EL APOCALIPSIS ZOMBIE: UN FILM SALTEÑO

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Por Mario Flores

 

El mundo está lleno de zombies. Desde la primera filmación del género, en los años 30, hasta el estreno de 28 Days Later, en 2002, parece ser un mercado de inagotable inspiración comercial que hace décadas dejó de ser “clase B”: libros, series eternas, spin offs, sagas de películas, videojuegos, remeras, gadgets para la oficina, zapatillas, wallpapers, bandas sonoras, numerosas remakes. El problema no son los zombies. Todo bien con ellos, con su karma irreversible, con su hambre de cerebros y condena social. El problema es el lugar común. El estereotipo revisitado. El recurso agotado. En la novela de Daniel Medina, Detrás de las imágenes (Editorial Nudista, 2018), uno de los personajes es un youtuber que comenta películas que no-verás-en-tu-puta-vida. Una de esas películas es "Jesucristo Cazador de Vampiros", y más allá de lo que sucede dentro de la novela podemos preguntarnos si Medina no incurre en la profecía novelada: no faltaría mucho para que en nuestras salas de cine se proyecte semejante obra. Éxito total, seguramente.

Detrás de las imágenes, casualmente, es una novela sobre zombies. Pero no se trata de un apocalipsis viral u orgánico convencional, donde seguimos el rastro de sobrevivientes texanos que se batallan un litro de agua. En este caso, no se diferencia el zombie putrefacto del humano salteño promedio, porque el apocalipsis zombie se da allí: en la Ciudad de Salta, tan linda que enamora.

La Oficina Central de Qué Pasa Argentina es la empresa encargada de generar contenido viralizable transmediático, y ahí está su nuevo empleado, López, monitoreando las cámaras de seguridad de la Ciudad de Salta. Junto con sus compañeros, cada uno revisando su cuadrante, irán editando los videos más importantes del fenómeno distópico: el mundo ansía ver el apocalipsis zombie que se desata en el noroeste argentino. El zombie sigue siendo tan opa como siempre, se sigue tropezando con su propia existencia en cada esquina. Lo disfruta. Pero también busca la acción, y las mordidas violentas no son lo único que les proporciona placer: también la violación y la fornicación, la lectura de literatura contemporánea y el culto a la Virgen del Milagro (la infección comienza, justamente, durante la procesión del Milagro: el escenario salteño por antonomasia). Está la ciudad destrozada en una distopía genética, que proporciona el colorido adecuado para una historia cuya estructura se hilvana de acuerdo a lo volátil del tiempo, y esto es, la vacuidad de sus visualizaciones: todo queda en el espacio. Como fragmentos que debemos armar, incluso con el riesgo de que terminemos del otro lado de la pantalla.

“Para los que están por reproducir este video y no han visto los cuatro anteriores, les digo unos hashtags que sirven de resumen: #Apocalipsis #Semen #Salteñidad #Selfie #Unloro #YouTube #Misoginia #UnEspañolCinéfiloConAcentoDudoso #UnCura #BuenosAires #Hambre #Estadoprimigenio #Imágenes #Federalismo #Photoshop #Sobrevivientes”.

Se dice así: pantalla. No se dice 'página'. Porque a pesar de que la novela es eso, una novela, impresa en papel, la historia es un screen. El relato tiene píxeles propios y movimientos de cámara propios: se trata de una narración cinematográfica. La novela sucede en las pantallas la empresa que se dedica a generar contenidos virales para internet, y allí están nuestros zombies salteños. Salta, zombies, apocalipsis, turismo religioso y adolescentes lesbianas. ¿Qué más puede pedir un intelectual? ¿De qué otra forma puede escribirse en clave de ciencia ficción, hoy?

Pero esto excede a la ciencia ficción como la conocemos. No hay un héroe caucásico bien pagado con un arma, defendiendo alguna causa imposible, batallando contra los muertos vivos. No hay una zona libre de riesgo a la cual llegar a punta de rifle. Este libro se emparenta más con las novelas de Bob Chow que con los capítulos de The Walking Dead: una especie de nueva literatura lisérgica argentina. Donde el elemento fantástico representa la raíz del escenario, no el efectismo del después. Sería muy fácil narrar una suerte de contaminación, alguna enfermedad que convierte a la gente en zombie y después narrar cómo alguno se salva y establecer un punto de cambio en el arco dramático. Pero no. Ya estamos grandes para eso: Medina empieza con el después. Abre puertas (o mejor dicho, hace zoom) para sus personajes, que son completos extranjeros en su propio infierno costumbrista, y los hace saltar de miedo mientras nosotros nos reímos. Incluso hasta el autor termina zombiezado: atrapado por la misma dimensión ficcional que encarna la imposibilidad de huir del relato.

