House of cards (o una breve introducción hacia las obras de William Shakespeare)


Por Esteban Rufino

La exitosa serie de Netflix, primera serie web ganadora de premios Emmy, protagonizada por el gran Kevin Spacey (American Beauty) y Robin Wright (Forrest Gump) y dirigida y producida por David Fincher (Se7en, Fight Club, The Game), House of Cards, no sólo ha cobrado notoriedad porque el mismísimo Barack Obama se autodenominó fanático, o por sus brillantes actuaciones, sino también por su atrapante trama.

El congresista Frank Underwood (Spacey), tras un desengaño personal del flamante presidente de turno, decide destruir al mismísimo gobierno desde adentro, poseído por su ambición al poder y siempre acompañado por su esposa, Claire, de iguales intereses, cueste lo que cueste.

Basada en la mini-serie británica de Michael Dobbs de 1990, y con guión de Beau Willimon, House of Cards, además narrar una, por momentos, compleja trama política de traición, sexo e intereses privados, es también una analogía muy clara a las obras del gran William Shakespeare (1564–1616).

Resulta curioso que nos maravillemos con historias que fueron escritas hace más de 500 años, y recreadas miles de veces, pero el público se renueva, o si no ha de ser así, por lo menos tiene mala memoria. He aquí las múltiples referencias a las obras del mayor dramaturgo inglés: Frank Underwood, ya desde la secuencia inicial del primer epidosio, en la que asesina al perro del vecino, rompe la cuarta pared teatral para dirigirse al espectador asegurando que el fin justifica los medios, conformándose así como portador de una actitud y una filosofía de vida maquiavélica que se fijará como esencia del personaje a través de todos los episodios.

Los comentarios sarcásticos, las miradas a cámara cómplices y las reflexiones originales habituales en Underwood no son muy distintas a las de Ricardo III o el mismo Yago, el villano de Otelo: personajes de la peor calaña humana que, sin embargo, frente a sus divertidas frases, nos generan un cariño mayor de aquellos personajes que quieren hacer el bien.

Underwood nos introduce en su más íntimo círculo de confianza, asumiéndonos hasta en cierto nivel de complicidad de todos sus crímenes, e incluso también participamos de las burlas hacia el sindicato de idiotas que osan enfrentar al congresista. Aun así, no es solo el personaje de Frank Underwood quien rinde homenaje a Shakespeare, sino también el de Claire, su esposa, quien posee enormes similitudes con Lady Macbeth. Ambiciosa, con gran sed de poder, hasta incluso más que su marido, también coincide en que el ascenso hacia el poder no se vale de obstáculos. Ninguna de las dos tiene hijos, ni poseen ni el más mínimo instinto maternal. Intrigante, sexy y astuta, Claire Underwood es capaz de afirmar haber sido violada en su juventud para tan solo generar un debate en la opinión pública. No hay peros en la gestión Underwood.

Otra gran similitud de los Underwood para con Shakespeare es la del matrimonio Macbeth. Frank y Claire no tienen hijos, ni amigos ni personas cercanas de las cuales se preocupan realmente. Solo se preocupan y se apoyan entre ellos mismos, planean y calculan cada paso juntos que los lleve hacia el poder, y es tal la fuerza de la pareja que hasta se comentan uno al otro cuando mantienen relaciones sexuales con terceros y, lo que es más importante, para con qué fin.

En varias ocasiones, Frank afirma que no puede respetar a quien desee el dinero por sobre el poder, en otra de las claras referencias a la filosofía Macbethiana. También, tal como Macbeth, no conoce la palabra piedad y es capaz de asesinar a quien quiera que se le oponga. La relación de Frank con el presidente de los Estados Unidos de América, Garrett Walker, funciona también como alegoría a la amistad entre Otelo y Yago. En el primer episodio, Frank está terriblemente molesto de que el flamante presidente no lo haya convocado como Secretario de Estado, algo muy parecido a la furiosa reacción de Iago cuando proclama como lugarteniente a Casio y no a él. Si bien Frank le sonríe al presidente y asegura que ha tomado la decisión correcta, en el fondo lo desprecia, y tal es su odio que lleva adelante su vengativo plan: destruir al presidente, tal como Yago con Otelo.

Otra escena en la que encontramos cierta reminiscencia a Macbeth es en la que Frank Underwood va a la iglesia, tras la muerte de Peter Russo, con cierta pizca de remordimiento por haberlo asesinado, aunque solo una pizca. En la obra de Shakespeare, Macbeth está aterrado cuando ve al fantasma de su amigo asesinado en su asiento en la mesa del comedor.. Si bien Peter Russo no se le aparece como un fantasma, por fortuna de los espectadores, Frank sí le dirige unas palabras cual si estuviera, de alguna manera allí.

Y en el caso de Claire, al comentarle a la primera dama que la asistente del presidente tiene un pasado de haber estado con sus jefes anteriores, se produce lo mismo que hace Yago al deslizar la idea que Desdémona (la esposa de Otelo) tiene un amorío con Casio, el lugarteniente. Tanto Claire Underwood como Yago saben que a veces solo es necesario una mínima verdad para destruir un matrimonio completamente.

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