El Adiós

Los blancos y lacios cabellos caían sobre mi frente, aquel caluroso día de enero, haciéndome sudar más de la cuenta. Había olvidado ponerme mis anteojos luego de abandonar la cama en la que me encontraba plácidamente acostado y me resultaba de extrema dificultad enfocar la vista en mi objetivo principal. Los párpados me pesaban de manera tal que debía hacer un esfuerzo sobrehumano para mantenerlos abiertos.

Observaba como mis zapatos café pisaban, una vez más, aquel pasillo que solía parecerme tan corto al cruzarlo corriendo cuando niño. Hoy, con mis 70 años, me parecía el más largo que alguna vez tuve que atravesar.

Pero no sólo mi perspectiva del pasillo había cambiado. Mientras me acercaba lentamente pude observar que las baldosas ya no eran las mismas de mi infancia, las mismas que mi padre había puesto allí.

Los segundos que me llevaron alcanzar esa puerta parecieron una eternidad. Finalmente, allí estaba. La puerta se alzaba frente a mí, majestuosa, llena de misterios pero yo permanecía cabizbajo, mirando a mis pies, y temeroso de que alguien estuviese observándome por su diminuta ventana.

Entorné los ojos, lenta pero decididamente, para luego levantar el mentón y clavar la mirada en el picaporte. Años atrás el picaporte relucía pero hoy sólo estaba cubierto por una espesa capa de pintura color ocre que lejos estaba de emitir brillo alguno. Por el rabillo del ojo, podía ver la ventana de la puerta y me pareció divisar una sombra que se deslizó rápidamente de un lado a otro de la ventana. Sin embargo preferí creer que no fue más que un producto de mi imaginación y que no había nadie ahí más que yo.

El temor volvió a presentarse cuando noté la presencia de la llave colocada en la cerradura. Yo sabía mejor que cualquiera que nadie había habitado esa casa desde que su dueño, varios años atrás, había muerto de un ataque al corazón.

Levanté mi mano, temblorosa, y la posé sobre la llave girándola hacia la izquierda al mismo tiempo que levantaba mi otra mano para empujar la puerta hacia adelante. Todavía no estaba completamente seguro de lo que estaba buscando volviendo a ese lugar.

Cuando la puerta estaba abierta, caí en la cuenta de que había cerrado los ojos apretándolos de una manera tal que se tensaron la mayor parte de los músculos de mi cara. Volví a abrirlos y, sin animarme a dar siquiera un paso, observé el interior de la casa. Giré la cabeza a la derecha y luego a la izquierda, esperando encontrar algo... o alguien. Sin embargo, lo único que pude observar fue la pintura amarilla de las paredes que se descascaraba y caía, solitaria, sobre la sucia alfombra que se extendía a lo largo y ancho de toda la habitación.

Volví a dirigir mi mirada hacia el centro de la habitación y lo vi. Frente a mí, se encontraba parado un hombre de cabellos finos y blancos que me recordaba mucho al dueño fallecido de aquella casa. El hombre me miraba fijo con sus dulces ojos y me extendía los brazos en señal de estar a la espera de un abrazo.

Sentí el calor de mis lágrimas deslizándose lentamente sobre mi piel, que se encontraba más fría de lo que había podido imaginar, sobre todo teniendo en cuenta lo caluroso de aquel día. Al grito de “¡Volviste, papá!” corrí a su encuentro. Extendí el pie derecho para adentrarme en la habitación y fundirme en un abrazo con mi padre pero cuando la suela de mi zapato se disponía a tocar la alfombra, caí al vacío y, lejos de entregarme a los brazos de aquel hombre, la hermosa imagen que tenía frente a mis ojos se esfumó para siempre y me sumergí en un sueño eterno.

Por Fátima Bize

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