¿Y? ¿Estuvo bueno?” me preguntan antes de irme. Yo vuelvo a sonreír y digo que sí. La moza no percibe mi tristeza y es mejor que no lo haga, tampoco me pasó nada tan grave. Crecí. No siempre uno se percata de que creció. Yo no lo hice hasta que me encontré a mí misma en esa heladería que significó tanto, leyendo los gustos de la misma tabla por la que pasaron los ojos de tres generaciones, llorando porque desapareció la crema suave del flan y aún con todo considerando posible pedirme la mousse de café al coñac.

 

Por Sofía Morgana
Foto por Margoth Ávila

Crónicas de $70, chocolate suizo
y dulce de leche fiume