El Círculo

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Por Juan Piñeyro
Arte de Paula Zelarrayán

Los días pasaban uno tras otro mientras Andrés Gonzalez transitaba el camino de su casa al
trabajo y del trabajo a su casa. La ciudad Frionia tenía la graciosa coincidencia de ser tan fría como
su nombre lo indicaba. Altos y lúgubres se levantaban sus edificios, gárgolas desdichadas
acechaban cada esquina y asustaban a los niños vigilando sin descanso el paso cronométrico de
sus habitantes. Andrés trabajaba en el centro. Sus horas morían entre rectángulos, cálculos y
estadísticas. Los únicos colores que veía eran con los que pintaba las celdas de Excel para
diferenciar entre uno y otro cliente.

Un día al llegar a su casa puso la pava para el mate de la tarde como solía hacer todos los días.
T o d o s  l o s  d í a s.  En un descuido giro a su izquierda y volcó el agua caliente sobre la cocina.
Rápidamente se dispuso a ordenar el pequeño caos y al estirarse sobre el mueble descubrió que
en la pared de abajo faltaba un azulejo. Movió la cocina hacía adelante e inspecciono si faltaba
alguno más para repararlo al día siguiente, le dio miedo que pudieran filtrarse ratas o alguna plaga
de insectos por el recoveco. Lejos de roedores o insectos estaba lo que descubriría. Sobre el
cemento ahuecado vislumbro unos pequeños hombrecitos de carne y hueso minúsculos, de menos
de una falange de estatura. Llevaban cascos con unas diminutas linternas en el frente,  vestían
azules y arrugados overoles y picaban la pared con picos y palas. Podía dilucidar sus facciones y
gestos y todos sus movimientos pero no escucharlos. Los observo hasta que volvió a asomar el sol
y tuvo que ir a trabajar. Esa mañana no pudo concentrarse, tuvo problemas en la oficina por no
entregar a tiempo unas papelerías y demás asuntos banales que lo tuvieron sin cuidado, en su
cabeza solo cabían los pequeños hombrecitos que había descubierto.
 
Cada tarde volvía a su casa, mate de por medio, y observaba a los hombres trabajar. Maravillado
imaginaba sus vidas, se preguntaba qué harían luego de su jornada, a donde iban y de dónde
venían. A la misma hora exacta todos los días (todos los días) dejaban sus trabajos y se perdían
entre las sombras de los túneles para volver en unas horas a sus puestos. Quería saber si tenían
familia, donde vivían, si había animales y miles de interrogantes que se hacía mientras pasaban las
horas e inventaba historias sobre estos seres particulares a los que decidió nombrar como
Azulejinos.
 
Una madrugada se levantó exaltado de un sueño, se había quedado dormido en la silla desde
donde los vigilaba. Miro el reloj y hacía varias horas que debería de estar en el trabajo. Andrés era

un tipo tranquilo que esa mañana falto a sus cualidades propinándole una buena patada a la pared.
Un azulejo se desprendió haciéndose añicos contra el suelo. No podía creer lo que veía, más
hombres y ahora también mujeres sentadas en escritorios que parecían de una casa de muñecas,
mientras otros tantos iban y venían con carpetas llenas de papeles. Pensó que si tras ese azulejo
había más detrás de los otros podría correr la misma suerte.
Busco un martillo y saco todos los azulejos del cuarto. Caían partiéndose con fuerza contra el piso
y cada uno que rompía guardaba todo un mundo repleto de Azulejinos. Algunos recovecos estaban
unidos por canales y conductos, otros compartían su espacio formando grandes ciudades. Ante
sus ojos se erguía el mundo de sus amigos con sus casas y carreteras, sus océanos y sus
campos. El mundo entero entraba por sus ojos y extasiado miraba y anotaba y dibujaba. Sacaba
conclusiones que después tachaba o resaltaba.
Paso horas observando y pensando hasta que un halo de tristeza lo invadió terriblemente: era un
mini-mundo a escala del suyo. Pasaban los días y se repetía constantemente la rutina inevitable
que hace que el mundo se mueva, pero parezca quieto al mismo tiempo.
 
Qué vacío se sintió al descubrir que sus horas imaginando un mundo nuevo, el mundo que él
quería no fuera posible. Con verlo le alcanzaba. De su cocina solo quedaba una cueva llena de
agujeros repleta de hombrecitos que ni reparaban de su presencia. Estaba solo y rodeado de
diminutos ojos que no lo miraban y que también lo acusaban. Paranoico y somnoliento se paró
frente a un hueco en la pared y por fin lo vio: no había más que un hombre mirando un hueco en la
pared, y en ese agujero no había nada más que un hombre mirando un hueco en la pared, y en
ese agujero no había nada más que un hombre mirando un hueco en la pared. Andrés miró detrás
de sí.

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