El vacío es un lugar normal

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Todavía es difícil creer que en la eternidad de lo opaco duerme la sabia de tu prosa, el calor de tus dedos o lo efímero de tu amor. Al final has terminado de quitarle a la vida todo lo que tenía para quitarte, de hacerla esperar hasta el último minuto, sumando el afecto de los que antes no escuchaban lo libidinoso de tu corazón ni las armonías sumidas en el brillo teatral de tu vida, y exprimiendo hasta las lágrimas el calor de una espera poco elegante. Es que ya se apagó esa última esperanza de volverte a ver sonreír, cantar, componer. Ya no hay más amaneceres esperando que amanezcas, ni anocheceres con brillos de ansiedad. Sufrimos el verbo que nunca quisimos decir, la hermosura de una poesía imperfecta y el calor helado de las canciones más afables, teñidas de un contradictorio mar de lágrimas con un olor parecido al de la libertad. Se hace difícil pensar en no esperarte otra vez, en no anunciar las muecas emocionales de la esperanza hecha virtud. Se hace difícil no saber dónde estás ahora, porque aún están los que te esperan ver de nuevo, al igual que siempre, armonizando cada destello de vida. Pero no volver a verte, eso no es la muerte, seguro que no, si has gastado hasta lo último de su impreciso antónimo, querido artista.

Texto por Hernán Ansede
Arte por Mariana Cubillas

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