Las iguanas cantan como Pavarotti

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De chica me encantaba ir a veterinarias. Metía los dedos por los huecos de las jaulas para acariciar a los gatos y perros bebés, a los conejos. Me gustaban todos los animales. Los cobayos, los ratones. Los peces me daban intriga, daban vueltas, nunca se chocaban (¿vieron alguna vez algún pez chocarse con otro?). Las arañas no. Siempre las odié. Ya me perturbaba la idea de saber que estaban ahí, a pesar de que estuvieran enjauladas. Pero lo que más me gustaba ver eran las iguanas. No cualquier reptil, las iguanas en particular. Todas verdes y arrugadas, las garras enormes, y siempre, siempre inertes. Sentía que podía explotarles un volcán al lado y que se iban a quedar igual de quietas. Siempre que iba a alguna veterinaria (una sobre avenida Cabildo era mi favorita, tenía pájaros al fondo), iba con mi papá. A él también le gustaba ir, pero creo que le divertía más verme a mi alocada con los animales que verlos a ellos. Una vez le pregunté por qué las iguanas siempre estaban quietas. “Es porque están cansadas. A la noche, cuando  todas las personas se van a dormir, todas las iguanas cantan óperas”. Claro que le dije que fuéramos de noche alguna vez, pero me dijo que nunca cantaban si había algún humano que las pudiera escuchar. Ese día que me dijo eso no me lo olvido más. Yo tendría cuatro o cinco años, y desde ese momento nunca pude dejar de pensar en las iguanas que cantan de noche. Pasaron los años, muchos, y siempre que pasé por alguna veterinaria que tuviera alguna iguana, me quedé mirándola con fascinación. ¿Estará cansada? ¿Por qué no se va a dormir si estuvo toda la noche despierta cantando? Dieciséis años pasaron, más o menos,  el tema de las iguanas fue siempre una preocupación central. Además, rara vez uno ve una iguana en la vidriera de la veterinaria. Suelen estar más al fondo, más escondidas. ¿Los que trabajan en la veterinaria sabrán que cantan? No sé. La cuestión es que una vez me bajé del colectivo alrededor de las tres de la mañana, y de frente a la parada me encontré con una veterinaria enorme con una iguana perfecta en la vidriera. Estaba apoyada sobre una rama, como si estuviera posando para una foto.

- ¡Hola!

La iguana no se mueve.

- Eeeeeeey.

No hay respuesta.

- Yo quiero que sepas, y sólo para que lo sepas nada más, que yo sé que todas las noches cantas. Vos y todas tus amigas iguanas. Yo no sé cuánta más gente sabe de esto, iguana, amiga, pero estoy segura que no debemos ser muchos los que saben su gran secreto. Tirame algo. Cantame algo. Cortito, no te pido una obra entera. ¿Sabés la de la reina de la noche? La de la flauta mágica. Es muy linda esa. Pero es muy aguda, te imagino con voz más grave a vos. Dale. Daaaaaaaaaaale. Te juro, si me dieras elegir a conocer, no sé, a Zappa o a Jerry García o escucharte cantar a vos, te elijo a vos, sin dudas. No seas mala, al menos mirame cuando te hablo, no me ignores. No te voy a golpear el vidrio porque me parece irrespetuoso para vos, pero estoy yo sola. No hay nadie más en la calle, soy la única. La gente que pasa en los colectivos no te va a escuchar, podés cantar bajito así solo te escucho yo.

La iguana ignora todas mis súplicas. Indiferente, inerte, verde.

-Bueno sabés qué, me voy a ir. Horrible lo tuyo. Yo no necesito que me demuestres nada, yo sé que es verdad lo que digo. Tu indiferencia hacia mí no va a cambiar mis creencias.

Y me fui. Caminé, no sé, dos pasos.

 -VIIIIIINC-.

¿Iguana, sos vos? Vuelvo. Me pego contra el vidrio desesperada.

 -¿Esa fuiste vos?

No me mira, está igual que antes. Desconfiada, me vuelvo a ir. Los mismos dos pasos. --VIIIIIIINCCC-.

Me quedo quieta un segundo. No sigue cantando. Dos pasos más.

-VIIIIIIINCCCCCCERRRR-.

Un paso atrás.

-VIIIIIINCEEEE-.

Sonrío. ¡Una iguana me está cantando Pavarotti! Sigo caminando, pero esta vez no paro y sigo camino hacia mi casa. Ritmo firme, mirando al cielo todo el tiempo, y escuchando de fondo un coro compuesto por esa iguana, por todas las iguanas del barrio, de Capital Federal, de todo Buenos Aires, cantando alocadas, mientras se larga a llover.

-VIIIIIIIIIIIIIIINNNNNNNNCCCCCCEEEEEERRRRRRRÓOOO VIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIINNNNNNNNNNNNNNCCCCCCCCCCERRRRÓOOOOO VIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIINNNNNNNNNNNCCCCCCCCCCCCCEEEEEERRRÓOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO.

Caminata épica, caminata de euforia.

Por Lucy Chantada
Arte de Martina Carrubba

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