Falsa reseña

 Por Lucy Chantada

Suelo estar atenta a recomendaciones. Desde libros hasta canciones o comidas. La gran mayoría de las cosas que me componen surgieron así: por recomendaciones. Hace no mucho me dijeron que escuchara un tema, de una banda que no conocía hasta ese momento. Minutemen se llamaban, y la canción History lessonpart II. “Muy lindo, si, muy lindo la verdad” dije en su momento, y seguí adelante con mis cosas.

Una vez también me mostraron una banda, Pez se llamaba. El día que los escuche por primera vez estaba acostada en una cama (era El sol detrás del sol), y yo tenía 16 años apenas cumplidos. Me acuerdo que pensé que el cantante tenía una voz muy linda y que la tapa era muy simpática. Y seguí adelante con mis cosas, sin saber que se iba a convertir en mi banda favorita unos años después.

Otra vez, cuando tenía 12 años (va descendiendo la edad), escuché nombrar mucho a un autor que aparentemente era conocido. Ray Bradbury se llamaba. Leí Fahrenheit 451. Leí El Hombre Ilustrado. Leí Crónicas Marcianas. Me acuerdo que pensé que era lo mejor del mundo. Hasta que llegué a El signo del gato, un libro bastante desconocido para lo que es la obra de este autor (un libro que compila cuentos de distintas épocas), y, además, prácticamente no se acerca a la ciencia ficción, que es algo que de principio me tomó de sorpresa. Fue mi escritor favorito por años. Por Bradbury elegí mi carrera, por Bradbury elegí mi biblioteca, que con el pasar de los años se fue alejando cada vez más de mi amada y siempre preferida ciencia ficción.

Es posible que al que esté leyendo esto le suene ridículo todo este menjunje de cosas, pero, sin embargo, tienen un sentido. Al menos para mí.

El video en vivo de History lessonpart II lo vi más de una vez. Me gustó, me dio una sensación rara, porque sabía que D. Boone se iba a morir poco después de ese show. Más de una vez lo vi, y siempre fue todo parecido: me mantuve bastante estática, nada nuevo. Una vez lo vi sentada en una silla bastante incomoda que se tambaleaba cuando te querías acomodar, con un velador que alumbraba poco. No estaba sola. Lo vi, lo escuché y sin poder controlarlo se me empezaron a caer lágrimas. Ninguna de ellas fue de tristeza. Fue una sensación distinta. Una cruza entre euforia y angustia. Un cúmulo de energía que no sabía (y todavía hoy no se) de donde venía. No sé si fue la belleza de la canción, o qué otra cosa. Simplemente pasó. Ese mismo video lo vi hace diez minutos otra vez, y no pasó nada. Y lo puedo volver a ver un millón de veces más, y les aseguro que no va a pasar nada.

Fui a ver a Pez muchas veces. De hecho, es la banda que más veces vi en vivo. Es una banda que logró hacer que deje mi sedentarismo de lado por al menos una noche. Fui con fiebre, fui después de haber tenido días largos y agotadores, fui noches de tormenta y siempre los disfruté. El 23 de marzo del 2016 tocaron en Ciudad Universitaria, en la parte de atrás del pabellón dos. Hacía calorcito, era una noche hermosa. Yo no pasaba por mi casa hacía dos días más o menos. Nos fuimos encontrando de a poco y formamos un grupito bastante numeroso, y antes de que terminara la banda que tocaba antes nos pusimos adelante de todo, casi en la valla (algo que jamás había hecho porque siempre fui bastante claustrofóbica). Me acuerdo que tenía cinco pesos en mi poder, y ese era todo mi capital para esa noche. Alguno tenía plata, y venía cada tanto con dos vasos de fernet. Sobre el escenario apareció un hombre que no recuerdo su nombre (verso sin esfuerzo) y dio un discurso muy emotivo y a la vez completamente escalofriante referido a la fecha: los cuarenta años del golpe. Todos terminamos, aunque usando frases distintas, reclamando justicia. La fecha era especial no sólo por eso, sino también porque la lucha por el aumento del presupuesto a las universidades estaba en su llama más fuerte. Y empezó a sonar Os garcas, un tema que siempre me encantó. Todo esto que vienen leyendo claramente no sirve de reseña, como verán, porque creo que no me acuerdo de un solo tema que tocaron. Creo que El cuerpo es un momento, Haciendo real el sueño imposible, pero todo queda en una nube de dudas. No tengo los recuerdos tan afianzados porque había llegado ahí, a ese momento de clímax de euforia. Un estado distinto. Canté hasta que me dolió la garganta, salté, bailé, abracé a mis amigos, me aplastó la gente del pogo del que siempre suelo huir y también lloré. Lloré, pero, otra vez, ninguna lágrima fue de tristeza. Lo que si me acuerdo perfectamente es que lo único que podía pensar era que si existían cosas así de hermosas como ese momento, nada, pero nada en el universo podía ser tan malo, ni me podía dañar. Terminó el recital. Esperamos el 42 una hora y media. No podíamos subir porque pasaba demasiado lleno y tuvimos que tomarnos otro para combinar. Íbamos a ir a comer pizza a mi casa. Y yo no podía parar de sonreír. Después de ese día fui a un montón de recitales de Pez. Un montón, eh. En todos la pasé bien, como dije antes. Escuché mis temas favoritos. También bailé y canté. Pero no fue lo mismo. Esa sensación no se volvió a repetir.

Ahora, ¿qué pasa con esto, no?

Cuando mencioné El signo del gato no fue porque sí. El anteúltimo cuento, uno cortito, que se llama Cuando llueve me pongo triste (Recuerdo) sintetiza todas estas cosas. Incluso creo que el cuento sintetiza lo que sentí cuando leí el cuento (paradójico).

No lo voy a explicar, solo me voy a limitar a poner un fragmento que, me parece, resume bastante bien todo esto que acaban de leer (o al menos mejor que yo).

“Todos tenemos en la vida una noche donde lo importante es el tiempo y el recuerdo y la música. Tiene que ocurrir con naturalidad: debe darse de manera espontánea y terminar cuando llega el momento y no volver a ocurrir nunca de la misma manera. Tratar de que ocurra solo lleva al fracaso. Pero cuando ocurre es algo tan hermoso que uno lo recuerda hasta el final de sus días.” (Bradbury, R., “El signo del gato” p. 183, ed Minotauro, 2005)

Retomando siempre el principio de todo esto, porque la circularidad es algo que está siempre presente: las recomendaciones. El que nunca escuchó History lesson, que lo haga. El que nunca fue a un recital de Pez, que vaya y ojalá lo disfrute tanto como siempre los disfruto yo. El que nunca leyó el tan aludido cuento, que lo lea. Y el que hizo todas estas cosas ya, solo espero que entienda a lo que trato de llegar.              

Todo se puede repetir, menos las sensaciones. Puedo volver a escuchar History lessonpart II sentada en una silla incomoda tambaleante llena de ropa con un velador que alumbra muy poco. Puedo volver a ver a Pez un 23 de marzo en Ciudad Universitaria con el mismo setlist, la misma gente, la misma ropa y la misma mochila pesada. Puedo volver a leer Cuando llueve me pongo triste otra vez sentada en el sillón del living de mi casa a las 3 de la mañana. Todo puede volver a suceder. Lo que no se repite es lo que no se ve, lo que hace que las cosas sean valiosas. Porque esas son las cosas que uno se lleva consigo hasta el final de sus días, las sensaciones, especialmente las únicas e irrepetibles como las que les acabo de contar.

 

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