ECOS DEL SUR – SEGUNDA PARTE

BASE-05-08

Por Elías Fernández Casella
Ilustración Ale Giusto

 

El Destape Web – 04 de septiembre

Ex agente de inteligencia señala un accionar interno para proveer a la fauna patagónica de armamento.

Mario Arruabarrena, quien se desempeñara en la AFI, afirma la existencia de un complot para modificar neurológicamente a varias especies animales a través de la inserción de herramientas que habrían ampliado su cognición. ¿Guerra contra una fauna cibernética?


Bautismo

Los pumas bailaron hasta que desapareció la luna. El ciclo de Ñápibuematá acaba de terminar, y es el momento en que las plantas empiezan a marchitarse. Fue una jornada fría, o los pumas le respondieron al clima bailando durante la mitad de la noche. Sus movimientos eran elegantes  y silenciosos. Rodeaban la corteza de los árboles y la marcaban sin que las aves que anidan se despertasen de su sueño.

Cuando las nubes cubrieron el cielo, los perdí de vista. Mi compañero-guía me tomó de un codo y nos alejamos con apuro. Alguien daba gritos de lechuza a mi lado. Supongo que era él.

La vista regresó al lugar luego de unos minutos incontables. El sitio del que habíamos partido estaba de pronto tan lejos que me resultaba difícil entender cómo había podido mi guía llevarnos hasta allí a ciegas. Desde nuestra posición se veía el campamento enemigo, y al otro lado, unos cincuenta metros más arriba desde una colina, el linde del bosque.

Entonces apareció una figura pequeña entre los árboles. Según me fue explicado más tarde, el joven guepardo era el capitán de la cuadrilla que tendría esa madrugada su bautismo de sangre. La placa distintiva reflejaba los rayos de la luna, pero sus ojos rebotaban las antorchas del campamento como si las asimilase con la mirada.

El rugido fue tenaz pero melancólico. Una suerte de grito violento acongojado por el miedo, pero resiliente a fuerza de violencia contra los invasores.

El bosque entero respondió. No hubo un solo ruido añadido. La tropa salió detrás del joven susurrando sus cuerpos contra el pasto. Luego vino el grueso de la división. Los cascos de acero serpenteaban entre los arbustos rastreros. Sentí que me crecía en el pecho una angustia desbordante. Una especie de compasión por los hombres que dormían en el campamento. Cuando la tropa de pumas jóvenes llegó al lugar, las carpas se estremecieron. Fue mucho más intenso y angustioso que el momento del primer estampido. Cuando las armas despertaron aterradas en mitad de la noche para recibir, ahora sí, al sector más experimentado de los felinos.

Y el rito de iniciación terminó al amanecer. Con los arbustos pintarrajeados de sangre humana, los pumas desafiando al invierno. Incendiando el páramo con su juventud eterna.


Mientras tanto

Las casas de chapa se oxidaron sin que nadie les diera un uso. Ni siquiera los humanos recapturados por la religión de la tierra.

Vivíamos en un mundo nuevo, que habíamos descubierto desde los cimientos. Un pacto concatenado luego de encontrar el equilibrio entre el derecho a pensar y el derecho a transcurrir. Pero esta vez la muerte no había pasado regulando a las poblaciones. Los seres humanos habían aprendido a no ser. Y los pumas habían aprendido a llorar.


Concilio de la cueva

Kalima entró a la cueva con la antorcha en alto. Los relieves sacaron filo frente a sus ojos mientras intentaba distinguir al enemigo. Sin embargo el corazón latía con un miedo diferente al del odio. Las piedras susurraban. La fricción de un cuerpo emplumado acurrucado en forma de penacho. Kalima lo asumió de lejos como un enemigo amenazante. Letal y grácil, con garras capaces de horadar la carne sin matarla. Tal vez la ruptura, entonces, fuera definitiva. Había escuchado rumores sobre las aves de los Andes. El temor le retumbaba el alma, y la nuca le picaba con una comezón rarísima.

