Las estampidas

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Cuentan que cientos de años atrás hubo una batalla entre dos bestias. El evento se dio en un campo con forma de hexágono, donde el público se ubicaba a cada uno de sus lados. En un extremo, un ser azul y enorme, con dos cuernos alineados en su rostro. En el otro un monstruo color amarillo con la piel que goteaba y se derretía sobre el piso de tierra del ring. La batalla duró horas, pero a pesar del cansancio su voracidad no cesaba. De sus ojos caían lágrimas, y de sus heridas, sangre oscura. Cayeron ambos al suelo, agotados y lastimados, juntos al ritmo de unos gemidos de dolor que dicen que se escuchaban desde la punta más lejana del hexágono. El público enloquecido, ansiando la muerte de alguno de los dos, comenzó a desesperarse, gritando para volver a encorajar a alguna de las bestias para que termine con la matanza. Su insistencia no fue en vano; ambas se levantaron, y con la mirada fija en el otro se arrastraron cómo pudieron y se ubicaron enfrentados a uno de los extremos del hexágono. Con furia, corrieron y se estrellaron a toda velocidad, pero en cambio de herirse, se hicieron uno. Aquel choque hizo que los dos monstruos se convirtieran en uno solo, duplicando su tamaño original, de un lado amarillo sangrante y del otro azul. La bestia levantó la cabeza y observó al público, que en ese instante, solo con esa mirada, comprendió que ahora ellos eran los verdaderos enemigos. Lo único que se sabe de esta historia fue que la bestia persiguió a cada uno de los espectadores y los devoró vivos.

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Hace un par de años estuve de visita en un pueblo cercano al hexágono de batalla, ahora hecho ruinas, y noté que todos sus habitantes tarareaban siempre las mismas melodías. La intriga me consumió e intenté preguntarle a alguno de ellos por qué todos murmuraban siempre los mismos sonidos. Me dijo que aquello que tarareaban era una tradición de su pueblo, unos cantos que se pasaban de generación en generación. Se decía que esa melodía fue lo que se pudo escuchar a lo lejos la noche que la bestia atacó a todo el público de la batalla. Las pisadas fuertes contra la tierra, los gritos desesperados de la gente y los gemidos de la bestia confluyeron en una suerte de "cancionero" movido y brutal. El pueblerino me dijo que lo cantaban siempre por respeto y miedo a la bestia, que nunca volvió a ser vista desde ese momento, pero que saben que está viva en algún lugar.

Pensé que jamás iba a volver a escuchar las canciones que tarareaban por lo bajo en aquel pueblo, pero por casualidad, un día, las volví a escuchar, casi como una réplica.  A quienes las hicieron sonar decidí jamás preguntarles al respecto, solamente los dejé seguir tocando y repitiendo esos compases, esperando que algún día, por algún motivo, decidieran mencionar a la bestia bicolor o al pueblo atormentado. Y no solo eso sucedió, sino que habían logrado replicar las dos pieles del monstruo, con los colores exactamente como los había imaginado yo. También conocí su nombre, los pueblerinos jamás quisieron develármelo por temor. Cachirulo lo habían nombrado, y sabían que no era casualidad que las canciones fueran idénticas. Contaron que repiten ese mantra para mantener viva la leyenda del Cachirulo, para que no se lo olvide al monstruo que se vengó de quienes lo sometieron. Y a pesar de que no sepamos si el Cachirulo aún vive, se puede sentir su energía al escuchar las melodías de esa noche lejana.

Antes de despedirse de mí, el pueblerino me dijo que esas canciones no tenían nombre, pero que él había decidido apodarlas las estampidas.

Por Lucy Chantada
Arte por Fito Lema y Juan Piñeyro

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