El abrazo capitalista y el hombre revolución

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Ámbar llevaba una vida a su consideración. Resultaba ser equitativa con lo que la vida esperaba de ella. Él la conocía poco y nada, sin embargo, compartieron el mismo espacio sin casi darse cuenta de la presencia del otro. Blas, así con ese silencio que lo caracterizaba, logró que su sonrisa sobresaliera a través de su mirada (un tanto misteriosa) en esos días en que Ámbar sostenía su marcado silencio interior. Ella se preguntaba muchas cosas, y ahí estaba Blas, entre caminos que se abrían y se cerraban, con timidez tal vez, con ese silencio ensordecedor que creaba en Ámbar una especie de “búsqueda del tesoro”. Ella amaba jugar, pero le hacía falta recordarlo, y parece ser que él se detuvo justo entre sus emociones para demostrárselo.

Ámbar iba y venía, siempre pensándolo en claves que ni ella concebía. Él, entre sus idas y venidas, con ese dialecto provinciano con el cual frecuentaba llamarla “Chinita” (era algo que a Ámbar le encantaba y la conflictuaba) su ropa con llamitas, y su bandera que llevaba a todos lados, justo arriba de esa mochila llena de sueños un tanto revolucionarios; y ella, con su abrazo capitalista, sus labios rojos y rabietas que desaparecían al primer contacto, al cierre de esa puerta.

Eran dos esferas singulares, eran dos espacios inconclusos, pero, en fin, ambos solían producir ciertos interrogantes que les encantaba desentrenar en las paredes de aquel pasillo (primero en la casa de Blas, después en la de Ámbar).

A Ámbar le encantó por el transcurrir de esos cinco años acariciar su espalda. Eso le agradaba, al igual que su barba. Blas, dibujaba en su piel (con la punta de sus dedos) con cada caricia que le inventaba (a veces haciéndole cosquillas, a veces cambiándole la energía) las palabras que no le hacía escuchar. Blas solía callar, y también solía encender en mí todo lo que permanecía callado. Y así me hacía hablar conmigo misma, de los tantos por qué de esa rareza entre sus manos.

Por Rebeca Currao

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