La Industria del no pensar

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Por Lucy Chantada

Una oveja negra me encontró una noche de invierno, mientras bordeaba el cementerio de Chacarita, sola, con un cuaderno y un par de auriculares. Lo único que recuerdo de ella son sus ojos y un poco su respiración. Se quedó a mi lado, pero muy poco tiempo, y la vi sólo esa vez. Fui viendo como desaparecía, de a poco, con su mirada clavada en mis ojos. Creo que llegué a oír un susurro que hizo una cuenta regresiva. Pudo haber sido mi cabeza nada más, tal vez lo imaginé, como a la oveja, aunque yo voy a creer que todo fue verdadero. La oveja terminó de esfumarse y volví a quedarme sola, todavía en las inmediaciones del cementerio, y en el instante en que ella había desaparecido por completo vi una fina gota de sangre deslizándose por el piso. Y ahí, entre mis piernas descubrí un charco de sangre que no era la mía, aunque brotaba de mis venas, de mi carne, de mi piel. En un intento desesperado por detener el sangrado di un giro brusco y encontré, recostado al fondo, un cuerpo gris de espaldas. Pude escuchar su llanto, bajito, sutil y su respiración entrecortada. Me levanté para ir a buscarlo, para socorrerlo y me encontré con un cuerpo que lloraba, pero que no tenía rostro, y que estaba perdiendo la misma sangre que estaba perdiendo yo. Pero yo no me debilitaba, a mí no me dolía tanto como a él, porque esa sangre que yo estaba emanando era la suya. Lo sostuve en mis brazos, lo quise consolar, pero su respiración se entrecortaba cada vez más, y su cuerpo era cada vez más gris y más débil. Pedí auxilio, a grito pelado, para que alguien pudiera ayudarme a salvar a aquel cuerpo sin rostro. Las miradas que recibí, las pocas que había, fueron de indiferencia. Ignoraron la catarata de sangre que brotaba de los dos, no escucharon los gritos ni el llanto, no estuvieron ahí. Hasta que fue suficiente para el cuerpo gris: su respiración quejosa se detuvo, y ese sollozo que sentía provenir de él calmó. Y la resistencia y tensión que estaba generando con su cuerpo se convirtió en un peso, que cayó hacia abajo cada vez más, hasta lograr derretirse entre mis manos y convertirse en una suerte de engrudo blanco desparramado por el suelo. Cuando ya no pude sujetarlo, cuando se desmaterializó, noté que la sangre que salía de mi cuerpo se detuvo, y comenzó a ser absorbida por lo que quedaba del cuerpo, hasta que desapareció por completo. Casi como cuando vi desaparecer a la oveja, cuando los restos terminaron de consumirse sentí una palmada en el hombro de un tipo que me decía que ya habíamos llegado a la terminal, que se había terminado el recorrido y que me tenía que bajar. Me paré, y mientras me volvía a subir al colectivo que me llevaba de nuevo a mi casa, apreté el botón que hacía que el disco que había escuchado todo ese viaje se volviera a reproducir. Y así lo hice en ese viaje, así lo hice en mi casa, y así lo hice en muchos viajes más. Y no volví a ver al cuerpo sin rostro, ni volví a perder sangre.

Pocas cosas me asombran tanto como la capacidad de la música para convertirte en cualquier cosa, para hacerlo vivir a uno, y en algunos casos, para hacer vivir a otros. Y eso fue lo que me pasó a mí, esa noche que escuché “Oveja Negra”. Poco después de haberlo escuchado me enteré que la volvería a ver a la oveja que me encontró en el colectivo, la oveja negra que plantó una semilla para que crezca y no pare más. “Oveja Negra” no es sólo un disco, es un proyecto, además de fantástico, repleto de convicciones que lo hacen a uno sentirse cada día más orgulloso de ser parte de esta generación, que jamás olvida.

Ya pueden escuchar el disco e ir a verlos, y ojalá, de verdad, que puedan sentir las cosas que pude sentir yo, que cuando lo escuchen puedan imaginarse cantando a los gritos las canciones, abrazados a sus amigos, en el éxtasis total de un recital.

 

 

La Industria del no pensar son:

Joaquin Enriquez (guitarra y voz)

Facundo Miguez (bajo)

Nicolás Simonetti (guitarra)

Luciano Bassano (bateria)

Luciano Benotto (teclados)

 

Los musicos invitados en el disco son:

Franco Ruiz Diaz (saxo en Perdido al nacer)

Julian Enriquez (cajon peruano en Voces)

Y lo pueden escuchar acá:

https://www.youtube.com/watch?v=2PfYoHTZXPA

 

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