Les Luthiers

Por Adolfo Eliges

Algunos artistas trascienden a las modas o a las "buenas rachas" porque, más allá de sus eventuales aciertos, logran establecer un contrato de identidad con su público. Estos contratos, como toda relación perdurable, requieren un compromiso de continuidad y, a la vez, de innovación, por medio del cual esta identidad, que como tal se construye de a muchos, no sea traicionada o, lo que sería mucho peor, termine aburriendo. Les Luthiers lleva casi medio siglo alimentando esta relación, en mi caso tan longeva como mi propia existencia, con un humor inteligente, lleno de guiños a la realidad pero con indiscutible vuelo creativo y con un compromiso ineludible con el buen gusto.

Creado en 1967, el Conjunto de instrumentos informales Les Luthiers conserva, aggiornada, la misma impronta de su impulso fundador. Su arsenal humorístico se nutre de un variado stock de instrumentos que parecen haber sido concebidos en la Isla del Dr. Moreau, aquel científico loco que experimentaba uniendo quirúrgicamente especies tan dispares como las que empleó el inolvidable Gerardo Masana -mentor del grupo- y que incluye criaturas tales como el Bass-pipe a vara, una suerte de trombón desenrollado hecho con tubos de cartón que articulan sobre un carrito con ruedas de bicicleta; el dactilógrafo o máquina de tocar, mezcla de sikus y glockenspiel implantado sobre una vieja Remington o el Cello legüero, que monta un elegante mástil de violoncello sobre la telúrica estampa de nuestro querido y rústico bombo criollo y que permitió la ejecución de obras de ecléctica concepción tales como el "Concerto grosso alla rustica", en el cual se alterna la fina ejecución de una tradicional orquesta de cuerdas con un -aunque en otro sentido - no menos tradicional "concertino puneño" de quena, charango y bombo.

Y es que Les Luthiers no sólo hace humor con instrumentos ingeniosos, sino que supo reunir a un grupo de talentosos y formados músicos, tales como Ernesto Hacher, jazzero, compositor y ejecutor de innumerables instrumentos; Carlos López Puccio, director del distinguido Estudio Coral Buenos Aires y del Coro Polifónico Nacional, licenciado en Dirección Orquestal en la UNLP y también multi-instrumentista; Jorge Maronna, un impecable concertista de guitarra y Carlos Núñez Cortés, licenciado en química biológica y concertista de piano, capaz de realizar las más histriónicas piruetas mientras ejecuta magistralmente algunas de las más complejas partituras.
No menos protagónica es la participación del escribano Daniel Rabinovich, versátil ejecutor de varios instrumentos y del locutor nacional y publicista Marcos Mundstock, "voz oficial" del conjunto y bajo profundo en los arreglos corales; suele ser, junto a Rabinovich, el ejecutor de los más disparatados y brillantes diálogos.

Con este capital, la producción de Les Luthiers ha transitado por todas las épocas y géneros musicales, desde las memorables cantatas, como la "Cantata de la planificación familiar" o la "Cantata Laxatón", inspirada creación del inefable compositor Johann Sebastian Mastropiero, músico ficticio de dudoso prestigio que compuso esta obra a partir del prospecto de un laxante con el cual se sentía particularmente agradecido; pasando por piezas del más legítimo jazz orillero, como "Miss Lilly Higgins sings Shimmy in Mississipi spring" o "Doctor Bob Gordon shop hot dogs from Boston"; piezas folcklóricas como la "Chacarera del ácido lisérgico" o la "Canción de los barqueros del Vólgota: Oi Gadoñaya"; hasta las creaciones más modernas, como el rap "Los jóvenes de hoy en día (RIP al rap)" o la cumbia epistemológica "Dilema de amor", en la que se describe cómo dos jóvenes sucumben candorosamente a las redes del amor mientras discuten sobre Sartre y Kierkegaard.

Acaso esta capacidad única de Les Luthiers, de innovar sin vulnerar su tradición creativa, se relacione con una bien oculta complejidad en sus creaciones y en la ejecución de piezas que, en rigor, no son de factura sencilla. Detrás de las simpáticas canciones y de los diálogos, chistosos hay talento, erudición y capacidad creativa; pero también pruritos y una decisión estética que les prohíbe la berretada de la denotación: nada se menciona, todo se sugiere; el humor de Les Luthiers es el humor de lo connotado, de aquello que se dice sin decirlo, de aquello que está en la mente del público y no en el texto del comediante pero que éste pone a jugar por mera evocación.

Por eso Les Luthiers es tan simple o tan complejo, tan profundo o tan superficial como lo sea su público, porque -como se dice- funciona a diferentes niveles. En mi caso particular, uno de esos niveles es el emotivo: escuchar "El polen ya se esparce por el aire" me retrotrae, me transporta mecánicamente, como si fuera un acceso directo a una porción de mi cerebro, al living de mi casa en 1974, con los auriculares puestos y escuchando el vinilo mientras lloraba la muerte de mi perro. Memoria emotiva y catarsis. Les Luthiers es producto de su tiempo y, en alguna medida, yo lo soy de ellos; mi mente está poblada de recuerdos que los incluyen y de gente que me enseñó a valorar aquellas virtudes que hoy reivindico como virtudes que ahora debería reivindicar.

Amigos míos: soy Les Luthiers.

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