Escribir en la Necrópolis: entrevista a Mario Flores

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// Un huracán que se llama
igual que vos
enredó los cables de mi cerebro
y escupió una oleada salvaje
por encima del día //


Entrevista y foto por Jazmín Felioga

Llegué a Mario Flores por una publicación de facebook de un poema de él. Al terminar de leerlo sentí la necesidad de buscar más  ya que me había dejado conmovida.

Enseguida me encontré con varios de sus escritos. Recuerdo uno de los primeros contactos que tuve (también a través de las redes) en donde muy amablemente me pasó un link que llevaba directo a sus poemas. Luego investigando un poco me di cuenta que no sólo escribía poemas, sino que también cuentos y novelas, eso es lo que llamó mi atención y sobre todo las temáticas que abordaba.

Mi decisión de entrevistarlo en realidad era para poder conocerlo un poco más, adentrarme en su mundo y entender así como fue su camino y qué fue lo que lo llevó a escribir. Tuve la posibilidad de encontrarme con él y conversar sobre su último libro Necrópolis que lo estuvo presentando en la Feria del Libro en Buenos Aires.

LA ENTREVISTA

¿Cuándo te diste cuenta que la escritura iba a ser tu medio de expresión?

Biográficamente hablando, tengo dos momentos de mi infancia bastante definidos: uno tiene que ver con el hecho de no haberme podido adaptar nunca al sistema educativo, siempre fui un estudiante que pasó sin pena ni gloria, (nunca pasé a la bandera ni ninguna de esas cosas), básicamente no me gustaba ir a la escuela. La pasaba bastante mal por problemas de abuso, burlas o por el hecho mismo de que yo no me podía adaptar a las tareas, ya sea en grupo o por el material que me daban. En ese material había un libro (en tercer grado de primaria), en ese libro había un relato sobre un Alud y reconstrucción de una ciudad (una catástrofe natural de un pueblo de campo y su consecuente restauración) y ese cuento estaba dividido en muchísimas partes. Yo lo que hacía era tachar lo que consideraba aburrido y escribía mis propios finales para las historias que me parecían aburridas, que básicamente eran todas las que me daban en la escuela, siguió siendo así incluso hasta la secundaria. Creo que me di cuenta que la expresión escrita era mi medio de proceso creativo porque considero que la escritura nace siempre en base a la insatisfacción, el mundo no nos alcanza, no nos completa, entonces nosotros tenemos que crearlo de la nada. Yo no creo que la escritura sea vocación ni inspiración, ni un don, yo creo que esas cosas no existen sino que es una especie de mecanismo de supervivencia que uno aprende a utilizar, porque la realidad nos aburre, nos trastorna o nos problematiza. Entonces desde chico mi manera de sobrevivir a esa realidad fue esa, de crear un mundo aparte.

¿Qué género disfrutás más a la hora de escribir o con cuál te sentís más cómodo?

Durante mucho tiempo he sido clasificado solamente como poeta y eso se debe a que las primeras publicaciones autogestivas eran todos libros de poemas. Actualmente sigo escribiendo poesía pero lo que sucede es que siempre que desarrollé este género trate de alejarme de estructuras métricas ya aprobadas, incluso hasta estéticas, y mismo en los temas que yo apunto a la hora de escribir.

Creo que en la narrativa me siento muy cómodo, por ejemplo, Hikaru es una novela, eso no quiere decir que este novelísticamente bien estructurada porque de hecho es lo opuesto, todos los capítulos son muy breves, algunos son incluso un solo párrafo. Entonces puedo sentir que disfruto muchísimo la escritura pero nunca me encierro en un solo género, porque muchas veces mis poemas tienen un carga narrativa muy pronunciada, y me han dicho que muchas de la escenas de los relatos  que yo elijo narrar también tienen como una especie de dimensión un poco más oscura que tiene que ver con una poética y una lírica, entonces sea lo que sea que escriba lo puedo dividir en poesía, narrativa o novela, guión cinematográfico, como estoy haciendo ahora. Pero al final voy mezclando todos los géneros, todas las estructuras, todas las formas y los montajes, porque donde me siento más cómodo es en el terreno de la experimentación y de la libertad intertextual. Y creo que también es necesario para poder tener un proceso creativo más fructífero.

¿En qué momento te diste cuenta de que lo que producías te gustaba y que quizás también le podías transmitir algo a las demás personas?

