La paciencia y la constancia

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El polifacético Fernando Bogado -escritor, docente, periodista y algunos etcéteras- nos responde fundamentalmente sobre la poesía, pero atravesando un espectro literario mucho más amplio.


Por Jeremías Felioga y Lucy Chantada

¿Desde cuándo considerás que sos poeta?

Es medio difícil responder a esta pregunta porque, en algún sentido, no me considero un poeta. Digo, quizás sea una suerte de falsa modestia, porque escribo poesía, porque pienso todo el tiempo en literatura y porque trato de llevar adelante una suerte de vida cotidiana en torno a lo poético -lo cual no quiere decir que caiga en el problemático lugar de creer que vivo “poéticamente”: me parece que esa es una suerte de pretensión romántica que subsiste en nuestros días casi como un intento de contraponer otras formas de vida a la subjetividad alienada del capitalismo; aunque es, en realidad, su más lograda mercancía-.

Fuera, entonces, de ese lugar de relativa humildad en el que me gustaría colocarme, creo que a partir de Jazmín paraguayo (libro donde reúno varios otros pequeños libros y plaquetas que fui editando o sacando por tal o cual lugar desde 2006) hay algo de mi escritura de poesía que cuajó, para bien o para mal. Podríamos poner esa fecha, todo el 2014, si quieren.  

¿Cuál es tu primer recuerdo relacionado a la poesía?

Dos. Uno de mi infancia, cuando una maestra de quinto o sexto grado, no recuerdo muy bien, nos pidió que llevásemos a la clase un poema. Por la tarde de ese día, busqué en la única biblioteca que tenía disponible en mi casa (mis padres no han sido grandes lectores), digamos, la biblioteca de la revista Anteojito que se iba armando de entrega a entrega, algo para llevar. Saqué un poema de una antología: La ardilla de Amado Nervo. Lo llevé a clase al día siguiente,  y la maestra lo leyó en voz alta en tono de burla, al estilo “miren uno de los poemas que trajeron”. Yo levanté la mano y dije que era el responsable de haber participado de la tarea con ese poema, pero no en un gesto de valentía, simplemente porque era verdad: yo lo había traído. Tengo esta cosa de estar un poco obsesionado con estudiar, digo, con querer aprobar siempre, lo hice en ese espíritu, que se entienda. Todos los chicos se rieron, inclusive la maestra. Me dio mucha vergüenza eso de que se rían de algo que me había costado tanto esfuerzo y que me mostraba profundamente ignorante.

El segundo tiene que ver con la Facultad. Las clases de poesía que tuve en Teoría y Análisis Literario, cuando cursé la materia, allá por el 2003, me cambiaron profundamente. Descubrí la poesía. En ese tiempo, además, empecé a salir con mi primera novia, quien ya tenía varias lecturas de poesía encima, Alejandra Pizarnik, sobre todo. Sumado a la lectura de Héctor Viel Temperley, ese momento de descubrimiento me pareció fundamental. El círculo se cerró cuando conocí la poesía de Vicente Luy, más adelante, por el 2006, 2007. Pero me parece todo parte del mismo momento, del mismo “redescubrimiento”.

¿Cuándo hay poesía y cuándo no?

Hay poesía cuando lo escrito pone en suspenso una relación plena y aparentemente coherente entre la dimensión semántica, la fónico-fonética y la gráfica. Casi incluiría también la performático-corporal. Hay poesía, entonces, cuando estas tres o cuatro instancias aparecen juntas pero con su supuesta ligazón suspendida. Eso revela algo que tiene todo poema, que es un tipo de fuerza. Ciertos estudios que me interesan sobre la poesía, como las lecturas de Giorgio Agamben o las formulaciones más generales en torno a lo lingüístico de Deleuze y Guattari, o la filosofía de Derrida, me parece que aportan claves para leer y entender el fenómeno poético sin caer en un formalismo matematizante ni en un espíritu ingenuo que incurra en esas peligrosas lecturas subjetivistas, las cuales suelen decir “si a vos te parece poesía, adelante”.  

¿Qué determina que una poesía sea buena o mala?

Cuando pone en suspenso esto que remarqué en la respuesta anterior. Pero la captación de un poema tiene, necesariamente, dos momentos: en el primero, está esa sensación innominada de que el poema tiene algo, pero me atrevería a decir que hay allí una captación intuitiva de ese suspenso (que, si lo pensamos bien, puede llegar a ser una forma de silencio, un silencio de la fuerza, eso que Agamben llama la posible presencia de un querer-decir, algo que quiere o parece significar, pero que no significa) que después, en un segundo momento, puede pensarse, conceptualizarse.

