Nueve Reinas: Vértigo y astucia

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Por Elías Fernández Casella

“Este país se va a la mierda”

Nueve Reinas, estrenada en octubre de 2000, es la hermana mayor de los  dos únicos largometrajes dirigidos y guionados por Fabián Bielinski antes de morir en forma repentina de un infarto durante el año 2006.

Al poco tiempo de su estreno, y sin demasiadas fracturas en la crítica, la película se ganó un lugar sólido entre los mejores largometrajes del cine argentino. Esta ocasión es también la que presenta a Ricardo Darín como un actor de alto nivel, ya que su trabajo tiene una fluidez y naturalidad impecables.

Se trata de una historia que no tiene tiempos muertos. Toda la acción transcurre en poco más de 24 horas, lo que permite a Bielinski centrarse en las acciones y construir una narrativa fuerte y concisa, con giros muy potentes. Sabe llevar un ritmo veloz y un suspenso vertiginoso que nos conduce hombro con hombro junto a los protagonistas.

Y es que en Nueve Reinas acompañamos a Marcos y a Juan con una mirada pícara y neutral. También con una fluidez lograda a fuerza de recursos técnicos. Bielinski no anexa una sola toma en la que haya apoyado la cámara en un trípode. El plano secuencia, uno de sus recursos favoritos, lleva nuestro ojo de acá para allá como si fuésemos un tercer actor que descubre con Juan los personajes de ese mundo repleto de yeites y habilidades pintorescas.

Con el diario del lunes, Nueve Reinas tiene muchos cabos sueltos. La primera vez que la vemos todo lo que ocurre es plausible y el final es una sorpresa de lo más grata. El estafador vil fue estafado, demostrándose que el que parecía más débil e ingenuo puede ser al final el mejor. La segunda vez que la vemos, el propio final de la película nos exige un esfuerzo de fe poética. Lo cual es, por otro lado, inevitable en este tipo de argumentos. La película, sin embargo, apenas nos hace trampa.

Fuera de Argentina la fórmula es imitable pero no reproducible. Nueve Reinas es una película de a pie, sustentada en el paso de la cotidianeidad porteña. Con personajes cercanos, escenarios entrañables y el (injusto) tango repetido por el sentido común de que “este es un país lleno de ladrones”.

“¿Querés ver chorros, vos?”

Marcos y Juan son estafadores de baja monta. Sus golpes se sustentan gracias a que la ciudad de Buenos Aires los esconde con mucha facilidad. El mundillo de rufianes que nos presenta la película es plausible. Personajes que nos pasan por al lado a diario y que pueblan los informes más moralistas de algunos canales de noticias. Las víctimas más comunes, inocentes y estafables son las ancianas. Lo fueron y lo serán.

En ese mundo aparece Juan. La película sabe construirlo de principio a fin como un nene de pecho con pequeños conocimientos de estafador que no podría sobrevivir solo en la calle. Que fracasó en todo lo que hizo durante su intento de trascender hacia la clase media. Que tiene un buen motivo para dedicarse a la estafa: sacar a su padre de la cárcel. Marcos, por su lado, es un estafador hiperbólico. Un cínico al que le va de mal en peor por estar enterrado en el “Sálvese quien pueda” de la época. Alguien que valoriza su humanidad con chistes antisistema y comentarios de doble filo: “Entre nosotros los delincuentes la cosa funciona así, de confianza”.

 “No sos un boludo, es que estás hecho mierda”

Si bien Bielinski consigue ubicarnos como espectadores en un lugar neutral, existe una moral seca propia del momento en que se rueda la película. Nueve Reinas existe en el pico de la neoliberalización cultural de nuestro país. El “sálvese quien pueda” fogoneado por un Estado que responsabiliza a cada ciudadano de su miseria, un star system fundado en la banalidad más ridícula y la hiperbolización de las desigualdades. La película es antes que un show de viveza criolla, una historia de tramposos y de justicia. En la que se traiciona al sistema y a un poder económico que había arrojado el país hacia a una guerra de confianzas en nombre de lo único que importa en realidad: el dinero. No hay santos, nomás hay tarifas diferentes. Y putos no faltan, sino financistas.

El juego final de Nueve Reinas es la tragedia Argentina. Juan y Marcos estafan a un español millonario. Lo que los arruina es el sistema financiero, que un año más tarde del rodaje hará lo mismo con todo el pueblo Argentino para reír último en la cara del estafador pequeño. El banco donde los protagonistas debían ir a cobrar el cheque quiebra por una maniobra de sus accionistas (amparados por el escaso control de capitales en la época) que era conocida de antemano por el Banco Central, y los pocos que ganan son aquellos que tienen información privilegiada. Y Marcos vuelve a la carga gritando contra las puertas del banco a reclamar su dinero. La película se resuelve en una fábrica abandonada. Los restos de un país otrora más o menos industrializado donde en ese momento la clase media-baja se reúne para conspirar. Esos personajes pueden sacarse a otros de encima exponiéndolo al mayor criminal de la época: el gobierno de Fernando De La Rúa.

Nueve Reinas es, al final, nuestra esperanza de que el “buen tipo” no vaya a perder siempre. Que los medios ilegales que tenemos a mano para movernos en una selva de malas intenciones son una opción viable. Incluso digna. Pero sobre todo, cuando se llevan adelante con elegancia, son admirables.

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