Creo que escribimos los libros que nos gustaría leer y que no existen en la realidad. Eso puede sonar un poquito presuntuoso pero creo que está bueno poder percibir el peso de las palabras que uno utiliza y sobre todo el resultado final, es decir: Las palabras, el lenguaje, la estética, las ideas originales, las ideas interrelacionadas con otras disciplinas, con otras tecnologías, el cambio de soporte, el cambio de formato. Todo eso y obviamente el discurso  social que nos atraviesa, influye a la hora de ver una obra terminada. Si todos esos elementos se condicen con lo que mi voz está tratando de decir, creo que la obra merece el espacio o la difusión, y que merece el suficiente cuidado para que un día pueda ser publicada. Si no nos gusta esa interrelación de elementos de acuerdo con lo que trabajamos, no publicaríamos nunca porque estaríamos todo el tiempo insatisfechos. Pienso que el arte y sobre todo la literatura tiene mucho que ver con vivir con la propia insatisfacción, con las incapacidades que uno tiene sobre cómo contar, cómo decir, cómo agarrar la palabra adecuada en el momento adecuado, que es una lucha muchas veces. Entonces yo creo que el gusto no tiene mucho que ver con el conformismo de “Esto me gusto”, entonces ya está para ser publicado, sino que todo es un proceso y todo es parte de la obra. Incluso hasta lo que no se muestra. Me di cuenta que esas preocupaciones, esas implicaciones, estaban siempre integradas a lo  que yo escribía, porque yo nunca escribí por gusto, por catarsis ni por desahogo, ni siquiera por terapia, de hecho cuestiono mucho el epíteto terapéutico de la escritura, que obviamente se lo recomiendo a todo el mundo. Pero no como un medio para el desahogo, ni para liberarse ni para hacer pura catarsis, sino que creo que la escritura es algo mucho más complejo, que está atravesada de muchos otros discursos, ambientes, estructuras, condicionamientos prefijados, y está bueno poder percibir todas esas dimensiones para destruirlas y así poder crear algo nuevo a través de la expresión escrita, eso al menos me deja satisfecho porque sé que no estoy dejando cosas al azar. Me sentiría muy mal conmigo mismo si yo me pongo a escribir poemas, después los junto, no los corrijo. ¡Eso es un rejunte! y no un libro de poemas. Para mí es algo creado, una obra con un proceso, con un trasfondo, que tiene y guarda interrelación entre todos sus componentes. Y eso es lo que me gusta de mi manera de trabajar, por eso los libros que he publicado tienen ese tipo de carácter.

Sobre el mensaje hacia los demás… nunca pensé que yo tenía que necesariamente dar un mensaje o proporcionar algo a la persona que lo está leyendo, no creo que el arte sea  portador de mensajes, no creo ni en las moralejas, ni en los buenos mensajes, ni en frases motivacionales, ni tampoco en las propugnaciones sin margen de error, creo más en el sentido de la denuncia, de la exposición, y de la visceralidad. No me interesa salvarle la vida a nadie con la poesía, lo cual es absolutamente innecesario, irreal. Sí me ha pasado que ha habido gente que ha dado muy buenas opiniones, diciendo que algunos poemas míos podían hacerle sentir algo bueno. Pero eso queda en el mundo del lector, de su perspectiva, su óptica,  en sus capacidades y obviamente también en qué grado se ha involucrado emocionalmente con lo que uno escribe. Pero nunca me preocupó dar un mensaje, creo que me incentiva más exponer cosas y que eso, de alguna manera, fije una denuncia obviamente relacionada con la realidad  que nos ha tocado vivir. Pero nunca es algo explícito. Digamos que fijo mucho la calidad de mi propia literatura, no tanto por el mensaje de lo que alguien pueda llegar a sentir, sino más bien por el peso y la significancia que tiene en el momento en que lo escribo, en el momento que lo muestro,  el momento en que decido publicarlo, yo creo que la calidad pasa por ahí, no tanto por el mensaje que implícitamente puede estar acompañado.  

¿Tuviste  formación académica?

No, ninguna.

¿En tu familia hay escritores o alguien que te haya influenciado?

