Heridas de guerra

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Me gusta dormir, llevo varios días esperando a que se haga de noche solo para irme a la cama. Lo que de verdad busco no es quedar inconsciente sino tener sueños, desde hace unos días un chico empezó a visitarme en ellos. Ese chico es mi papá, pero es él teniendo dieciséis años, que es mi edad actual. No sé por qué aparece bajo esa forma y siempre que viene ya parece saber todo de mí. No así yo de él.

— ¡Hola, Mica! ¿Qué se desayuna hoy?
— ¿Papá? ¿Otra vez acá? —yo siempre me hago la difícil y él se ríe. Mi papá tenía una sonrisa muy dulce de joven, me doy cuenta ahora.
— ¡Ja, ja, ja! No me digas así acá, es un poco incómodo porque técnicamente todavía no soy padre.
— Bueno, Jona... ¡Ah, para mí también es raro!

Cuando mi papá me visita en sueños siempre es lo mismo. Desayunamos juntos y nos la pasamos charlando toda la mañana, como en una sobremesa matutina. La primera vez que apareció fue bastante irónico que lo hiciera en ese horario porque en realidad era un tiempo que nunca compartíamos. Si no era en la cena o alguna merienda, entonces ese día él y yo no íbamos a estar en una misma mesa.

— Dejame hacer algo a mí hoy. Te voy a preparar unas torta fritas que te morís.
— Pero eso pega mejor con lluvia. —me señaló con los ojos y una sonrisa el tragaluz. Miré y entonces se largó a llover torrencialmente.— … ¿Cómo puede ser que tengas más control sobre mis sueños que yo?
— Ja, ja. No dejo de ser tu papá.

Cuando me visita en sueños mi mamá nunca está. Supongo que porque sería muy raro para él verla con cuarenta y ocho años luciendo como un adolescente. Los que sí aparecen a veces son mis abuelos, y a mí me gusta verlos disfrutar un poco más de su hijo, incluso si nada de esto permanece a la mañana siguiente cuando abro los ojos.

Creo que ellos tres me mostraban cómo eran las cosas, cómo solían ser. Por ejemplo a veces mi papá se aparecía de golpe, agarraba un pedazo de pan y se iba corriendo a buscar su bicicleta porque sino llegaba tarde a clases. Y otros días se antojaba de chocolatada, pero se confundía y le ponía café a la taza.
Gracias a estos sueños yo empecé a conocer mucho sobre mi papá.

— ¿No podías decir que no querías ir, pa? —vi su cara de incómodo mientras preparaba el aceite.— digo, Jona.
— En aquél entonces no era tan fácil, Mica.
— ¿Y vos qué pensabas?
— Y, la verdad... —él miró para arriba, como si buscara las palabras adecuadas para que yo entendiera— nosotros no pensábamos mucho, solo hacíamos. No nos dejaban tiempo para pensar. —me costaba imaginarlo, pero lo entendía. Y también me parecía un poco triste que un chico de mi edad hablara con esa resignación y paz sobre algo tan terrible.— así que como no había tiempo para eso, pero sí un poquito para sentir, yo quería consolarme sintiendo que iba a ser un héroe que salvaba la patria.
— ¿En serio con eso estabas bien?
— ¡Pero claro que no, nena! —y ahí se reía de nuevo como si el nene fuera él— yo tenía muchos sueños, ¿sabés?
— ¿Ah, sí? ¿Cómo cuáles?

Papá se sentó a la mesa con una fuente de tortas fritas y yo me acomodé al lado para cebarle mates, no sin antes meter mano en la fuente. No sé qué tanto tendrían de sabor, pero parecía que estaban muy bien. Seguramente cuando me levantara iba a querer tortas fritas en serio.

— Yo iba a ser locutor de partidos de fútbol.

Cuando me dijo eso le sentí una determinación tan enorme que fue raro. Y ahí entendí porqué el que me visitaba en mis sueños insistía con que lo llamara “Jona”. Mi papá no había crecido para convertirse en un locutor de partidos de fútbol, él era redactor. Así que, viéndolo, me imaginaba que todas esas ilusiones por el futuro quizás yo no las recordaba en mi padre adulto, pero eso no quitaba que la misma esperanza no pudiera latir en cien jóvenes más. Mi papá fue a la guerra siendo mucho más grande que esto, y yo sabía que la historia decía que habían mandado a muchos chicos de mi edad, probablemente con las mismas ilusiones y convicciones que él por vivir.

Me descolocó de todas esas reflexiones ver que él agarró y le puso azúcar al mate.

— ¡¿Dulces, papá?! Bueno, te dejo solo por hoy porque es dos de abri... —paré en seco. La cocina se llenó de silencio. Sabía que no había dicho nada malo, pero igual no evitaba sentirme mal.— mamá te extraña, le hacés falta.
— Sí...
— …
— …
— ¿Tuviste miedo? —Jona le puso al mate otra cuchara de azúcar.
— Todo el tiempo.
Y entonces vi por primera vez lo que era que alguien te sonriera con dolor.
— Lo único que hacía era pensar en llorar.

 

Por Sofía Morgana
Ilustración por Rocío Varejao