Las intersecciones (y las decisiones matutinas)

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Sonaba esa alarma ensordecedora que parecía repetirle casi incesablemente la rutina de manera vívida. Su perra aullaba como lobo. Parecía ser otra, una que ella no conocía. El reloj se desligaba una y otra vez de las agujas que pateaban su ansiado café, síntoma de una desnutrición laboral alienante, que hacía carne y rozaba su piel cuando veía sus pies entremezclarse con otros pies desconocidos, subiendo por esas escaleras de metal. Los sobretodos, los tacos (que la ponían loca del ruido de la ansiedad), las ojeras tan marcadas que sobresalían entre los gestos de descontento adulto, reflejaban, además de un par de sueños acumulados y no cumplidos, la realidad que ella intentaba modificar. Sentía ese ideal del mundo feliz; sí, era puramente idealista, y se sentía bien así. Y de repente, la naranja mecánica venía a su mente, esa masa amorfa de gente parecía no tener deseos. Y ella se preguntaba, todos los días, ¿soy parte?

Texto y foto por Rebeca Currao

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