Dos para matar (de risa)

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Asesinato para Dos, la extraña e imperdible comedia musical de policial negro, cambió de teatro

Por: José Francisco Caballero

Durante 2017, en el San Martín, se destacó una obra de esas que resultan imperdibles. Arrasó en los premios Hugo (los galardones que reconocen lo mejor del teatro musical) y con total justicia.

Ahora, esta maravilla está de vuelta, pero en el teatro Metropolitan Sura (Av. Corrientes 1343, Buenos Aires), todos los martes a las 20:30 hs.

Tuve la suerte de verla y comentarla el año pasado, para otra revista online. Pero, apostando a que en Todo En Bondi los lectores sean otros, o no sean muy memoriosos, mantendré la mayor parte de aquellos conceptos en esta nueva/vieja crónica. Por favor, si usted es de los que ya la leyó, no piense que soy reiterativo. Prefiero que piense que soy coherente.

Aún a riesgo de parecer exagerado o demasiado fanático, debo ser sincero conmigo mismo: desde la mejor época de Les Luthiers que no terminaba tan feliz y satisfecho luego de presenciar una función teatral. Y no porque se trate de un estilo teatral muy similar... O sí. En definitiva los ingredientes son similares: textos inteligentes, chistes de primer nivel, geniales intérpretes (desde lo actoral como desde lo musical) y la garantía de pasar 90 minutos de pleno disfrute.

La trama, claramente inspirada en la mecánica de los libros del inspector Poirot de la prolífica Agatha Christie, gira en torno a un aspirante a inspector policial (muy buena actuación de Hernán Matorra, que no se luce más por simple comparación con su increíble co-protagonista) que debe determinar quién, entre 12 sospechosos (¡todos! interpretados por Santiago Otero Ramos con una maestría y perfección que se lleva todos los aplausos), es el responsable del asesinato a que hace referencia el título.

Ambos protagonistas, además de en sus respectivas actuaciones, se lucen como pianistas, interpretando alternativamente o a cuatro manos prácticamente toda la banda sonora, sirviendo de soporte a sus correctas interpretaciones vocales sin perder nunca su expresividad (rasgo especialmente destacable en Otero Ramos, que salta por sus doce personajes sin que en ningún momento exista duda de cuál de ellos es el que canta).

La escenografía, sencilla, cumple con lo necesario para que todos los espectadores vean todo lo que se ve y lo que no se ve, porque hay personajes (un ayudante del comisario y ¡el mismísimo cadáver!) que, aunque no están allí, les juro que se ven.

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