Érido Cruz: 30 (y diez) poemas para leer cagando

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Érido Cruz no es solo un seudónimo, sino más bien el alter ego de un poeta performático de San Martín. Su primer libro, 30 poemas para leer cagando, es una propuesta que va entre la nostalgia y el disfrute hedónico. La amistad sincera y la resignificación de la infancia. Con una búsqueda de lo hermoso en lo sencillo y escapando del elitismo pretencioso, Érido Cruz reedita en esta segunda edición ampliada sus poemas sobre Alf, el Spiderman del tren de la alegría, y los Power Rangers, entre muchas otras cosas.


Por Elías Fernández Casella

¿Con que nos vamos a encontrar en 30 poemas para leer cagando?

Son homenajes que le hago a todo lo que me ha hecho feliz del arte. Alf, los sims, los teletubbies. El arte tiene esa cosa de señalar, y señalás lo maravilloso que hay dando vuelta. Quería en mi primer libro jugar y divertirme. Quería cagarme de risa.

En general vos te divertís bastante con la literatura. En tus textos, en Instagram…

No me gusta mucho la solemnidad. Me gusta usar el lenguaje, jugar con él y hacer cosas auténticas. No tengo que escribir como Stephen King, no tengo que escribir como Poe. Tenés que cagarte en todo lo que había antes.

¿Hay una dualidad entre Érido y la persona que sos en el DNI?

Para mí el arte es todo una mentira. Yo trabajo de la mentira. Por eso me siento poco poeta. No sé qué es ser poeta. Yo agarro y escribo, y juego a ser otra persona. Por lo menos lo intento. Estoy cansado de ser yo las 24 horas del día. Me fastidia estar en una sola piel. Me dan ganas de saber qué carajo le pasa por la mente a otra persona. Las palabras son como un intento, un fracaso épico de andar dando vueltas, surfeando por un universo. Es con eso que trato de jugar. No quiero ser siempre yo en el texto. Me aburre.

¿Tiene sentido entonces la poesía?

No, no tiene ningún sentido. Pero es como una pasión, como cuando sos de un equipo que siempre está perdiendo, y del que te hacés cada vez más hincha sin saber por qué.

Martín Kohan una vez dijo que si uno quiere ser escritor basta con ponerse en la bio de Instagram “Escritor”.

Oscar Wilde decía que para ser escritor tenés que escribir. Es tan simple como eso. Por suerte en la comunidad de muertos de hambre, de los poetas performáticos con los que me junto ni discutimos eso. Esa cosa me revienta y hace que todo el mundo se aleje. Tenés que andar peleando con los titanes para poder escribir. Sos una cosita chiquitita y tenés que andar peleando contra las grandes letras. “¿Qué le podés aportar a Cervantes, a la posteridad?” Y a mí, ¿qué me importa? Las palabras pueden ayudar a un amigo, pueden ayudar a alguien. O pueden no ayudar a nadie pero estaban ahí y un día vos estabas re en una y lo sentiste. Hay que sacarle un poco la sacralidad. Si la iglesia se está desmoronando cómo no se van a desmoronar las palabras.

Los ataques a la poesía performática parecen venir todos de afuera, entonces.

En el under hay miles de personas, pero en la comunidad nuestra no tenemos esos dilemas. Tenemos ganas de gritar, de experimentar, de equivocarnos, de que no sea poesía, de jugar con todo. Hoy todo está tirante. El género, el sexo, todo está tan difuso, y ¿por qué no el género de la poesía? Podemos jugar con el teatro, el standup… Es todo es un ensayo. Yo lo voy a escribir como si fuera poesía. No quiero pertenecer a las grandes letras. Quiero ser fiel a mi arte. Ser un poco chanta. Y si está a kilómetros de las grandes letras me la tendré que bancar.

Es distinta la poesía de Instagram de la tradicional.

Si. Podríamos pensarlo, pero hay varias cuestiones. A mí me gusta jugar mucho con estas orientaciones o visiones de la poesía. Si alguien te vende un libro de poemas en el tren no habla de su situación aunque viva en la calle. Habla de palomas, el sol, la luna. La gente piensa que no tenés que hablar de lo que te pasa. Y en Instagram hay dos tipos de poesía. La “sobrecito de azúcar”, que te dice como tenés que ser, bañarte, relacionarte, que le robaron todo a Coelho y ahora lo niegan. Y después otra poesía que trata de ser transgresora. Con nuestros eventos, en esta poesía más interpretativa, performatica, hay un contenido de por sí.  Algo de legado tenemos. De lo que leímos, pero también mucho de youtubers. No mamamos solo de los libros. Mamamos de streamers, de la tele, de todo. No hay que negarlo.

Es otra forma de leer.

Por ahí asusta. Antes estaba el saber en un libro. Hace poco vi un podcast de Damian Kuc que era una novelita sobre Ricardo Fort. Ahí estoy aprendiendo a escribir también. Es ver otros formatos. Leer y escribir se está haciendo como nunca. Te guste o no en Instagram se escribe un montón.

¿Qué aporta esta poesía que la otra no?

Son cosas actuales. Que nos representan. Despierta cosas. Incluso en la poesía sobrecito de azúcar que dice “va a estar todo bien”, lees los comentarios y se siente como cuando la hinchada quiere cobrar tanto protagonismo como los jugadores. La gente que lee está creando arte. A veces hay más arte en los comentarios que en lo que se está escribiendo. Aporta lo que estamos vivenciando. Queremos que esté todo bien.

Yo cuando empecé a leer leí muchos libros buenos que me rompieron la cabeza, pero son muy diferentes a los libros que me han despertado las ganas de escribir. Que dije “esto es muy bueno y yo lo podría hacer”. A mí me gusta que lo que escribo despierte algo. “Este gil escribe, yo también podría”. No quiero ser un ídolo que esté arriba, ser un genio. No me gusta. Me gusta despertar la escritura.

Se escribe mucho sobre la actualidad, lo que nos pasa. Y despierta algo en la gente. Sea bueno o no. Y la gente es como la hinchada. Y al otro día por ahí se junta en una fecha de poesía y escribe. Hay que sacar la visión sacra del poeta con saco largo fumándose un cigarrillo en la esquina de un bar. Nosotros tomamos vino y bailamos Gilda. Y siempre se acerca alguien y dice que quiere participar.