El Círculo

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Por Juan Piñeyro
Arte de Paula Zelarrayán

Los días pasaban uno tras otro mientras Max Goeslin transitaba el camino de su casa al trabajo y del trabajo a su casa. La ciudad en Frionia tenía la graciosa coincidencia de ser tan fría como su nombre lo indicaba y se destacaba por sus lúgubres y altos edificios. Gárgolas desdichadas acechaban cada esquina y asustaban a los niños y vigilaban sin descanso el paso cronométrico de sus habitantes.

Max tenía un trabajo en el centro de la ciudad. Sus horas morían entre rectángulos con cálculos y estadísticas, los únicos colores que veía era con los que pintaba las celdas de Excel para diferenciar entre un cliente y otro.

Un día al llegar a casa puso la pava para el mate de la tarde como solía hacer todos los días. T o d o s  l o s  d í a s.  En un descuido giró a su izquierda y volcó el agua caliente sobre la cocina. Rápidamente se dispuso a secar el pequeño caos que había ocasionado y al estirarse sobre el mueble descubrió que en la pared faltaba un azulejo. Decidió correr la cocina e inspeccionar si faltaba alguno más para repararlo al día siguiente, le dio miedo que pudieran filtrarse ratas o alguna plaga de insectos por el recoveco. Sin embargo lo que encontró lejos estaba de parecerse a un roedor o alguna colonia de hormigas. Sobre el cemento vislumbró unos pequeños hombrecitos. Humanoides, de carne y hueso como él, pero minúsculos, de menos de una falange de estatura. Llevaban cascos con un pequeño brillo en el frente,  vestían azules y arrugados overoles y picaban el material con picos y palas. Llegaba a dilucidar sus facciones, sus gestos, todos sus movimientos pero no podía oírlos. Veía como sus labios se movían y sus cabezas asentían o negaban pero no emitían sonido alguno. Extrañado los observó, pasó la tarde, la noche y se hizo de madrugada y seguía mirándolos hasta que tuvo que ir a trabajar. Esa mañana no pudo concentrarse, tuvo problemas en el trabajo por no entregar a tiempo unas papelerías pero lo tuvo sin cuidado, en su cabeza solo podían caber unos raros personajes de no más de un centímetro y medio de altura.

Así volvía a su casa, cada tarde con su termo bajo el brazo y observaba a los hombres trabajar. Maravillado imaginaba sus vidas, se preguntaba qué harían luego de su jornada, a dónde iban y de dónde venían. A la misma hora exacta todos los días (todos los días) dejaban sus trabajos y se perdían entre las sombras de los túneles. Quería saber si tenían familia, si tenían casas como las suyas, si había animales; y así, imaginando, pasaba sus horas inventando historias sobre estos seres a los que decidió llamar Azulejinos.

Una madrugada se levantó exaltado de un sueño, se había quedado dormido en la silla desde donde los vigilaba y se dio cuenta de que ya tendría que estar en el trabajo hacía varias horas. Max era un tipo tranquilo, su vida pasaba sin muchos cuestionamientos ni sobresaltos, no obstante algo esa mañana lo perturbó. No sé a ciencia cierta si fue lo que soñó (todavía no llegó a contármelo), o acaso por hacérsele tarde para ir a trabajar, lo que puedo asegurar es que pateó la pared de la cocina con tanta fuerza que un azulejo se desprendió y cayó al piso haciéndose añicos. No podía creer lo que veía, más hombres y ahora también mujeres sentadas en escritorios que parecían de una casa de muñecas, mientras otros tantos iban y venían con carpetas llenas de papeles. Pensó que si tras ese azulejo había más Azulejinos ¿Que le impedía creer que detrás de los demás cuadrados blancos y relucientes no habría más pequeños de esta especie que lo tenían sin poder dormir todas las noches? Buscó un martillo y sacó todos los azulejos del cuarto. Caían partiéndose con fuerza contra el piso y cada uno que rompía guardaba todo un mundo repleto de Azulejinos. Algunos recovecos estaban unidos por canales y conductos, otros compartían su espacio formando grandes ciudades. Ante sus ojos se erguía el mundo de los Azulejinos con sus casas y carreteras, sus océanos y sus campos. El mundo entero entraba por sus ojos azules y extasiado miraba y anotaba y dibujaba. Sacaba conclusiones que después tachaba o resaltaba, sin embargo un halo de tristeza lo invadía terriblemente: era un mundo miniatura a escala del suyo. Pasaron los días y se repetía constantemente la rutina inevitable que hace que el mundo se mueva, pero parezca quieto al mismo tiempo.

Qué vacío se sintió al descubrir que sus horas imaginando un mundo nuevo, el mundo que él quería para sí, no fuera posible. Le alcanzaba solo con verlo, pero nada era como Max hubiese deseado. Se dio cuenta que de su cocina solo quedaba una cueva llena de agujeros repleta de hombrecitos que ni se percataban de su presencia. Estaba solo y rodeado, diminutos ojos que no lo miraban lo acusaban. Paranoico y somnoliento se paró frente a un hueco en la pared y por fin lo vio: no había más que un hombre mirando un hueco en la pared, y en ese agujero no había nada más que un hombre mirando un hueco en la pared, y en ese agujero no había nada más que un hombre mirando un hueco en la pared. Max miró detrás de sí. 

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