El sinuoso universo del lenguaje

matate amor

Por Alberto Casalet

 

Una madre primeriza, ex profesional, universitaria, metida en un mundo hostil que le es ajeno. Algo que queda lejos: campo, pastizales, animales.

Por momentos es un monólogo reflexivo que pierde el rumbo. Por otros se parece a un pedido de ayuda, a un grito mudo hacia la nada. También puede leerse como una advertencia hacia
las futuras madres: no lo sean.

El texto es políticamente incorrecto. A veces la protagonista se pierde y el narrador puede ser otro. La historia es pequeña comparada con la verborragia y la “locura verbal y poética” de la mujer que cuenta. Ella cuenta lo que pasa, pero lo que le pasa es lo que cuenta (y cómo lo cuenta).

Ella no soporta a su hombre, a su bebé, y sueña o piensa con matarlos. Una mirada descarnada y visceral. Nada de sutilezas: al pan pan y al vino vino. Parece mirar la escena a veces desde lejos, y en ocasiones desde adentro mismo. Encarna la lucha diaria contra la rutina. Y gana y pierde constantemente. Tiene un amante, alguien que la mira y por momentos la saca de ese tedio, al que ella vuelve. Va y viene. Un suegro que muere y la madre de su marido, ahora viuda que ronda alguna escena. Imágen: Se me aparece con un rifle colgado, a un costado de una ruta, en un atardecer, desnuda o con poca ropa.

Es también un monologo desquiciado. Una sucesión de frases cortas, de monosílabos, a veces. Monólogo interior donde radica un conflicto cada vez más profundo, que se va profundizando:
ella cae cada vez más debajo de ella misma, se aleja de los otros para encontrarse. No siempre lo logra. ¿Lo logrará?

“Vení, sentate” es la frase que antecede a una separación. Repetida. “Vení, sentate”. Ella se imagina siendo una anciana empastillada y hedionda en un geriátrico.

Sale y entra, otra vez, y todo puede llegar a terminar bien o no terminar nunca. Ariana Harwicz tiene a ésta altura escritos tres libros más: La débil mental, Precoz y Degenerado. Una escritora
con una voz particular, que siempre indaga en mundos extraños (o ella se mete en esos lugares) de donde se sale diferente: ni mejor ni peor. La forma en la que cuenta, el cómo de la Harwicz nos hace viajar por un paraje ficticio de sensaciones encontradas. Encontradas en los bordes de caminos sinuosos, de precipicios del lenguaje, de frases que adquieren sonoridades que nos dejan perplejos o por lo menos movilizados.

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