Graciela


Por Rocío Eliges

A quien no conozca Fabricante de mentiras, es una canción de Sui Géneris que, a grandes rasgos y desde el punto de vista más literal, narra la historia de un hombre manipulador y mentiroso que conquista a una joven inocente y virginal a la cual “quita su castidad”. Hasta acá casi podría ser una propaganda cristiana de alerta a la muchachitas vírgenes del mundo.

Lo interesante es que finaliza diciendo: “Preciso es condenar al que se burla de nuestra moral. Pero hay algo que nadie puede explicar: ¿Porqué la niña ríe en vez de llorar?” a partir de lo cual se resignifica por completo la canción entera y hasta puede entenderse en una posible interpretación que esta chica, aunque inocente y virginal, es una mujer con impulsos y deseos sexuales, casi como un humano cualquiera, que en realidad decide perder su virginidad con este hombre y no sólo es una víctima engañada, como tal vez podría haber sido vista por la sociedad conservadora del momento.

Elsa Daniels, con 19 años, protagonizando su cuarta película. La primera de una serie con el director Leopoldo Torres Nilson y el actor Lautaro Murúa.

La cuestión es que la temática del despertar sexual de las adolescentes, y hasta del deseo sexual de las mujeres en general, seguía constituyendo un tabú incluso a mediados de los ‘70, cuando este tema salió a la luz. Y aunque este parecía un texto sobre una canción, esa fue una simple introducción a una película de EL director que más profundizó en el tema de la transición de la niña a la mujer y la sexualidad adolescente, entre otros,y lo hizo en 1956, estoy hablando de la película Graciela de el gran Torres Nilson, adaptación de la novela Nada de Carmen Laforet.

Así como en la canción, Graciela es la típica inocente (de hecho, este será el tipo de papel que representará Elsa Daniels, la protagonista, durante unos cuantos años), es huérfana, acaba de terminar la escuela y se dirige a la casa de sus tíos en Buenos Aires para estudiar en la facultad de Filosofía y Letras. Al llegar se encuentra con una familia ex-burguesa en plena decadencia, que apenas reconoce como su familia, y es cuando conocemos a Román (Lautaro Murúa), su tío, el “fabricante de mentiras”. Él es un músico frustrado, medio bohemio y mujeriego, completamente estereotipo porteño, que en cuanto llega le enseña un par de reglas para vivir en la gran ciudad, la principal es que la ciudad no tienen peligros, sino tentaciones, y que siempre puede conseguir lo que quiera mientras esté dispuesta a pagar por ello de una u otra manera.

Entre ellos se darán una serie de situaciones confusas y ambiguas entre paternalismo y seducción, donde se verá claramente la decisión de Graciela en acercarse a él. Al mismo tiempo Graciela tendrá una amiga en la facultad llamada Ena, una mujer avasallante que le mostrará el mundo de las relaciones de una manera que nunca conoció, donde la mujer puede avanzar al hombre y conocerlo sin ataduras. Graciela también conocerá a un chico “bien”, Pons, y sin embargo la relación con Román será lo que la mantendrá en vilo a lo largo de la película.

Es más que interesante, de por sí, ver películas que exploran el paso de la niñez a la adultez, y sobre todo cuando es de esta manera, sin prejuicios ni tapujos, donde el deseo tiene algo de incestuoso y la sexualidad está separada del amor, sin defender posiciones ni levantar banderas, sólo mostrando los matices de la realidad de la manera más amplia posible dentro de esta historia.

A lo largo de la película se exploran las ambiciones y frustraciones de toda la familia,se expone un repertorio de sensaciones pocas veces tan bien logrado, viajando del mundo luminoso de la facultad de Graciela, llena de futuro, a la triste casa en proceso de derrumbe, que sólo tiene pasado y sueños rotos, con recursos técnicos impecables que hablan del comienzo del "cine de autor" argentino, como el uso de claroscuros y planos aberrantes para dar una estética que refleja el estado emocional de la narradora, que es Graciela a través de una voz en off que cuenta en tiempo pasado lo que ocurre, y un recurso propio de Torres Nilson que es el plano “subjetivo” en tercera persona.

Una película para pensar la vida en Buenos Aires y la humanidad de las personas, con sus miserias y momentos virtuosos, desde un punto de vista fresco e ingenuo sin ser boludo. Una oportunidad de revisitar el pasaje a la vida adulta desde la inocente pero despierta perspectiva de Graciela.

 

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