El True Crime contra la TV argentina

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Por Elías Fernández Casella

Carmel. El Ángel. Quién mató a Nisman. Historias Innecesarias. Lo que pudiera sonar como el título de alguna novela de misterio o una antología de relatos cortos, son títulos fácilmente identificables en cualquier persona que haya pasado la cantidad acostumbrada de horas en Internet (multiplicadas en la cuarentena) durante los últimos dos años.

Particularmente en los últimos meses vimos proliferar en internet, en especial en Netflix y en youtube, una maraña de producciones mitad documental mitad narración oral basados en casos judiciales que, en general, tuvieron mucha repercusión en su momento. Casos a los que, claro está, es más fácil referirse con el diario de 20 años más tarde.

El “True Crime” argentino de nuestros tiempos tiene un par de especificidades: El fantasma de la corrupción sobrevuela constantemente la escena. El juez que archivó la causa, el fiscal que acusa contra viento y marea, el funcionario responsable de no tapar el pozo, de no investigar, y, por supuesto, la policía como una institución corrupta son personajes de los que no especificamos demasiado sus nombres en nuestra memoria colectiva. Personajes arquetípicos necesarios en la trama. Una suerte de villanos de la fatalidad, como si los hubieran encarnado las mismas caóticas fuerzas del universo que constituyeron a la Nación.

El otro actor fundamental, casi otro antagonista, es la TV tradicional. En especial la de los bizarros (en el sentido latino de la palabra) años 90’. Un espacio donde la verdad se pone en entredicho y los culpables se fabrican en cámara. Donde en todo caso aparece una médium que habla con las víctimas, una amante despechada que arruina los planes.

Pero, sobre todo, esa médium, esa amante despechada, son personas que te podrías haber cruzado en la calle. Son historias de fogón, memoria colectiva chamánica. Algo que le pasó al amigo de un amigo, al ahijado de mi tío, algo que protagonizó esa mujer que ahora atiende un kiosko y que tuvo sus 15 minutos de fama. ¡Eso pasó acá a la vuelta! En este mundo de amores y asesinatos, de violencia de género y humillaciones, un mundo que era profundamente real pero que los años 90’ ficcionalizaron y banalizaron hasta que dejamos de entender qué grado de exageración era el correcto para mostrar por la TV.

Y es que el esquema anticuado de la televisión tradicional es un muñeco de paja al que todos le podemos pegar. Con justa razón, ni falta que hace decirlo. La TV no tiene mucho espacio para defenderse de un discurso que jamás perdió vigencia: Jamás vamos a confiar al 100% de lo que se dice en la tele. Pero hoy día el medio televisivo es el primero en enfrentar el descrédito, al menos para quien navega por la información hipercontrastable (y muchas veces repleta de discursos extremistas y enfurecidos) de internet.

No defendamos indefendibles: la crítica a la TV tradicional es tan justificada como necesaria: Si cae un rayo en Villa Gesell y se lo cubre durante toda una semana puede parecer que durante toda esa semana no pararon de caer rayos en Villa Gesell. Que hay en Villa Gesell una epidemia de rayos y que acercarse a la playa es un riesgo absoluto. Y que, por supuesto, nadie hace nada para remediarlo.

Mencionan los periodistas Pablo Duggan y Rolando Barbano en el documental sobre la muerte de María Marta García Belsunce, que “en 2002 había un cansancio de noticias económicas”, y que eso fue un caldo de cultivo excelente para que aquella historia de asesinato y encubrimiento copase los medios. ¿Pasará lo mismo ahora, en que nos vimos atrapados entre los frentes de un virus cuasi desconocido, una horda desbocada de anticientificismo y una enorme crisis económica que amenaza con empeorar una vez que se reactive el aparato productivo?

Tal vez haya tremendas historias en las que es más grato fijarse. Desgracias que les pasaron a otros. En Carmel, el documental de cuatro capítulos con el que Netflix remedió la cuarentena de muchos argentinos, la escritora Claudia Piñeiro aparece unos minutos para señalar lo que tal vez ya veníamos descubriendo como espectadores: el caso tiene todos los componentes de una novela policial. Un número de sospechosos limitado en un espacio cerrado donde no pudieron entrar ni salir personas. Podemos decir lo mismo de la muerte del fiscal Alberto Nisman, encerrado en el baño de su departamento en uno de los edificios más custodiados de la ciudad.

Pero entonces: ¿Quién es el héroe de todas estas historias? Nos podríamos arriesgar a decir que es el género mismo. El “True crime” se muestra a sí mismo como un género justiciero que viene a ponerse de nuestro lado frente al “bendito” periodismo repleto de falacias y operaciones mediáticas. Lejos del chiste habitual acerca de que Damian Kuc graba datos que encuentra en Wikipedia, nos podemos preguntar: ¿es Damián un interlocutor objetivo, que no suma elementos de tendenciosidad a sus videos? Bueno, al menos juega muy bien a que lo es. Su trabajo es de un contenido periodístico muy profesional, y un trabajo de archivo tirando a excelente. Pero así como no hay discursos objetivos, hay formas más efectivas de mantener atrapado al público, y el discurso de “qué barbaridad, lo que son los medios y la justicia en el país” suele estar explicitado en sus videos. Lejos de buscar una reconstrucción amarillista, no quedan exentos sus videos de un tono que busca captar a la población indignada.

Y sí. La justicia argentina ha estado repleta de mecanismos que favorecen la impunidad al punto de que es previsible que no ocurra nada en lo inmediato con quienes son responsables directos o indirectos de un crimen (en ocasiones por mecanismos contemplados en el debido proceso judicial, en gran parte por dilaciones producto de los entramados del poder).

Estas obras ponen los hechos en contexto de otras noticias: El Ángel ocurre a principios de los 70’, está impregnado de elementos locales tan afines que son casi un meme. Las milanesas con puré, la música de Palito Ortega. Si bien no hay una elaboración crítica de cómo fue tratado el tema, los hechos dialogan siempre con los medios de la época, con su recepción por parte de la sociedad. ¿Qué pasaba al mismo tiempo que el fiscal Nisman era encontrado muerto en el baño de su departamento? ¿Cómo iba permeando la noticia a los medios, cómo usaban el hecho como arma pesada de campaña política en el “periodismo de guerra”?

Y es que la relación con los medios durante un caso criminal o algún reclamo social es siempre importantísima. Allí es donde se pueden labrar alianzas que acaban provocando presión sobre los poderes fácticos, las autoridades civiles o los mismos culpables. También se puede provocar que los hechos se desencadenen, que alguien secuestrado aparezca sin vida, que un funcionario renuncie, que un acusado vaya preso. Impunidad a fuerza de blindaje y propaganda. Condena gratuita, ensalzamiento de perejiles. Y ficción. Siempre ficción. No creamos ni por un momento que los medios de comunicación no suman una enorme cuota de ficción. A veces más, a veces menos. A veces tanta que un documental sobre ellos parece más una remake.