Gritar o callar

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Por Lucy Chantada
Fotos de Nahue Vázquez

Hace un rato llegué a mi casa de ver la obra El Grito del Silencio. Recién, un par de horas después, pude (o al menos intenté hacerlo) poner en palabras un poco no sólo lo que fue la obra, sino el remolino de sensaciones que se generó en mi cabeza. A la mitad de la obra, más o menos, me di cuenta que estaba apretando la panza, haciendo fuerza. Esa fuerza era adrenalina, era potencia. Aflojé un poco esa tensión que tenía y me empezaron a caer lágrimas, como si fuera una esponja que cuando la dejas de apretar, le sale lo que tiene adentro. Ninguna fue de tristeza, todas fueron de intensidad pura. Por las actuaciones, por la música que acompañaba a la perfección cada momento, por las palabras que salían de las bocas de ambos actores, que me llegaban al cuerpo y se me incrustaban en la cabeza. Hubo frases que ya había oído antes en mi propia cabeza. Planteos que yo misma ya me había hecho reiteradas veces. Sentí el miedo de estar sola, pero también de estar acompañada. Sentí, y creo que todos lo sienten, aunque sea inconscientemente, ese placer por el sufrir. Me sentí superada, me sentí abrumada, y todo siempre por mi propia cabeza. Y, por sobre todo, me sentí, en algunas partes, muy representada. No sé si eso me sirvió como una palmada de consuelo, o si me aterró por completo. La estética de la obra en sí generaba una ambientación que hacía que todo tuviera un equilibrio perfecto. El vestuario, algunos de los objetos que rondaban en la escenografía, como la ventanita al costado. El muñeco del bebé, la iluminación con colores e intensidades que hacían que todo fuera acorde a cada momento de la obra. Lo mismo con la música, hecha por la banda Rhinoceronte, que acompañaba los diferentes estadíos de la obra con una perfección y prolijidad milimétrica. Fui a ver la obra esperando muchísimo, y me fui con mucho, mucho más. Con una sensación de placer enorme de ver algo que funciona en conjunto muy bien, cada parte de la obra, cada aporte, va complementando para formar una unidad que tiene muchísimo sentido, por lo menos en mi cabeza. Y me di cuenta, ahora, recién ahora, que grité durante toda la obra, pero nadie me escuchó, porque ese grito era mudo, estaba dentro de mi cabeza. Me voy a ir a dormir, y todavía no sé si me animo a saltar de ese precipicio con los ojos vendados, porque hay algo de lo que estoy segura: me da muchísimo miedo.

La obra está escrita por Fernando Martínez, y dirigida por José María Gómez Samela, ambos los actores de la misma. Todo sucedió en el teatro El Extranjero, en un espacio hermoso y cómodo para el despliegue de la obra. La cabeza es algo que nunca deja de trabajar. Siempre está, ahí, balanceándose de un lado a otro, y no hay nada más lindo que ver este fenómeno representado de una manera tan, pero tan correcta.

 

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