El objeto más sabio del mundo

Por Enzo Ferlauto

Transcurría el año 2724 en el planeta. Para entonces ya hacía más de 600 años que el Departamento de Inteligencia del gobierno, se dedicaba a medir la comprensión de la población y a trabajar para mejorarla. Dicen los historiadores que para mediados del siglo XXI un grupo de lingüistas había denunciado, con éxito inusitado hasta aquel momento, el terrible daño que se le hacía a la inteligencia vinculándola con todos esos elementos obscuros como escuchas de teléfonos, espionaje, extorsión, etc.

El filólogo e intelectual William Marote, a la cabeza de este grupo, había postulado esta teoría y según dicen, fueron pocos los que se le opusieron. Parece que oponerse a las cosas, ya por esos tiempos comenzaba a ser mal visto. Aquí, en el año 2724, nosotros tenemos algo parecido al carnaval, donde las multitudes no hacen más que reír días enteros al contemplar el arte de nuestros maestros de la antigüedad, que pasan varias jornadas completas brindando un - para nosotros - divertido espectáculo de enfrentarse unos contra otros. Recuerdo uno de los más desopilantes de esta especie de debates públicos que presencié. Consistía en un tipo que defendía el mate dulce y otro que lo tomaba amargo. También estaba quien discutía sobre la aceituna con o sin carozo, quien sostenía que la música ligera era mejor que la lenta, y así miles y miles de casos.

Por supuesto que a nosotros nos da mucha gracia, ya que no entendemos cómo alguna vez alguien pudo creer que tenía razón en algo. Estos, lo digo sin temor a equivocarme, son de los festivales más divertidos y aclamados del pueblo. Por eso es nuestro gobierno, en pos de nuestro bienestar, quien financia estas ridículas disputas.

Algunos sospechan que lo hacen para demostrar que en otro tiempo se vivió peor, pero casi nadie se animaría a plantearlo abiertamente ya que otra de las cosas que por suerte no se practican más desde hace muchísimo tiempo, es el hecho de hablar sin pruebas.

El tema es que hace como 400 años que los científicos del departamento de inteligencia, venían con una de esas teorías locas, pero que al final, terminaron por comprobar. Ellos decían que no solo los humanos tenían inteligencia, sino absolutamente todo lo que nos rodeaba. Las paredes, las estrellas, los semáforos, ¡Todo, absolutamente todo! Incluso los objetos esos con los que nos contactamos cotidianamente portan también nuestra inteligencia y su inteligencia propia, decían.

Fue con todas las pruebas acumuladas que nuestro equipo de científicos junto a nuestro gobierno, se dispusieron a dar la noticia en la cadena de universidades más grande, la Universidad Superior de Estudios del Doctor Marote (USEDM). Para ello, el “Ministerio de invitaciones formales (MIF)”, había tirado prolijamente las tarjetas por de bajo de las puertas de todas las casas de la comarca, para que nos preparemos para asistir a ese gran evento.

Me acuerdo que le hice una reverencia al Doctor Marote a penas vi su estatua en la puerta de la universidad. Nosotros acostumbramos a saludar sin solemnidad a nuestros ancestros, porque sabemos que ellos son nosotros mismos, así que ese era un trámite común, que no representaba ninguna angustia, ni nada parecido a eso. Déjenme hacer esta brevísima salvedad ya que los más atentos, habrán notado que Marote era filólogo e intelectual, mas no doctor. Pues bien... Después de 600 años, hasta usted que está leyendo será doctor, querido amigo, de modo que le ruego no se enfade con estas pequeñas deformaciones que produce el paso del tiempo, son totalmente naturales.

Una vez internado en el evento, saludo con un afectuoso abrazo al señor Terranova, nuestro presidente. Lo habíamos elegido solo porque nos gustaba su apellido y al parecer, estaba haciendo las cosas más que bien. No está de más aclarar que no era yo el único que lo abrazaba, sino todos y cada uno de los que topaban con él.

Pasaron los canapés, las fotos de cortesía, las noticias del barrio e incluso llegué a captar (telepáticamente) algún "elogio" subidito de tono para la mujer de Terranova, hasta que llegó el momento.