En mi familia no ha habido personas que escribieran ni tampoco hubo grandes lectores, no vengo de una casa con biblioteca, de hecho la casa donde me crié no había libros, ni tampoco ha habido ningún tipo de persona que se haya dedicado a alguna variante artística, de ningún tipo de área o disciplina que yo conozca o que haya sido importante. Vengo de una familia de mujeres laburantes, me crié con mi abuela, mi madre y mi hermana y todas han sido siempre empleadas o esposas de empleados así que nunca he tenido ningún tipo de relación genealógica con mi territorio artístico personal, todo lo aprendí solo y por afuera, dicho sea de paso si bien yo… voy a darte un ejemplo de esto que estoy diciendo: vengo de la generación del mouse. En lo que yo escribo y en lo que yo trabajo, desde el mismo hecho de que los libros estén escritos así, montados de esa manera visualmente, tiene mucho que ver con mi relación con la tecnología. Pero la primer computadora la toqué con mis propias manos recién a los 21 años, o sea que toda mi experiencia, toda mi lectura o todo lo que yo hago, está completamente por fuera de mi hogar y de mi círculo social inmediato puesto que en mis amigos tampoco hay gente que lea, que escriba. Todo esto es muy normal para mí porque vivo en una ciudad del interior, entonces desde el otro punto puede parecer un poco extraño pero no he tenido ningún tipo de influencia, ni recomendación, y tampoco fomento.  Creo que a mi familia no le ha quedado otra más que apoyarme  porque no hubo otra alternativa. Pero fomento, felicitación, recomendación o influencia de algún otro tipo de persona cercana nunca hubo así que son dos respuestas negativas.

Tu último libro Necrópolis, fue el ganador de un concurso literario que se organiza en la provincia de Salta y el premio fue la edición de tu libro, no sólo eso sino que también lo presentaste en la última Feria Internacional del Libro. ¿Cómo fue vivir esa experiencia?

El premio de este concurso en particular consiste en la impresión física del libro, o sea: de una sola tirada, de una edición, la mitad de los libros van para el autor. A diferencia de otros concursos como los del Fondo Nacional de las Artes donde si ganás te dan dinero, pero eso no implica que estés obligado a publicarlo, por ejemplo. Acá en Salta el premio es la edición. 

La experiencia de ganar un premio es importante pero también relativa, yo creo que ningún premio enaltece tanto a quien lo recibe como a quien lo otorga y más cuando viene de una institución gubernamental, que tenga que ver con la Secretaria de Cultura,  y todas esas cuestiones. Creo que todas las personas que nos gusta o que nos proponemos el compartir nuestro contenido de expresión creativa, tenemos la obligación de buscar herramientas, ocupar esas herramientas y si no están, crearlas de la nada, no creo en el fetiche estereotípico de la mística del “no publicar, de esconder, del hacerlo personal” porque yo creo que la palabra es un trabajo y además también es un compromiso político atravesado por un discurso social que nos toca y del cual formamos parte. No me va la mística del escritor oculto, del que se priva. Pienso que es necesario e importante concursar siempre, difundir siempre, compartir la información con otros escritores siempre.

En el caso del concurso de Salta, es un concurso que sigue siendo en papel, que eso ya dificulta que la mayoría de la gente (sobre todo los jóvenes) se anime a participar. Los tres jurados eran varones grandes, escritores con nombres, con autoridad. Y eso también implica que se tome una mirada, desde un punto de vista feminista, sobre la presencia y la visibilidad que se le da a las autoras mujeres. Y en tercer lugar, el hecho de que la mitad de los libros que te dan del premio los tenés que mover vos, ocuparte vos de tu libro, de distribuirlo, de ponerle precio y todo lo demás, es decir: Hay una falta de acompañamiento sistemático como editorial.

Porque la Secretaría de Cultura de Salta, el concurso y el fondo editorial que publican, no son una editorial propiamente dicha. Una de verdad acompaña al autor, lo muestra, y de alguna manera gestiona todo en grupo. Acá es todo como “Este es tu premio y arreglatelás”. Es de alguna manera así, puede sonar poco amistoso, puede sonar un poquito arcaico y justamente por eso es que me animé a concursar, porque estaba notando que hay toda una generación de escritores y escritoras jóvenes de treinta y cinco para abajo que se quejan mucho  de esos concursos como “anticuados”, que los jurados siempre son gente grande, que no están actualizados a la hora de leer, o que siempre gana gente grande también. Entonces yo pienso que en vez de formar pequeñas élites lo que hay que hacer justamente es ocupar esos espacios, apropiarse de esas herramientas y proponer material diferente y mejor que termine ganando, y yo creo que en mi caso pasó eso.

