La Otra Orilla

Un tiro certero, alejado de la costa e inclinado lo suficientemente hacia la izquierda para contrarrestar el poder de la correntada. La plomada al caer al río suena redonda. Un sonido completo. Lo miro a él, está satisfecho. Mueve la cabeza y asiente como un perrito chino de esos que usan los remiseros. Hace años que no me ve lanzar, quizás esté sorprendido.

El sol hace la vertical sobrevolando un parana dulce de leche. La luz es suave, hace cosquillas. El auto en el cual llegamos se enfría con el ventilador automático y en su interior todavía suena el disco de rock que veníamos escuchando. Yo armo mi caña, engancho la línea y crucifico un par de lombrices en unos minutos.

Pienso por un momento en decírselo ahora, recién llegados. Por sobre el hombro, mientras arma sus cosas. Quizás decírselo ahora nos de tiempo a los dos.

—Es un día hermoso— le digo en cambio, de espaldas a él, de cara al río.

—La pegamos, encima la ruta estaba un billar— asiente, y las últimas palabras en fade out, mientras se acerca al auto. Siento algunos piques cortos. Doy un tirón innecesario y empiezo a recoger despacio. Pasaron pocos minutos. Se que no hay ningún pez enganchado. La tanza se acomoda dócilmente en el carretel. Lo hago igual, sigo trayendo, soy impaciente.

Del otro lado del río, a unos pocos kilómetros, se ve la otra orilla. La otra orilla. Pasaron muchos años y yo sigo sin saber si eso es Uruguay, una isla anonima, o simplemente un resto de mis ganas infantiles de que las distancias sean más cortas.

Termino de recoger la línea. Miro los anzuelos a contraluz. El primero brilla, limpio. El segundo tiene un pedacito de lombriz que parece lijado. Es la boca de los peces.

—Descarnadores— grito para atrás.

Él me responde prendiendose un cigarrillo. Particulares suaves. Olor a tierra y tabaco. Me dan ganas de comermelos. Antes y ahora. Siempre fumó veinte por día. Siempre compró cajas de diez. Amortiguo psicológicamente la cantidad me decía. Después, tira él. El cuerpo está completamente firme pero el movimiento es elástico. Clava la línea a los costados de un junco. No me mira después. Eso le da un aire de ganador. Es un tiro milimétrico, imposible. Si estuviésemos en un fichin, hubiera sacado cien puntos.

Por la tarde el sol se transforma en una mandarina. Desde la mañana pescamos poco y nada lo suficientemente grande como para no devolverlo al agua. Sigo buscando las palabras para decírselo. Siento que todo el aire ahora tiene ganas de nombrarla. Él no nota nada. El lugar está casi vacío y la tarde amenaza. Arranca la segunda caja de diez. A esa hora empieza a toser y a culpar a la mala calidad del aire de la rivera. Mientras lo escucho me distraigo, algo titila desde el río. No sé quién de los dos lo distingue primero. El se queda en su lugar. Yo me paro y miro, la corriente lo trae lentamente hacia la costa. Aquello da pequeños saltitos en el agua y rompe con las formas que dibuja la correntada. Me acerco a la orilla y afino la vista. Él se incorpora en la reposera y acomoda su cigarrillo entre el pulgar y el índice, formando un okay. Lo que brilla son las escamas de un pez. Es arrastrado mientras gira sobre su propio eje en movimientos completamente descoordinados. Se acerca, irremediablemente, hacia la orilla, la nuestra.

rochidibu

Es un pez grande. Por lo menos del triple del tamaño de los que atrapamos en el día. Lo acerco con una rama y lo pongo en tierra firme. Es completamente liso, plateado, sin púas ni bigotes. Parece una luna desinflada y amasada. Lo único que mueve es su boca que abre y cierra en un compás lentificado. Parece que tiene aliento. Lo giro con la punta del pie y en el vientre descubre una mancha negra, con ramificaciones y pequeñas protuberancias que cubren más de la mitad de la zona.

—Se mueve poco, ¿no?— le pregunto mientras le doy golpecitos con la rama.

—Y… lo arrastraba la corriente— responde él dejándome las conclusiones. 

Va al auto y trae un balde verde al que llena con agua del río.

El pez cae con peso muerto. Se me llenan las manos de una gelatina extraña. Me miro las palmas y tengo el color del arcoiris. En el agua sigue con sus movimientos erráticos. Ahora sin correntada, rebota sin sentido contra los bordes de plástico. Me lavo las manos en el borde del río. Sobre la otra orilla se dibujan nubes cremosas. Extrañas en esta época del año. Él se queda mirando el balde con un nuevo cigarrillo en la mano. Nunca lo veo prenderlos.

Finalmente me decido. Empiezo por cualquier lugar. Le pregunto que cómo anda todo por el sur y comienza el clásico monólogo sobre su trabajo, las peleas con su mujer actual y lo bien que se está en un pueblo repleto de mierda de caballo, con temperaturas espaciales, pero sin subtes, transpiración ni gente enloquecida. 

—Vos sabés como es mi jefa. Te dice que si y cambia de opinión a los días, para mí, sería mucho más fácil, ya nos vamos a ver mas seguido, estoy seguro que…—

—Papá— Lo interrumpo. Miro hacia la otra orilla .

—Ella está mal— Siento que disparo esas palabras. Que ahora mismo lo puedo matar.

Él encadena otro cigarrillo con la última ceniza del que estaba fumando. Me pregunto si lo esperaba. Se saca pedacitos de barro invisible de los costados de las uñas. Nada habita el aire en esos momentos. Pienso en repetirlo pero gritando. Pienso en dibujarlo sobre aquella misma tierra. Ella está mal. Ella estaba mal. Ella sigue mal. Él fuma. Se para. Fuma de nuevo. Su boca amaga algo que no llega a patear. El pez en el balde tiene un espasmo.

Él se acerca a la orilla, la nuestra. Toma la caña con sus dos manos. Observa unos instantes la tanza floja. Comienza a hacer girar el reel. Sabe que no atrapó ningún pez. Lo hace igual. Cuando los dos anzuelos limpios salen del agua se da la vuelta y me mira.

—Tengo que cambiarlos— dice.

El cielo se llena de púrpuras, el sol arde, húmedo, y empiezan a caer unas gotas graves Que bárbaro dice, mientras sostiene un particular con la izquierda y carga cosas con la derecha dando saltitos. La lluvia arrecia y cae como un vómito gris desde una masa densa y oscura que lo tapiza todo. En cinco minutos, noche. Destellan naranjas y y el cielo se hace cada vez más de concreto. Él me grita algo lleno de vocales que no entiendo. Subimos al auto por instinto.Los vidrios son cataratas. Él pone en marcha el motor y activa el limpiaparabrisas que nos saca de la ceguera.

El balde. Frente a nosotros. El agua de la lluvia casi lo rebalsa y lo que se distingue es oscuro y turbulento, el agua se remueve. No es por la lluvia.Él lo sabe, los dos lo sabemos. Hace una maniobra rápida nos pone de espaldas al Paraná.

Él me mira. Estamos los dos empapados. La lluvia fuerte del verano puede cortar los caminos.Si evitamos la marea de autos que se escapan por el temporal, con suerte a medianoche voy a llegar a casa. Él presiona el botón del reproductor de música y como una pélicula que se mantenía pausada, la voz de Spinetta retoma y dice que en este valle los duraznos son de los duendes. 

Por Emanuela Galante
Arte por Rocío Varejao

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