Luego de anunciar el descubrimiento con aplausos, felicitaciones y más canapés, el presidente explicó que ese mismo día, el gobierno iniciaba un concurso con el fin de encontrar el "objeto más inteligente del mundo". Puede participar cualquier tipo de instrumento, dijo Terranova. Desde una mesa, hasta una guitarra, un zapato, un collar, una botella, un peine, cualquier cosa. Todo, según nuestros científicos, tenía inteligencia, y Terranova como buen gobernante, quería poner esto a prueba, sin esperar un minuto más.

Nuestros días transcurrían en intentar adivinar cuál era nuestro mejor objeto y para eso, había que evaluar muchas variables. Qué contacto establecíamos con el objeto, qué le transmitíamos, qué hacíamos con ellos, etc. ¡La vida había tomado otro color, no les miento! Por ese entonces comenzaron a surgir ciertos problemas, de esos que ya creíamos extintos en nuestra sociedad. Aquellos burlones del carnaval que no podían pelearse con otros humanos más que en sus parodias, empezaron a pelearse con los objetos. Algunos le daban más inteligencia a cosas que no la tenían, otros no entendían porqué no podían lograr su cometido, otros creían que lo conseguían y cuando se ponía el objeto a prueba este los hacía quedar mal, y cosas por el estilo.

Lamentablemente las discusiones habían empezado a ser terribles, pero discutían con los objetos, no con nosotros. Aún así, Terranova había armado ya una primera exposición y a pesar de todo esto, no me la quería perder, ¡Era un gran avance para nuestro pueblo!

Uno tras otro desfilaban los objetos argumentando por qué eran los mejores, y la cosa se iba poniendo linda. Una zapatilla dijo: "Yo conozco todo lo que piso, puedo guiar a mi dueño ya que por medio de sus pies estoy al tanto de todo lo que pasa en su cuerpo, adivino sus emociones mediante la transpiración de las patas y como si esto fuera poco, lo protejo para que no se lastime y así, preservo indirectamente a toda la humanidad". El aplauso fue unánime. Las caras de admiración parecían eternas cuando vieron a la zapatilla atarse sola los cordones, mientras su dueño estaba concentrado en un complejo juego de mesa que no le dejaba ni un recurso para esa acción. En la continuidad del acto se sucedieron todo tipo de prendas, con similares argumentos. El pantalón, la camisa, las medias, todos decían algo medio parecido. La que rompió verdaderamente el hielo, fue una heladera. Era propiedad de un joven soltero que vivía en una de las ciudades más grandes. La descripción que la nevera hizo de su temporal propietario fue más exacta que la que hubiese podido ofrecer cualquier psicoanalista. Nos habló de sus hábitos, de sus consumos, de como golpeaban su puerta una y otra vez sin piedad, hasta parecía que lloraba cuando nos contaba todo esto mientras se iba descongelando poco a poco.

Pero la que se llevó el premio definitivo y la ovación total de los presentes, fue alguien que pudo aportarle robustez, firmeza y sin duda una innegable base sólida a su estructura argumentativa. Eso que aquí en el 2724 y en cualquier tiempo se necesita para conseguir algo parecido a ganar una discusión. La verdad es que la ganadora nos dejó maravillados a todos. Ella dice que entiende a la perfección todas las minucias de la humanidad, ya que hace siglos nos viene escuchando decir una cosa y otra. Ella dice que si la dejamos, podría debelar todas y cada una de nuestras contradicciones. Se lo que tienen ganas de comer, y lo que comen. Lo que dicen por delante, y lo que dicen cuando su compañero se va al baño. Me escriben todo el tiempo. Me golpean. Me acarician. Me prometen cosas. Me dibujan. Me hacen cualquier cosa y yo, sin embargo, hace años que estoy con ustedes. Terranova se emociona, mientras el encargado del concurso se acerca a la ganadora, una mesa de bar, escoge a un invitado cualquiera al azar, y grita: ¡Mozo, un café!

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