Dots and Loops: Stereolab, una banda llena de etiquetas

Por Damian Alfaro Valdivia

El hábito de visitar disquerías fue perdiéndose en los últimos años por varias razones. Principalmente, falta de dinero y practicidad del universo digital. Dejando al margen la situación económica personal, los CD siguen esperando sobre bateas. Respetan un orden que suele verse despojado de su rigurosidad gracias a los curiosos visitantes.

La cuestión acá es que toda ubicación responde a una clasificación, a un género que ayuda a no mezclar Pimpinela con Motorhead. ¿Cómo encontrar a Stereolab, entonces? 

Una banda originada en Inglaterra hacia 1990, conocidos por guiar sus composiciones bajo la cadencia del motorik, aquel patrón rítmico adjudicado al krautrock setentoso (más precisamente a Neu!). Orquestado con guitarras eléctricas omnipresentes y añadiéndole al fuego la compañía igualmente intensa de órganos Farfisa y sintetizadores Moog.

Esta receta provoca el caldo espacial que inunda la mayor parte de sus incursiones en estudio hasta la salida de Emperor Tomato Ketchup, en 1996. Allí podemos decir que comenzaron a llenar la sopa con muchos ingredientes del pop, funk, y algunos condimentos más intrincados.

Dots and Loops sugiere un quiebre en la ruta musical comandada por Tim Gane, guitarrista principal del grupo. Aquí van a enfatizar en terrenos musicales poco explorados hasta entonces, escapándole en varias ocasiones al clásico compás de 4/4 y ampliando su sonido cual abanico orquestal. Apoyados en toda la parafernalia de teclados analógicos disponible.

En Brakhage se inicia el recorrido y muestran de inmediato las nuevas cartas. Los primeros segundos dejan oír esta fusión de samba-jazz con aditivos artificiales, sostenida por el ritmo contagioso de la batería y, claro, los infaltables sintetizadores. Todo esto que suena a menú de restaurante palermitano es, en esencia, una ensalada de fácil digestión preparada por meticulosos cocineros. ¿Música de espera para aeropuertos? Tal vez suene a eso, no siempre debería tomarse como algo despectivo.

Miss Modular es lo más cercano al hit que emerge entre los diez temas, sin alejarse del aura relajante que dominará la totalidad del producto. Entran los bronces a escena para acolchonar la voz de Laetitia Sadier, mientras sus frases navegan sobre un groove difícil de soltar. En reiteradas ocasiones vamos a escucharla cantar en su lengua natal, buena excusa para intentar un acercamiento al idioma francés.

Otro tópico interesante, siguiendo este camino, es el de las letras. Hay una fuerte influencia del marxismo en muchas de ellas, algo paradójico si tenemos en cuenta la distensión provocada desde lo instrumental. El ejemplo más claro puede apreciarse en Ping Pong, quizás su single más reconocido. Al mismo lo encontrarán en Mars Audiac Quintet, un par de discos hacia atrás, si quieren seguir explorando.

Nadie preguntó aunque mi favorita es la tercera en la lista, The flower called nowhere. Una suerte de vals acelerado que suele dejarme maravillado y pensando en cómo llegan a fabricar tales armonías. Algo que no sorprende y mantiene un nivel altísimo es el contrapunto de voces manejado por Sadier y Mary Hansen, uno de los elementos distintivos del grupo.  

Es momento de resaltar la producción, cimiento fundamental de esta construcción. Gane elige juntarse nuevamente con John McEntire, potenciando el carácter puntilloso de ambos para operar en un estudio y explotar todos los recursos posibles. Su trabajo explica en gran parte la sutileza reinante, las intervenciones de vibráfonos, marimbas y percusiones programadas. Escuchen a Tortoise, la banda del productor, así comprobarán de dónde provienen varias de estas ideas pulidas.

Casi toda la magia de Diagonals reside en la intro. Un armado exquisito donde, justamente, una batería programada abre el juego al resto de los instrumentos. Cada uno ingresa a su debido tiempo hasta formar una amalgama precisa que funcionará como el motor durante los cinco minutos de duración. Notarán que la repetición es un recurso que utilizan con gran habilidad. Esta es la clave del aprecio o no por su música, hay una variedad muy pensada de efectos para provocar esa nube hipnótica en la cual viajamos al oír sus canciones.

En Prisoner of Mars sobreviene una sensación melancólica casi inexistente en la discografía de Stereolab. Si sos nuevo en su mundo, esta banda invita a explorar los sentidos, no afecta a corazones rotos ni exalta tus deseos de rebelión salvaje. Aun bajo su atmósfera aséptica, la canción fluye y nos lleva a descender algunos escalones hasta llegar a otra puerta. Al abrirla, percibimos las cálidas brisas de bossa nova que propone Rainbo conversation, otro de los puntos altos, demostrando una vez más la versatilidad que posee esta gente a la hora de componer.

A esta altura muchos seguidores desorientados habrán pensado, ¿cuándo vendrán las guitarras a llenar todo este espacio? Ese anhelo quedará sepultado ante la monstruosa Refractions in the plastic pulse. Posiblemente la canción de 17 minutos y medio más corta que recuerde.

Dividida en cuatro secciones bien delimitadas, al comienzo exponen más que nunca la faceta lounge del disco. Cuando ésta se disipa, queda libre el paso para la rebelión de las máquinas. Además de McEntire, los aportes crecen gracias a colaboraciones del dúo Mouse on Mars en los tramos electrónicos más furiosos de esta pieza, acentuándose sobre la recta final del álbum. La última parte contiene algunos arreglos de cuerdas proporcionados por Sean O’Hagan, ex integrante del grupo y fiel devoto de Brian Wilson.

De la dulzura aún resonante, enseguida regresamos al dominio maquinal. Entrar en trance no sería algo descabellado mientras suena Parsec. Un riff adictivo, coros que podrían causar gracia aunque luego te descubrirás cantándolos sin entender muy bien la situación y beats hiperactivos donde no cabe un alfiler. Una recomendación al paso: usar auriculares, siempre, hay detalles importantes y sensaciones que perdemos al dejarle la tarea a los parlantes.

Ticker-tape of the unconscious nos devuelve a la abstracción, a sonidos de Brasil mezclados con programaciones e instrumentos de viento en su justa dosis. Cabe destacar que Laetitia Sadier no sólo canta, también se encarga de las percusiones y sintetizadores, además de las sustanciosas letras antes mencionadas. Lo mismo corre para Mary Hansen, quien calzaba una hermosa Jazzmaster mientras acompañaba en los coros. Con Andy Ramsay desde la batería, ya mencionamos a los miembros más estables del grupo. En esa época contaban, además, con Morgane Lhote tras los teclados y Richard Harrison en bajo.

Sobre el final, Contronatura presenta un guiño al pasado sónico, secundado por oleadas electrónicas que parecen dirigir este ritmo lánguido de despedida. Sin embargo va a quedar tiempo para algo más, un alargue donde la pista de baile se abre hacia el horizonte, dejando ver que el camino de innovación elegido daría muy buenos resultados artísticos en el futuro cercano.

Este disco está próximo a cumplir 20 años, salió a la venta en septiembre de 1997 y es uno de mis favoritos de la vida.  Podría no ser el indicado para quienes se inician con Stereolab, si bien es difícil consensuar sobre ese tema. Después de todo, ni siquiera definimos bajo qué etiqueta ubicar a sus productos en la disquería. Quizás debamos guardar todo en rock internacional y simplemente disfrutar la música.

 

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