Digo, cuando escucho o leo un poema que me gusta, me queda esa sensación: estoy suspendido, pero también en suspenso. Como en el aire. Como después de una explosión.

¿Cuál es la característica que más te atrae de la poesía y cuál la que menos?

Siempre me interesó más el libro, la disposición en la página, antes que la situación de recitado. De todos modos, varios poetas me han deslumbrado en esa instancia, pero muchos otros no: siempre me pareció que es el libro lo que sostiene un poema y no tanto la situación del “en vivo”, porque eso se aproxima siempre a otras disciplinas artísticas que tanto no me cautivan, como el teatro. Respondo a todo esto siendo consciente de que participo de manera activa de una situación de recitado y recital constante, sobre todo, con el formato BogadoCuman, que llevo adelante con Gabo, pero creo que en el dúo hay una suerte de relación abierta (no cerrada, clausurada) entre lo que cada uno hace, con el bajo o con la poesía, y lo que resulta de ese tercer momento, necesariamente opaco, porque difícilmente busquemos la inmediata complicidad.

Marquemos, entonces, una separación: la situación del escenario está bien, siempre y cuando no sea complaciente. Si no, es stand up, y no tiene nada de malo el género, pero no he escuchado o visto, hasta ahora, a ningún artista del rubro en términos locales que me deslumbre.

¿Cuánto de espontaneidad y cuánto de planificación hay en tu poesía?

La planificación viene, muchas veces, después. O sea, cada uno de los poemas son el resultado de una especie de expansión de un verso que, en realidad, es directamente tomado de la “realidad”, de lo cotidiano. Un poco, la poesía es el género que requiere estar atento a lo que se dice, es el género de la escucha. Una vez que encuentro esa frase que me sorprende (alguien la dice en la calle, la escucho de parte de algún familiar), la incorporo como verso a un poema y después voy expandiendo esa fuerza con el resto de los versos. Hay una economía de la fuerza en el poema que es muy evidente: por eso la cercanía con el chiste, como siempre señalo. Lo planificado emerge alrededor de la entrada de ese verso, que es lo espontáneo de la lengua en uso. Claro, después, el momento de escritura no es muy pensado: en algún momento me siento y escribo todo el poema de golpe. Lo reviso, sí, pero la mayor parte de las veces, el poema queda tal cual lo escribí por primera vez.

La parte más planificada de la escritura de poesía es cuando pienso en el libro. Siempre tengo la idea de que en el horizonte cada poema es parte de un libro en formación. La estructura del libro, dónde va cada poema, ese trabajo que tiene más que ver con la edición, es siempre lo más planificado de lo que escribo. Y nunca escribo sin tener un libro por venir.

En cuanto a temas, palabras o formas de decir, ¿tenés algún límite a la hora de escribir poesía?

No creo que los temas se elijan. Se imponen. Digo, tiene que ver con esta idea del estilo y la selección temática como aquello que el escritor no puede elegir, sino que es parte suya, como una especie de límite corporal. La definición de estilo de Barthes en El grado cero de la escritura es exacta en ese sentido: el estilo es el límite entre la carne y el mundo.

Mis temas, entonces, son parte de aquello que me conmueve, que me cautiva: San Martín, mi barrio, en primer lugar, pero como espejo del mundo al que pertenezco, como miniatura. Después, lo familiar, que siempre me cautiva, y mucho de lo estrictamente corporal: el sexo, los temas bajos, etc. Hay algo “sublime” (pensando temáticamente, claro) en lo que escribo, pero aparece de eso que corresponde al mundo de lo bajo. Por eso esa cercanía y tensión constante con la parte humorística: como siempre señalo, puede haber risa en un poema, pero es diferente a la del chiste, en la medida en que es una risa solitaria, que nos deja separados, y no reunidos en una suerte de risa general y comunitaria. 

¿Qué diferencias notás entre lo que escribías hace diez años y lo que escribís ahora?

Hace diez años estaba más volcado a los temas propios del cuerpo. Tiene que ver con una fascinación por el sexo y lo corporal, calculo, que fue mermando con el tiempo. El testimonio de eso es La paz desnuda, mi primer libro, de 2007. Creo que es un pecado de juventud, también: ahora tengo 33, todavía estoy en formación, estimo, y toda esta etapa tiene que ver con ir tanteando en la oscuridad para definir un tono. Quizás nunca se defina, y el tono sea precisamente esa búsqueda, pero me suena a definición zen de la felicidad, así que pueden muy bien desestimarla.

¿Qué literatura leías cuando eras chico?  ¿Y ahora?

