El tipo de las viandas

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Estaciona el camión, con un ritmo lento, acompasado. Está manchado de barro, como si viniera del mismísimo Far West, pero no, esto es Soldati a plena media mañana. Se baja el tipo, mide cerca de un metro noventa. Podría meterse en un bosque y pasar como un oso más. Camina al mismo ritmo que el camión, cargando dos enormes bolsas. La forma que tiene de agarrarlas me hace pensar en dos animales medianos muertos tomados por el cuello. Su rostro permanece impasible, mostrando una tranquilidad infranqueable. Tiene el mismo nivel de frialdad que un chacal. Aunque no es rápido, es constante. Avanza seguro. Claramente, le tengo bastante miedo y una suma importante de respeto. Tiene de esos anteojos con tanto aumento que hace ver a sus ojos pequeños, padece estrabismo en uno de ellos.

Esta escena se repite dos veces por semana. Este enorme y descomunal ser humano atraviesa dos puertas antes de llegar a mí, una de rejas y una de madera. No siempre llega puntual, su tarea consiste en repartir las viandas correspondientes a las estudiantes de primaria.  El turno de asistencia es de nueve a doce y media. Entra y dice un seco: “Buen día”, apoya las bolsas, o más bien, las explota contra el piso, y se va. No intercambia palabra alguna con nadie, no responde preguntas ni emite sonido alguno. Recuerdo que una vez llegó a eso de las dos de la tarde, entró, dejó las viandas y se fue. Yo intenté explicarle que ya no estaban las estudiantes ni las profesoras pero el tipo ni siquiera me registró.

Algunas veces más traté de entablar un diálogo pero no obtuve un resultado satisfactorio. Cada vez que ocurre esto, yo termino cargando estas enormes bolsas y las reparto a algunos pibes que paran en las calles del Bajo Flores.

Llegué a la penosa conclusión de que  el tipo es una máquina de matar. O más bien, diseñada para eso. Algo salió mal en el experimento en el que lo fabricaron, creo que se morfó a los científicos y causó un desastre que  los medios supieron ocultar hábilmente con algunos mangrullos de la farándula. Varias veces pensé, para comprobar la veracidad de mi teoría, en dejar la puerta de rejas y la de madera cerradas, para ver si las destroza con el simple fin de cumplir con su laburo. Pero esta empresa resultaría demasiado costosa y riesgosa. Y en cierto punto, me da paja.  

Ningún tipo de inclemencia climática lo va a frenar. Es su tarea la repartija de viandas, pero no es sólo eso. Es indestructible este tipo, probablemente podría despedazar a su jefe, que lo imagino como un flacucho macrista pusilánime con anteojitos y camisa color crema, pero está en una posición ideal. El cobra su sueldo, nadie le dice nada por el horario en que haga su trabajo, y los que le tememos lo hacemos por él.

Por Martín Fariseo
Arte por Brenda Rebuffo

 

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