Sobre el tema de la Feria del Libro de Buenos Aires, que supuestamente es La Meca a la cual todos los escritores aman o tendrían que tener el propósito de llegar, en mi caso no es así, pienso que lo que yo escribo, lo que yo hago, y  lo que yo trabajo, incluso como lector son otro tipo de espacios, los cuales estoy destinado y con interés  de transitar. Obviamente que es importante, la visibilidad es mucho mayor, la feria más grande del país, pero no deja de ser una feria comercial. Entonces que haya cada vez más presencia de editoriales indies y contenido alternativo habla muy bien del trabajo que se hace desde las editoriales, desde los círculos alternativos independientes, no tanto de una gestión de la supuesta Meca, la feria más grande de libros del mundo, creo que lo que se consigue ahí también lo podés conseguir en la Feria de Editores, que me parece más interesante, o el Festival de Poesía de Rosario, son otros ambientes donde circula otro tipo de material… De igual manera es importante, es lindo, era la primera vez que iba a esa feria, me sentí contento por el resultado final, por el recibimiento, y obviamente por la oportunidad, la posibilidad de poder acceder a ese tipo de mercado, a ese tipo de público y a este tipo de alcance de material que es algo que justamente acá no se vive, eso sobre todo es muy positivo. Pero creo que es importante ser crítico con todo eso, tampoco es dormirse en los laureles.

¿Sentís un crecimiento como escritor entre libro y libro? ¿Son experiencias distintas?

Durante mucho tiempo a mí se me clasificó como poeta, y la verdad es que mis primeros libros de poesía fueron el material que me permitió participar en festivales, ferias, ciclos, encuentros, leyendo poesía y presentando ese tipo de producción. Una vez que publiqué Hikaru se desata una problematización muy entretenida y divertida para mí, obviamente también un  gran aprendizaje, pero era una especie de dicotomía, ¿cómo pasar de la poesía a la narrativa?, a la inversa no sucede tanto. Yo creo que encuentro muchos guiños intertextuales entre mis diferentes libros de poesía Nosotros, niños mutantes, Poesía para pasajeros urbanos con auriculares y Cuando llegue el fin de los tiempos, que son tres libros de poemas que pueden comunicarse entre sí, incluso aunque yo no lo haya planeado. Con Hikaru, que es mi primera novela, creo que el universo cambia muchísimo, mi manera de decir cambia, y las voces que elegí utilizar tienen mucha relación técnica por una cuestión de cómo contar y cómo narrar ese tipo de universo al cual yo me estaba dedicando, que comparte estética generacional, un estilo y un consumo cultural junto con la poesía que escribo. Siempre se ven esas pequeñas temáticas, la década de los noventa, el paso de lo analógico a lo digital, el mundo de las drogas, la violencia y el encuentro problemático entre el cruce de generaciones, que eso es básicamente de lo que escribo, de lo que yo narro generalmente. Me gusta entender la obra, la producción de una persona, sea con géneros diferentes, poesía narrativa o con distintas temáticas: Si sos un escritor realista o si haces ciencia ficción, si haces ficción especulativa. Me gusta mucho estudiar en mis propios libros ya publicados, releerlos, y volver a encontrar pequeños tópicos que me hacen entender una escritura más global, una escritura integral, que quizás al principio, no es hecha a propósito pero se nota que ahí es donde está verdaderamente el autor disfrazado detrás, que tiene un discurso que me atraviesa, una realidad que me interpela, y una búsqueda mental propia que se refleja en esos montajes, ya sea por las palabras que use, la manera en la que elijo construir o destruir a mis personajes, y creo que eso habla mucho sobre  el tipo de escritura que yo tengo.

Necrópolis y Hikaru, que son los dos libros de narrativa qué publique hasta ahora, son diametralmente opuestos pero obviamente comparten un pequeño universo interior, que tiene que ver con la vida en las pequeñas ciudades, el paso de lo analógico a lo digital y una cuestión que en Necrópolis se ve mucho más que en Hikaru, que tiene que ver con el ritualismo, con la idea de lo religioso, no la religión, sino lo religioso dentro de la vida de escenas mínimas, porque son cuentos breves. La novela también es breve, es como que mi estructura de contar se mantiene, pero obviamente en esa estructura estoy tratando de ir  por varios temas, así como las drogas y el desamor eran como “mis temas” a la hora de escribir poesía, el fin del mundo, la destrucción. En Hikaru y en Necrópolis, si bien son completamente diferentes, aparece la vida de los adultos vista desde la óptica de la infancia, la cultura de los noventa, de los ochenta, la incapacidad de adaptación de mis personajes, que son en su mayoría losers promedio entonces esas cosas entiendo que se comparten, me gusta leerlo como algo que se comparte, pero también obviamente cada libro vive por sí mismo y por eso está bueno verlos como independientes.