Más o menos lo mismo, con una diferencia puntual. Siempre leí historietas, vengo de ese mundo: para dar un ejemplo, comencé a leer a Borges por las referencias que encontraba en Sandman de Neil Gaiman. Es un medio que me encanta y al cual siempre vuelvo, ya sea escribiendo historietas (cosa que hago pero que, por el momento, no suele ser lo más conocido) o leyéndolas. Después, novelas, de ciencia ficción, la mayor parte de las veces, aunque fui agudizando la lectura y metiéndome más con obras cuyo género es difícil de identificar y uno bien podría denominar parte de esa “literatura de autor”, en donde el nombre mismo es el género (si no… ¿Dónde meter a escritores tan fundamentales en mis lecturas como Roberto Bolaño o Jorge Asís?).

La diferencia fundamental, creo, entre mis lecturas adolescentes y las actuales tiene que ver con la teoría y crítica literaria, y la filosofía. Leo mucho de todo eso, sobre todo, cuando quiero leer algo que me entretenga, por decirlo de alguna manera, y eso tiene que ver con mi formación y con el placer/goce que me producen esas lecturas. Como todo gusto, es uno adquirido. Lo mismo pasa con la poesía: leo en función de ese gusto atravesado por mi formación en la facultad. Y, ahora, por mi relación con tantos y tan buenos escritores del presente.

¿Cómo y por qué nació el ciclo Tercer Jueves?

Nació en 2011, después de un viaje que realicé a Brasil por un intercambio con la Universidad Federal de Minas Gerais. En 2010 me había distanciado de la editorial Casi Incendio la Casa, formada también por Juan Crasci, Sebastián Realini y Juan Manuel Daza, con los que hacíamos un festival de poesía y música llamado rocanpoetry!. La idea de esos encuentros era que fueran lo más masivos posibles, por eso cambiábamos de lugar siempre y tratábamos de superar la convocatoria fecha tras fecha: llegamos a juntar más de 300 personas en centros culturales, casas prestadas o lugares por el estilo, y la verdad es que éramos muy buenos organizando la cuestión y potenciando así la editorial. Post separación, yo había emprendido el viaje a Brasil considerando que a la vuelta tenía que hacer algo, pero diferente a los rocanpoetry!: en la primera semana de vuelta a la Argentina, pasé por un bar en Congreso, el Burlesque, y pegué buena onda con los dueños, quienes me invitaron a leer a una fecha. Después de eso, les gustó tanto lo que hice, que pude proponerles armar un ciclo mensual sin muchas pretensiones de juntar la misma cantidad de personas que en aquellos festivales. Quería estar en un lugar fijo y asegurarme así de que todos los meses, por lo menos, iba a leer seguro en un recital. Ahí lo llamé a Gabo Cuman, con quien ya teníamos esta idea de algo formado entre música y poesía, y arrancamos en febrero de 2011. Desde ese momento hasta la actualidad, todos los meses tenemos el Tercer Jueves, nombre que le puse al ciclo para que quede bien en claro en qué día del mes era la cuestión.

Después, fuimos cambiando de lugar –El Burlesque, espacio fundamental donde muchos de los poetas y músicos de la escena under pasaban las noches, tuvo que cerrar-, llegando al espacio en el que realizamos ahora nuestras actividades, el Quetzal, en Gautemala 4516. En agosto llegamos al septuagésimo Tercer Jueves, lo cual nos pone más que contentos. Creo, en definitiva, que si ni fuera por esta idea de constancia y, también, por la adición al poco tiempo de haber empezado de Oscar Cuman, quien aportó mucho en la producción de cada evento, no habríamos llegado a tanta cantidad de encuentros. Hay un panorama muy amplio de ciclos, y nadie puede decir que sea innovador juntar en un mismo espacio poesía y música: creo que lo que nos define es el criterio estético que prima frente a cada invitado, o sea, a quiénes convocamos para mostrar lo que hacen. Allí reside nuestra principal fuerza.

¿Qué estás escribiendo en este momento?

Por suerte, varias cosas. Una novela corta, que espero terminar antes de fin de año, un nuevo libro de poesía, que ya está terminado, mucha escritura relacionada con el mundo académico (artículos, cosas para la tesis que espero terminar en dos años, etc.) y mucha relacionada con el periodismo: columnas, reseñas, entrevistas, etc. Estoy con algunas cosas de historieta y de audiovisuales, pero las voy desarrollando de a poco, porque, como suele pasar, el tiempo es muy ajustado para llevar adelante cualquier proyecto de escritura, y hay que afrontarlo con mucha paciencia. Creo que ese es el único valor que destaco de todo lo que hago: la paciencia y la constancia. Dos cosas fundamentales para cualquier (intento de) escritor.

 

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