El mejor partido de la historia

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El patio de la escuela -decirle simplemente "patio" a ese universo interminable de pasto, tierra, árboles, esquinas, pasadizos, trampas y agujeros negros, es una falta de respeto. Pero era técnicamente un patio. Igual nosotros siempre nos cagamos en lo técnico- tenía una cancha de papi fútbol en el medio. Recuerdo salir por primera vez a ese patio-selva y ver desde unos setenta metros la cancha como si fuera el Estadio Azteca. Unos treinta chicos de guardapolvos mugrosos corriendo tras una latita aplastada. La sensación de miedo y de atracción que tuve es inexplicable. Esos treinta nenes (en su mayoría de grados más grandes que yo) corrían como locos en busca del improvisado balón ¡y había público! Atrás del arco que daba a un enorme mural se amontonaban chicos y chicas de todos los grados. Lo mismo pasaba del otro lado, en donde dos hermosos árboles hacían las veces de plateas. Los más arriesgados se ubicaban contra la pared mortal donde, como en hockey sobre hielo o Show Gol, se estampaban criaturas de jeta cada tanto.
Los partidos eran memorables: goles sobre la hora (del recreo), penales discutidos, partidos cerrados, siempre había de qué discutir luego del recreo. Pero hubo uno que fue histórico. Yo estaba en tercer grado, y ya podía participar de algunos partidos importantes, es decir, en donde jugaban los de sexto y séptimo. Eran extrañamente dos equipos de siete, con lo cual se podía jugar casi normalmente. En cada equipo había dos chicos grandes que eran los capitanes de mierda, y el resto iba rotando dependiendo de su desempeño. La presión era inmensa. Un pase mal dado, un gol errado y chau, a cantarle a Gardel. Apenas arrancado el partido, agarré la latita de Fanta naranja en nuestro campo y apilé a un par de los chicos de mi edad con gran habilidad, sabía que si la jugada terminaba en gol me aseguraba terminar el partido en cancha -lo cual era mucho más importante que ganar- vi a uno de mis amigos solísimo por la izquierda, pero preferí patear desde bastante lejos, y por cuestiones físicas que jamás entenderé la latita se elevó y voló directa y espectacularmente hasta estrellarse en el ángulo superior derecho del arco rival. Un uhhhhhhhh -que incluía a algunos maestros- me estremeció el pecho, y mi sudor se volvió hielo.
Lo inevitable pasó: me sacaron del partido. Quería llorar por todo, por lo injusto del sistema, por haber pateado desde tan lejos, por no poder revelarme ante los capitantes de mierda.
Me senté en la platea-árbol y observé, sin lugar a dudas, el mejor partido de la historia.
El otro equipo era notablemente superior en calidad y fuerza, pero nuestro equipo (cuando uno sale sigue hinchando desde afuera por su equipo) tenía unos huevos inusitados.
Faltando 2 minutos y tras haber realizado doce cambios, uno de los capitanes de mi equipo llama a un flacucho de anteojos que cambiaba tolas de Digimon con un nene gordo. El flacucho no dudó un segundo y entró con la torpeza y la seguridad de un demente. ¿Es una obviedad decir que el flacucho hizo el gol de la victoria sobre la hora? Quizás. Pero eso no fue lo más memorable. Habiendo advertido el maestro de séptimo que faltaban treinta segundos para que tocara el timbre -siempre que un partido importante estaba empatado algún maestro copado tiraba esa data y nos volvía locos- hay un lateral para nuestro equipo. 4 a 4 el partido. Unas ochenta personas mirando en silencio el final. De pronto, lo fantástico se hace real y uno de los capitanes toma la latita con las manos y ¡saca el lateral como en la vida real! Ante la anonadación de todo el estadio y el equipo rival, la latita aplastada de Fanta naranja surca el cielo de la Saccagnini de la forma más elegante en la que una latita aplastada de Fanta naranja puede hacerlo. Y ahí ocurre. Salta el flacucho como Falcao contra Botafogo en la Sudamericana 2007 y cabecea la lata-balón para decretar el inapelable 5 a 4.

Todavía puedo verlo al flacucho, yéndose en andas con la cabeza chorreando sangre espesa. Era Rocky Balboa. Era Lennon. Era el fucking Jesús.

Por Jeremías Felioga
Arte por Paula Zelarrayán

 

 

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