La pared

ALTA

Es nuevamente sábado y sé que ella no va a estar. Desde que no escucho su voz este silencio es un muro que no tiene ni principio ni final. Todo fue cuestión de firmar papeles y volver caminando solo a casa. La medicina es una empresa oscura que no guarda las formas.

Pero es sábado. Todavía el ruido exterior nos aturde con sutileza. Cuando termine esta botella y la ciudad empiece a dormirse mis oídos estarán dispuestos para la cadencia ondulada de su ausencia. Hay algo, cómo nombrarlo, que me trae momentos de llamativa claridad, como huecos dispuestos en el cielo, en la solidez de este cielo. Es la hora precisa en que se empieza a oír. Se instala así. Y demoro… pero concluyo categóricamente que también ha optado por seguir sosteniendo su estadía en esta casa. Hemos, de alguna manera, tal vez muy poco ortodoxa, hecho un extraordinario pero no por eso vago acuerdo.

Me resulta natural que a partir de ahora compartamos… cómo decirlo, ¿una cierta complicidad?

La intensidad de este descubrimiento me lleva a pensar que estaba un tanto equivocado, que no era tristeza aquello pesado y brumoso que se posaba sobre mis hombros cada viernes con el prolijo descenso del sol. Y si quieren llamarla soledad, tampoco puedo oponerme, porque las características de esta nueva entidad sobrepasan los límites de la forma racional que hasta este momento ustedes y yo pactamos como parte constitutiva de nuestro juicio humano.

Está viva. La ausencia está viva y habita bajo el mismo techo que yo. Ahora mismo mientras les cuento esto, los cuerpos luminosos aquí arriba suspendidos del techo que anteriormente cité, centellean con un ligero temblor. Toda ella se hace presente, ocupa el espacio como el líquido verborrágico rebalsa su envase contenedor. Larguísimas tardes de nostalgia ensimismado, noches enteras dedicadas a las disertaciones sobre el grado de oxidación de mis reflejos. Ahora mismo ese gesto inconfundible de displicencia que tiene, es lo único que me ata de manos y pies al mundo de los mortales.   

Desvencijado mundo que no llega a contemplar las disquisiciones de una ausencia plena, una ausencia que apareció un día agazapada en un rincón del cuarto y avanzó sin miramientos hasta tener por completo los derechos sobre este opacado corazón, viudo corazón que por rencor no palpita sin precauciones y avanza en el espacio como un paciente ciego sosteniendo las paredes.

Me quedo entonces. Nos quedamos. La ausencia y yo nos quedamos a vivir en esta casa. Mi mirada frente al mundo se trastoca desde que tengo la imperiosa conciencia de que he dejado de habitar la inagotable amargura de la desolación. Pero trayéndonos estrictamente al día de hoy, les digo que sostengo una rutina organizada de ejercicios y recetas y tramo abundantes comidas para ella que es mi convidada por excelencia. Pero debo decir que la ausencia se alimenta sólo de luz natural, la he visto en los momentos en que el fulgor se recorta como un juego de sombras chinescas y monta su espectáculo en el living mientras entonces la ausencia crece. Y es por esto que he dispuesto demoler por completo la pared que da a la calle, esta arcada que ustedes ven aquí es algo así como el comienzo. O tal vez, pueda dejarla con esta figura, creo que ahora, así como está, es la obra más vanguardista de la jurisdicción…según mis estimaciones representa el ochenta y cinco por ciento del muro total del frente de la propiedad. Y con todo el pedrusco que pueden ver aquí a mi alrededor construiré dos tumbas, dos distinguidos mausoleos que perpetuarán nuestra memoria para las generaciones venideras. Si cierro los ojos ya puedo ver las delgadas curvas de su ornamento… Es decir, la persona que tienen ustedes al frente tiene la inmensurable misión de construir nuestro portal para toda la eternidad, será menester de los días subsiguientes determinar quién entierra a quién. Y son días y minutos de ardua labor pero extremadamente reconfortantes al ver a la ausencia con esa displicencia que la distingue y con esa felicidad que la sobrepasa.

 

Por Viktoria Martin
Foto Rocío Mendonça Gainza