Es preferible reír que llorar

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Carcajada Salvaje es una divertidísima propuesta gracias a textos
irreverentemente delirantes y dos actores de lujo.

Por: José Francisco Caballero
Foto: Fuentes Fernández

Durante mi infancia, con mis hermanos nos turnábamos para acompañar a una vecina, una anciana entrañable. Sinceramente no creo que fuéramos garantía de seguridad para la pobre viudita, sino algo parecido a una carga, pues éramos tres adolescentes más o menos (ir)responsables. Pero al menos resultábamos útiles como compañía, para que no sufriera su soledad. Nunca lo consulté con mis hermanos, pero supongo que ellos también encontraban dos grandes motivaciones en esas noches que pasábamos “en la casa de enfrente”. Una, fundamental, era el delicioso desayuno con que amanecíamos al día siguiente, consistente en unas galletitas con una miel deliciosa y, fundamentalmente, un chocolate caliente espectacular, preparado con un cacao “auténtico” que se destacaba por sobre el Nesquik que bebíamos en cualquier lado, incluso en nuestro hogar.

La otra motivación estaba en la completísima colección de Selecciones del Reader Digest, que leíamos, o al menos leía yo, con avidez. Cada vez que iniciaba una nueva revista, inevitablemente comenzaba la lectura por una sección de chistes llamada La risa, remedio infalible. Este título, o el nombre de la canción que elegí para encabezar esta crítica, calzan perfectos para expresar mis sensaciones ante Carcajada Salvaje, la hilarante pieza de Christopher Durang, que con dirección de Corina Fiorillo acaba de estrenarse en el teatro Multitabaris.

Se trata de una obra muy bien estructurada en la que dos ingeniosos monólogos, aparentemente independientes, se resignifican cuando empiezan a aparecer elementos que los vinculan. Pero todo adquiere una nueva dimensión en un epílogo tan delirante como lo previo. Los protagonistas interactúan en un sketch breve y contundente en el que los diálogos hacen referencia a los planteos que fueron manifestando anteriormente.

No tuve la suerte de ver otras puestas de esta pieza, pero no me cabe duda de que, aunque se trata de unos textos afiladísimos, políticamente incorrectos y deliciosos, no sería tan destacable si no contara con las perfectas labores, por separado y juntos, de Verónica Llinás y Darío Barassi. Ambos se lucen interpretando sus enfermizos personajes a los que amamos, aunque de a momentos deberíamos tenerles, como mínimo, un poco de odio.

Todos estos elementos hacen de Carcajada Salvaje una propuesta que vale la pena disfrutar en alguna de sus cinco funciones semanales, ya que siempre es preferible reír que llorar, porque, en definitiva, la risa es un remedio infalible.

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