Además de escritor sos DJ ¿Cómo surgió en vos ese deseo que tiene que ver con otro campo artístico, como es la música?

La idea de ser musicalizador tiene muchísimo que ver con mi relación con la tecnología, no tanto con mi relación con la música. Porque soy DJ, no músico, a diferencia de otros que lo son, y que son productores musicales también. Solamente me dedico a musicalizar, pero esa musicalización ambiental tiene que ver no tanto por mi fanatismo por esta rama del arte, en realidad solamente trabajo música electrónica. Está más relacionado con mi vínculo con la tecnología, con los programas, con el software de sonorización, de edición de audio, de edición de imágenes. En un primer momento estaba íntimamente relacionado con mi tarea de escritor. Soy muy enemigo de los ciclos de lectura en los cuales hay un músico que toca un instrumento mientras vos lees tu poesía, entiendo que hay toda una gran costumbre, tradición, historia y una búsqueda estética con ese tipo de performance, pero no me parece que sea solidario, ni tampoco considero que le haga justicia a la poesía. Me ha tocado leer poemas con músicos que me tocaban: guitarra, violín, piano improvisando en el momento… y no tenían ni la menor idea de lo que yo escribía, entonces, yo dije: “tengo que musicalizarme yo solo”. La idea era leer, loopear, hacer bucles, leer encima de mi propia voz, generando tres voces simultáneas y también musicalizar, pero un día dije “¿por qué tengo que darle play a una canción y leer encima? ¿Por qué no puedo mixear esto? Y todo se convirtió en una búsqueda tecnológica, de manipulación del aparato y de mi propia lectura, para poder crear una performance de lectura diferente. Hay un montón de escritores que lo hacen. Hay un montón de poetas o performers que trabajan con esta tecnología y no se puede considerar en sí mismo, lectura de poesía a secas. Es otro tipo de experimentación sonora, lírica. Y después surgió la posibilidad de utilizarlo como búsqueda laboral por ser DJ.

La música electrónica en la ciudad donde vivo ha sufrido falta de difusión, la gente no conoce mucho la escena del house, la escena del techno, a pesar de que sea música de extremada calidad, que se escucha en todo el mundo, acá no llega. De hecho en Salta Capital recién ahora se está formando una escena interesante, ya sea privada o independiente, de música electrónica. Si bien son dos disciplinas completamente diferentes, mi intención nunca fue  incursionar en la música sino manipular una tecnología que me ayude en mi búsqueda de escritor, y como lector y performer. Porque me cuesta mucho ir a un lugar, pararme en un escenario y leer mis poemas. En un tiempo lo hacía mucho en un ciclo de slam que había a nivel federal, pero entendí que con ese nivel de histrionismo y de recurso dramáticos  teatrales que todos los poetas tenemos que estudiar -porque obviamente hace falta respirar bien, tener buena dicción, saber ponerle el cuerpo a la palabra- nunca me sentí cómodo. Pensé que una buena derivación de eso era presentar mi trabajo, que siempre es algo que exige el oficio, ir de invitado, presentar el nuevo libro, leer en instagram y mi idea fue empezar a leer tecnológicamente, a través de la tarea del DJ. Mi búsqueda nació por ahí. Obviamente por ser fanático de Gustavo Cerati, que es uno de los primeros músicos por los que entré a la música electrónica. Como DJ musicalizador, en una fiesta los viernes a la noche la paso genial, pero en realidad esto tiene que ver con la búsqueda de un trabajo posterior que vengo preparando hace tiempo.

Volviendo un poco a Necrópolis ¿Cuánto tiempo te llevo escribirlo?¿ Ya tenías en mente las temáticas que querías abordar, con respecto a esto de lo “apocalíptico/ todo a punto de estallar”, que al mismo tiempo refleja a la perfección lo que pasa actualmente en nuestra sociedad?