Si aquél ave aún no lo había matado, si ese animal tan diestro en el arte del acecho le había permitido llegar hasta ahí, era porque debía sentir la misma premura que él.

Habitantes de las rocas, separados por la conquista. El ruido de la guerra los estaba despertando nuevamente al amor.

Y así llegaron las alas tersas, en un abrazo quebradizo, a ultimar el deseo sexual reprimido por milenios.

El dolor del pico, el dolor del cuchillo, sonaron igual que los besos.


12:35:42 (Langer): Lo que descubrimos, en definitiva, es que los adistamentos (toses) digo, los adistamentos tecnológicos que llevan estos bichos están ligados directamente al sistema nervioso. Pero cómo hacen para que los cuerpos de los animalitos no los rechacen, dirán ustedes.

12:36:11 (Zapag): Claro, como un implante de órganos. Imaginate que te enchufan un brazo robótico…

12:46:24 (Langer): Claro. Lo que descubrimos en el cadáver de esta mara, básicamente, es que la estructuctura del mecanismo tiene una composición porosa, un entramado de cablecitos que hacen las veces de sistema nervioso. Pero que además, escuchen esto que se caen de culo, tienen un pequeño aparatito que sintetiza enzimas y engaña al cuerpo del animal para que piense que tiene un brazo nuevo, una antena natural, una lupa con la que nació.

12:37:03 (Bergman): Funciona como un simulador de mutaciones.

12:37:09 (Langer): Como si fuera un ARN, que distribuye la nueva información por todo el organismo del bicho.

(Silencio)

12:37:37 (Bergman): Los están haciendo evolucionar.

12:37:41 (Langer): No solo eso. Les están dando capacidades biológicas más afines al desarrollo de un lenguaje.

(Silencio)

12:37:58 (Zapag): Entonces esa carrera frenética alrededor de la hoguera que vimos anoche…

12:38:05 (Langer): Están desarrollando cultura.


Valores para la nueva generación

Cerca del mediodía encontraron, por fin, cerca de la cascada al joven Alilla-Hakú. Fue la anciana Kaü-Waheená quien lo trajo al claro sosteniéndolo por el pellejo de la nuca. Los pumas esperaban echados en el suelo, algunos sobre las ramas. Daban golpes en el suelo con las colas, como si estuviesen ansiosos. Más tarde supe que solo lidiaban con la tensión residual de la batalla.

La anciana soltó al joven Alilla-Hakú en mitad del claro. Me dispuse entonces a ver una escena dramática, algún tipo de enjuiciamiento por deserción. Alilla-Hakú había desaparecido en mitad de la noche, mientras sus congéneres  respiraban el rito de iniciación. Lejos de imprimir en su sangre la adrenalina necesaria para ir al ataque sin recelos, el violento baile había hecho que Alilla-Hakú se terminara por escabullir ente los árboles y pasara allí la noche, escondido junto al árbol cuyas ramas parecen un cóndor.

Sin embargo, nadie dedicó a Alilla-Hakú más que alguna mirada casual, ni siquiera despectiva. El joven permaneció sólo, en el centro del claro, sin atreverse a interactuar con nadie. Sería su propia vergüenza la que acabaría por empujarlo a la batalla la próxima vez, o quizá nunca.

El pueblo puma entiende mejor que nadie que la lealtad es una emoción y no un valor. Y que de nada sirve tener a un cobarde en la línea de fuego, si no es que puede usar su miedo como el perfecto combustible para  acabar con lo que lo aterra.


Concilio

Eran de nuevo, al fin, aquel sistema olvidado hace mucho. Disuelto por la codicia y reunido por la explosión del amor reprimido. Los siglos pasarían borrando diferencias, cóndores y humanos serían dos aspectos individuales pero indisociables de la maraña existente. Y ahora que las rocas apuntaban contra los tanques, el fuego que había sido disociado a la naturaleza estaba listo para retumbar contra el pecho de los traidores. Solo que aquellos nunca entenderían lo que habían perdido con su error.