George Orwell y Anthony Burgess: Los dos hombres que más me deprimieron en mi adolescencia

Por Rocío Eliges

A los 17, 18 años, apenas terminé la secundaria y descubrí la magia del tiempo libre y la lectura por ocio, comencé a consumir cualquier libro cuyo nombre me sonara, o alguien me recomendara, o que, simplemente, encontrara azarosamente en mi casa y me llamara la atención. Hasta ese momento jamás había sido una lectora asidua (y después de ese momento de apasionamiento total que duró un año, no lo volví a ser). Y entre los montones de títulos que pasaron por mis manos, de los cuales lastimosamente no guardo tantos recuerdos como desearía, hubo dos que me hundieron en pozos depresivos que duraron semanas: La naranja mecánica (Anthony Burgess - 1962) y 1984 (George Orwell - 1949). Quisiera dejar asentada una primera aclaración, y es que no considero que estas sean obras depresivas per se. Pesimistas, sí.

Desarrollo: Estos libros llegaron a mí en un momento de mi vida en el que acababa de abandonar una carrera, había comenzado a trabajar formalmente por primera vez en mi vida y me estaba decidiendo por la carrera de Artes Audiovisuales, aunque fuera lo menos redituable que se me podía ocurrir en el mundo. Había pasado los últimos 3 años de mi vida esperando el momento de terminar la escuela y no ver más a mis tan odiados compañeros y de repente, ya sin destino escrito, estaba un poco desconcertada y disconforme con la idea del mundo que me esperaba.

Es aquí que estos dos libros generaron en mí tal crisis (oportun-crisis, como diría un sabio amarillo) ya que ambos tienen una visión del mundo absolutamente pesimista. Spoiler-alert: en ambos el “héroe”, el marginal, termina transando con el sistema. Y esa era mi preocupación del momento, y creo que es la preocupación de todo adolescente sano que se encuentra  enfrentado a las puertas del mundo adulto, ¿no?.

En 1984 nos es relatado un mundo futurista caótico en el que un régimen represivo (¿Gran Hermano les suena?) controla las acciones y pensamientos de todos los ciudadanos en todo momento del día. En este contexto el protagonista, Winston Smith, encuentra un quiebre que tiene que ver con los sentimientos amorosos y la sensualidad, cuestiones humanas básicas, (tampoco es que leyó El capital), pero este simple hecho empieza a despertar en él un verdadero espíritu revolucionario. Eso es lo que yo quería ser, es lo que todos queremos ser. Todos, antes de ser condenados a la alienación del ritmo de vida capitalista que nos oprime sin falta (y no seamos ilusos, que nadie safa) soñamos con vivir nuestra vida distinta a la de nuestros padres, libres, sin ataduras materiales, sin jefes, enfrentándonos a lo que se supone que tenemos que hacer y ¡ganando!. ¿Qué tipo de héroe es Alex DeLarge en este contexto? Ninguno. Pero él también encuentra la fractura en la enorme pared represora del sistema.

En este punto es que me sale la militante voraz del libro, ya que éste incluye un capítulo final, posterior al final de la película, cuyo mensaje resulta tan desgarrador y desolador que me hace sostener que quien ama sólo la película ama una cáscara de lo que en realidad implica La Naranja Mecánica. Porque uno no defiende una ola de crímenes atroces ni el sometimiento de inocentes, pero también pasa que ¡nadie es inocente! todos son víctimas en algún momento dado. Por lo cual, en algún momento y de alguna manera que no terminamos de comprender (y sobre todo, superando la traba inicial del dialecto propio que utiliza Burgess) nosotros también terminamos siendo Alex, porque también somos hijos de puta que también son víctimas.

La importancia de estos libros, además de la excelencia de cómo están escritos, radica en no olvidar que esta lucha que subyace en ambos (al menos para mí, y no digo que sea la única ni la mejor lectura que se puede hacer de ellos) entre nosotros, personas, así de horribles, nefastas y complejas como somos, y el sistema capitalista que nos esclaviza, debemos darla todos los días con cada pequeña decisión. Y no hablo desde un panfleto del P.O. (nada más alejado), sino de los ideales que tenemos de adolescentes, que no queremos vender nunca, y terminamos vendiendo por supervivencia en algún momento. La única manera de no transformarnos en viejos burgueses egoístas, es leer estos libros, recordar que la lucha de por sí está perdida, y reavivar la chispa de la rebeldía de querer comprobar que no es tan así. Por eso son ellos los que más me deprimieron, pero también fueron los que más me animaron y son de los que más amo.

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