Necrópolis es un libro que salió en un momento muy difícil de mi vida, yo estaba atravesando una separación, estaba bastante deprimido, ofuscado, y sabía que tenía que terminar con esa situación emocional, personal, de alguna manera. Me costaba mucho superar ese estadío sentimental en el cual me encontraba. Y yo nunca fui esa clase de persona que escribe por catarsis, entiendo que la escritura es una terapia, pero para mí es más una búsqueda mental, un ejercicio de expresión, a través del cual siempre me ayudo.  Entonces tenía todas las ideas en la cabeza, quería escribir un libro que se llamara “Necrópolis”, que contuviera relatos, sabía cómo iban a estar armados, y quería que se tratara de una ciudad de los muertos, que hablara de la muerte no sólo desde el aspecto orgánico, sino como finalización, cuando algo se termina da paso a algo nuevo, pero eso nuevo no siempre significa semilla ni vida, ni amanecer, ni nada por el estilo. A veces la finalización solamente implica un cierre perfecto, un cierre circular. Esa era la estructura que buscaba para este libro. Por ejemplo en el libro hay una mudanza, en el cuento que le da título a la obra, eso también es una muerte, una finalización; un año nuevo, que es una muerte conceptual, simbólica.  La mayoría de los personajes de ese libro están terminando y comenzando algo, metamorfoseándose constantemente. Sentí que en mi vida estaba sucediendo eso, me costaba centrarme y concentrar mi cabeza en una sola tarea. Empezaron a aparecer los cuentos, algunos los tenía desde el 2015, otros los terminé de escribir antes de cerrar el sobre para mandar al concurso. Fue un proceso de mucha relectura, de mucha corrección. De escritura per se, de redacción, no me llevó tanto tiempo armar el libro. Me llevó más tiempo hacer el montaje completo, darle forma. Eso sí que es algo que lleva trabajo, yo estuve un montón de tiempo con el formato en la cabeza, me pasó igual con Hikaru.  Más me costaba porque estaba en un momento donde no podía convivir conmigo mismo, y escribir era una manera sana de ocupar el tiempo. Pero también la escritura tiene su cuota de neurosis. Fue una lucha personal y creo que cuando pude leer el resultado final, con los cuentos ordenados en el índice que yo ideé me sentí satisfecho, pero sobre todo aliviado, sentí que había cumplido con la tarea de dedicar mi depresión a algo mucho más trascendente que yo mismo. Los temas que se hablan ahí son mucho más grandes que lo que pueda suceder en mi vida privada y creo que reflejan muy bien mi preocupación, mi búsqueda, mis propios trastornos, los reveses de la naturaleza humana. Porque como bien decís, reflejan algunas de nuestras realidades actuales, y creo que esos temas, esas importantísimas señalizaciones conceptuales que hay en algunos de los cuentos, fueron apareciendo por sí mismos. Y si bien mis cuentos son breves me gusta pensar que son temas bastante pesados. Era la primera vez que me dedicaba a hablar de abuso sexual en la infancia. Siendo un sobreviviente de esto en mi propia niñez, fue  un desafío pero al mismo tiempo un compromiso que tenía claro que tenía que hacer, así que fue un momento bastante arduo. Necrópolis me  sirvió mucho para despedirme de algunas cuestiones personales que se van filtrando en la escritura también.

¿Creés que la literatura, la poesía, el arte de escribir, además de hacerse por placer, puede llegar a ser una herramienta para poder cambiar las cosas, poder crear una mirada crítica?