Quizá por eso la novela está hecha en base a imágenes: los videos que han sobrevivido al holocausto zombie, al fin de la humanidad, pertenecen al tiempo del mañana (un mañana crítico en tanto virtualidad). El lector es otro usuario de Youtube: el universo es eso. Las imágenes son material histórico dispuesto al análisis de lo que los mortales consideramos arquetipos del posicionamiento cinematográfico, los parámetros de Sontag y de Godard no nos sirven más que para apoyar esa idea de vacío: está todo perdido y los videos son lo único que nos queda. Hasta los TOP FIVE más vistos de la semana nos dan apuntes de la realidad. Hay que tener cuidado de no leer la historia con ojos acostumbrados al ¿y ahora qué pasa, termina así el libro? En realidad el libro ya terminó: estamos recogiendo los pedazos. El protagonista López-zombie ahora también llega a la última página como parte de ese programa viral en el cual trabajaba.

El TOP FIVE 2 de videos más vistos de la semana, tiene uno de los mejores pasajes de toda la novela. Un salteño no zombie va a buscar a una chica no zombie a su casa, para salir un rato. El chico llega con un clavel blanco en la mano, y le habla a la GoPro con la que constantemente transmite en vivo: “Acá vive mi futura mujer”. Cuando entra a la casa, hay alguien más: la madre de la chica, colgada del techo, un cuerpo podrido que chorrea viscosidad, aún consciente. Es que la vieja zombie sigue hablando desde ahí, colgada del techo: “¿qué, te quedó de la procesión? ¿o lo robaste de un jardín? A las chicas se les regala rosas, los claveles son para los muertos”, enseña la madre zombie. “Qué tenés que andar mostrando el pupo”, le dice a la hija cuando la ve salir con un short y remera corta.

“Vos también te buscás cada oparrón -dice el cuerpo, hace una pausa, parece tragar saliva, y después escupe una mucosidad verde, quizá también una mosca- este parece un autista, buscate uno con cerebro, que sepa hablar. Tu tata era igual, un mudo de mierda, no sabés lo aburrido que es vivir al lado de un tipo que no habla”.

Daniel Medina, que antes de este libro había publicado solamente el volumen de cuentos Oparricidios (Intravenosa, 2014), deja entrever un poco de relación (o diálogo) entre sus universos. Esporádicos guiños a relatos anteriores, a bibliografías coyunturales, a citas de films y una que otra inmersión en el mundo del autor-que-también-es-personaje. El giro es hábil y encaja, como también encajan las estrofas de folklore y los sueños de una vieja mitad pitonisa mitad curandera, que son uno de los mejores materiales oníricos a los cuales se pueda echar mano:

"Yo caminaba por unas calles, no había nadie, era de día y la ciudad estaba desierta. De la nada empezaron a llover bebés muertos. Parecían muñecos, pero eran bebés de verdad. Y no morían al impactar contra el cemento, los cuerpitos sólo caían. La carne de los bebés ya estaba en descomposición,y aún así en cada uno de los rostros se podía notar una mueca de odio imborrable. Quería huir, pero tropezaba y caía sobre los bebés podridos..."

Un cuestionamiento problemático del costumbrismo tradicionalista que, a su vez, tiene como banda sonora a Los Chalchaleros. En esa doble lectura, la crítica y la regenerativa, se establece un punto de inflexión donde se conjugan los mitos salteños de la belleza, lo masculino y lo divino, con lo putrefacto, lo mutante y lo poéticamente visceral. Quizás un párrafo aparte para las fallas de tipeo en la novela, que no son infrecuentes en un relato de 220 páginas: Salta, provincia de poetas, de copleros y cantores, acá tienen a su hijo brutal y sanguinolento: una novela del día después de mañana. Editorial Nudista, sello especialista en componer un catálogo (raramente federal, entre las editoriales independientes que continúan vigentes) con obras extrañas, aporta una obra necesaria y urgente. Allí también reside la importancia: la aparición de una narrativa cuyo peso ayuda a discernir con mayor claridad el cambio de qué se cuenta y cómo se cuenta. Y por sobre todas las cosas: leer de este lado de los vivos. Siempre. Del lado de los vivos.