El motor eterno del compromiso

 

 


Por Jeremías Felioga
Fotos por Lucy Chntd

Es siempre dificultoso el primer acercamiento a una banda desconocida. No sólo por el esfuerzo mental que implica ingresar en un mundo nuevo de representaciones, significantes y material sensible, sino sobre todo porque el abanico de posibilidades que ofrece el siglo XXI en materia musical pareciera ser tan rico como inabarcable.

Ante este contexto -sumada a las históricas dificultades del under, a saber: falta de recursos para todo lo extramusical- los grupos emergentes de la escena local tienen dos caminos, que si bien pueden converger por momentos, son en esencia, diametralmente opuestos. Pueden buscar, a toda costa, pegarla con músicas y canciones pegadizas (no hablo acá de la calidad ni la sinceridad de estas músicas) o pueden indagar en profundidad sus inquietudes artísticas. Es este segundo camino el que toma Rhinoceronte; y se nota.

En agosto de 2016 el trío que forman Juan Piñeyro (guitarra), Fito Lema (batería) y Ricardo Dubatti (bajo) lanzó su primer EP: Las energías del Cachirulo. Se trata de tres obras (decirles simplemente canciones pareciera un tanto impreciso) que pueden funcionar de manera individual, pero que encuentran su mayor potencia en la sinergia que generan al ser escuchadas en orden y de corrido (como debieran escucharse los buenos discos).

Así como suenan de precisas, pensadas y ensayadas las piezas de este primer trabajo discográfico, Rhinoceronte se destaca sobre todo por sus impactantes shows en vivo.
 Es ahí, en donde la dedicación y curaduría se ve en todo su esplendor. El aura jazzera que envuelve todos los temas es el nexo que hace conversar a los diferentes estilos
que ponen en juego; los climas que remiten inevitablemente a King Crimson, la notable influencia de música rioplatense -Candombe para Eduardo pareciera estar hecha a la medida de Fattoruso- , los cortes progresivos y la justa dosis de rock.

Resulta imposible pronosticar el recorrido que vaya a hacer de acá en más Rhinoceronte, su porvenir parece sembrarse en cada gesto, en cada nota. No queda más que acomodarse y escuchar cómo suena, el siempre agradecido, motor eterno del compromiso.

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