La escritura y el arte de expresarnos creativamente a través de cualquier disciplina, es un placer. O sea, es una tarea hedonista, ociosa y sobre todo muy simbólica, a pesar de que muchas veces accedemos a los libros y nos transformamos en hacedores de ellos de una manera muy concreta, pero  creo que es una tarea casi impalpable, vanidosa y muchas veces inútil, o tal vez disfuncional, de acuerdo a lo que uno piense. Sin embargo a pesar de lo que el estereotipo manda, la escritura para mí nunca será individual, aunque uno lo haga en el ámbito privado, en la intimidad. Ésta siempre es colectiva, pertenece a un fenómeno colectivo. Pienso que la poesía no trae la redención, la literatura no es salvación, ni tampoco la madre de las enseñanzas, desconfió que la literatura sea la cúspide de la ola en tareas de docencia, filosofía, caridad o incluso hasta ideologías, ideologías partidarias, ideologías de militancia, ideologías de acción, de hecho, la mayoría de todas esas cosas que acabo de mencionar me parecen completamente intrascendentes, creo que está bueno despojar a ella de cualquier tipo de circunscripción ideológica, institucional, académica, o incluso hasta estilística. Para mí el arte y específicamente la rama literaria solamente servirá y será funcional cuando exista estado crítico, cuando de verdad esté en estado de ebullición, no en una armoniosa belleza con un patrón estético. Pienso que una poesía política, una discursiva política, una poesía militante, puede llegar a interpelar, puede llegar a compartir un tono de emergencia, puede ser parte de un discurso social que pertenezca a el tejido universal en el cual habitamos, pero lo tomo como una tarea un poquito condescendiente. Pienso que está bueno que la literatura se defienda por su propio peso, y de esa forma es mucho más fácil estudiar y notar y leer la reacción de la persona a la hora de enfrentarse con una obra. Porque así como la poesía es una tarea de insurrección, porque se trata de una manera de revelarse contra el mundo, contra la humanidad y contra nosotros mismos, contra lo establecido, pienso que solamente servirá para cambiar las cosas, nos ayudará a pensar mejor, a pensarnos mejor, a leernos mejor, y la literatura ayudará a cambiar algunas de las cosas que no están tan copadas en el mundo cuando en realidad pueda ponerse al mismo nivel y a la misma crudeza, y a la misma visceralidad de esa realidad que vivimos. Entonces para mí, la mayoría de las obras literarias, de las cuales venimos, nos han enseñado cierta metodología de la cadencia, de la lindura, de que el arte solamente es válido de acuerdo a su nivel simbólico. Un cuadro  es valioso porque es “lindo”, por ejemplo, y en realidad yo creo que el arte en general es valioso o es válido cuando su estructura, su montaje y su arco dramático, interpela desde otro lado. Desde la incomodidad, desde la indignación, desde el escándalo. A partir de ahí creo que es mucho más fácil despertar una verdadera coyuntura crítica para poder leer de esa forma. Desde mi punto de vista no espero que lo que yo escriba, al menos, ayude a cambiar las cosas. Pero sí me propongo que lo que yo haga tome de ejemplo esas cosas no tan copadas que existen para enrostrarlas, eso es lo que tiene que estar en primera plana. Desconfío mucho de un cartel que diga “no matar animales”. Eso no es literatura, sería una escena cruda de matanza a los animales algo que pueda parecerse un poco más. Yo no escribo cuentos para la prevención del abuso sexual en la infancia, pero sin embargo Sailor Mars, que es uno de los cuentos de Necrópolis creo que aborda bastante bien ese tema, (decir “bastante bien” sobre un cuento propio suena vanidoso), esa me parece a mí la manera correcta de generar que esto cambie, porque si no le vemos a la cara a la realidad, con los ojos abiertos, vamos a seguir en la literatura de prevención, que se mide, que es pudorosa, que es literatura de escritorio, de lobby. Eso no funciona, no es crítico, no interpela  y cumple con las dádivas obligatorias que el patrón establecido manda, yo creo que para hablar y que pueda cambiar algo dentro de la producción literaria que hacemos, en un contexto de emergencia, con un tema tan importante, me parece que lo único que podría llegar a sumar desde la literatura, si es que algún día nos ayuda, va a ser de esa forma, hacernos llegar de manera cruda, sin tener ni respeto ni miedo. Así como existe lo oscuro, lo terrible, lo abominable, solamente vamos a batallarlo cuando el arte se ponga al mismo nivel, con la misma brutalidad y con la misma impunidad. Cuando la persona se siente interpelada es cuando la literatura cumple su función, si no estaríamos leyendo un folleto de autoayuda o prevención. Eso no es arte para mí. La literatura es insurrección, es rebeldía, es un rompimiento de las formas, siempre y cuando exista en estado crítico, porque la vida es crítica y nosotros somos habitantes de un estado crítico, de la crisis en sí misma, que según dicen, es una palabra con doble sentido y que resguarda otra complejidad. Somos hijos del átomo, y debemos estar preparados para que aquello que queramos decir pueda estar a la altura de esa misma ebullición y de esa inherente capacidad de destruir, solamente así es como podemos juntar nuestros propios pedazos para llegar a hacer algo mucho más verdadero. 

 

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